EL VAGON AMARILLO

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La primera mujer desnuda del cine cubano




A Yolanda Farr parece inquietarle que la recuerden sólo desnuda. Y tiene razón, porque antes y después de su actuación en Memorias del Subdesarrollo, desplegó una exitosa carrera como actriz de teatro y vedette en La Habana y Madrid

LA HABANA, Cuba -A Yolanda Mariño Pfarr, o Yolanda Farr para la historia, parece inquietarle que la recuerden sólo como la primera mujer desnuda del cine cubano. Y tiene razón, porque antes y después de su actuación en la película Memorias del Subdesarrollo, desplegó una sustancial carrera como actriz de teatro, televisión, cine y espectáculos de cabaret. Sin embargo, no deben ser pocas las grandes actrices que le envidian el privilegio de haber sido la escogida por nuestro más famoso director en tiempos de búsquedas y aciertos para el cine de la Isla.
Si hoy los cubanos no le hacemos la debida justicia, teniendo presente su participación en aquel suceso histórico, no es porque a ella, o a quien la dirigió, le faltasen talento y profesionalidad para merecerlo, sino por obra y gracia de la censura.
Sobre este y otros pormenores relacionados con su quehacer artístico, Yolanda Farr tuvo a bien dispensarnos algunas respuestas para los lectores de Cubanet:





















Fotograma de Memorias del Subdesarrollo

¿Podría hablarnos sobre las circunstancias que la condujeron a convertirse en la primera mujer desnuda del cine cubano?

A finales del 66, Tomás Gutiérrez Alea (Titón) me propuso hacer su próxima película, basada en una novela de Edmundo Desnoes. El argumento era interesante y mi papel, sin ser protagónico, era importante y apetecible ya que personificaba algo que desde hacía algún tiempo me rondaba por la cabeza: abandonar Cuba y enfrentarme a los problemas que eso conllevaba. Tenía tres largas y dramáticas escenas que me hicieron sudar sangre durante el rodaje. Titón sabía bien lo que quería y me indicó que ignorara el dialogo escrito para crear una situación más real y humana. Aquellas improvisaciones de horas y horas fueron un masoquista placer y el resultado, que tan solo pude ver en la moviola, resultó tan bueno que el equipo y el mismo director irrumpieron en aplausos. Al acabar la que supuestamente iba a ser mi última sesión en la película, Gutiérrez Alea me dijo que quería tener una conversación conmigo a solas. Partimos juntos del set y nos dirigimos a la cafetería del Hotel Capri, en cuyo cabaret, dentro de pocas horas, yo tendría que sumarme al reparto de “Los tiempos de papá y mamá”, aquel fantástico show que llevaba más de un año en cartel. Y esta fue su proposición. Se le había ocurrido integrar en la película el primer desnudo del cine cubano. Por supuesto sería algo plástico y breve. Quería que atravesase el cuarto de baño desnuda y de espaldas y entrara en la ducha para terminar el plano con mi silueta tras la cortina. De momento no supe qué decir. A pesar de ser desde hace años “una cabaretera”, el desnudo integral era algo que me avergonzaba muchísimo. Pero si alguien tenía la labia suficiente para convencer a una jovencita entusiasta del cine, era aquel hombre serio y profesional cuya labor yo admiraba. Y la prueba de su poder es mi fugaz pero absurdo desnudo, una de las pocas constancias que quedan de mi trabajo en la película. Lo doloroso es que, de un dramático e importante trabajo en Memorias, a consecuencia de los cortes que sufrió mi papel, tan solo se recuerde ese efímero e intrascendente momento.
La censura se cebó con su actuación en la película Memorias del Subdesarrollo. Casi todas las escenas en que participaba fueron eliminadas. ¿Sería por mojigatería, prejuicios machistas o alguna otra razón adicional?
Hasta el día de hoy ese hecho sigue siendo una incógnita para mí. Se baraja la posibilidad de que, al abandonar yo el país tras el rodaje, Titón se viera presionado por el ICAIC para borrar en todo lo posible mi participación en la película. También es de considerar la opción de que, en último minuto, el director decidiera centrar toda la atención en los personajes que permanecían en Cuba, difuminando al máximo el de aquella torturada mujer que abandonaba el país. Pero todo esto son meras suposiciones. Por supuesto no creo que la mojigatería o el machismo tuvieran algo que ver en las amputaciones que sufrió mi papel.
¿Recuerda con particular nostalgia alguna de aquellas escenas que nunca vimos en la película? ¿Sabe si se conservan copias de tales escenas?
La escena de mi pelea con Sergio Corrieri, que en la actualidad consiste en primeros planos del actor con mi voz en off, era larga y potente y me valió, al finalizar su filmación, el aplauso de Titón y de todo el equipo técnico. Un emocionante momento. No puedo estar segura pero lo lógico es que en las entrañas del ICAIC se conserven esos cortes.
Yolanda Farr con la reina Sofia, a su lado Pepe Sanz y Carlos Urrutia, El Negro Buby
























Tengo entendido que usted es nieta de quien fuera el propietario del Teatro Shanghai, muy famoso, por sus espectáculos nudistas, en La Habana de los años 50. ¿Habrá influido eso en su disposición para hacer el primer desnudo del cine cubano? ¿Cómo asumía su familia la ocupación del abuelo en aquella época de prejuicios? ¿Le ocasionó a usted dificultades familiares o sociales su desnudo?
Efectivamente, el segundo marido de mi abuela alemana, Orozco, fue propietario del Shanghai. Al ser yo una niña por aquellos tiempos no puedo decir que tuviese constancia de ninguna reacción familiar. De cualquier modo hay que tener en cuenta que Cuba fue siempre cuna y abrigo de librepensadores.
 Casi inmediatamente después de su desnudo en Memorias…, usted se marchó de Cuba, ¿por qué? ¿Ha regresado de visita? ¿Mantiene vínculos con el mundo artístico de la Isla?
Siendo yo española, aunque criada en Cuba, solicité permiso para salir y recoger un premio que mi primera película, Desarraigo, de Fausto Canel, había ganado en el festival de San Sebastián. El ICAIC me denegó el permiso. A causa de la indignación que esa incomprensible decisión me causó, decidí abandonar la que yo consideraré siempre mi patria de adopción y reiniciar mi carrera en mi patria de nacimiento. Tan solo conservo contacto con amigos muy queridos a los cuales una vez, a finales de los 80, volví a ver durante un viaje a la isla. El único y tremendamente conmovedor.
¿Continuó su carrera cinematográfica en el exterior? ¿Hizo otros desnudos? ¿Gravita aún en su experiencia emocional aquella actuación en Memorias…?
Por fortuna, mi carrera en España ha sido fructífera, especialmente en el campo del teatro. También en cine, televisión y musicales he tenido abundante trabajo. En cuanto al desnudo, he de decirle que, cuando el guión lo ha exigido y el tema ha sido tratado con respeto, no he tenido reparos al respecto. Confieso que nunca es agradable permanecer desnuda ante un equipo de filmación, pero esas escenas se suelen tratar con mucho respeto por parte del equipo. Lamento decir que de Memorias del Subdesarrollo tan solo conservo la dolorosa sensación que experimenté al ver mi trabajo en la película minimizado, destrozado.
Usted ha sido y aún es una mujer particularmente bella, ¿se atrevería a actuar hoy desnuda ante una cámara?
A estas alturas de mi vida, siendo una devota de la estética más pura y sintiendo un gran respeto por mi público, sería muy difícil, por no decir que imposible, que alguien me ofreciera un guión en el cual yo sintiera justificada la presencia de un cuerpo desnudo inevitablemente deformado por la ancianidad. No olvide, amigo, que soy una setentona.
Yolanda-Farr680
Una mujer bellísima
*Las fotos que ilustran esta entrevista fueron tomadas, previa autorización, del blog de Yolanda Farr,http://yolandafarr.blogspot.com

Té de jazmín


 Nada de café. Después del cañonazo de las nueve, Samuel prefiere té de jazmín, inmejorable para disolver los nudos del trabajo y hacerlo dormir a pierna suelta. A veces bebe un par de dedos de ron, que también le hace bien, pero el problema con el ron es que luego le cuesta mucho aguantarse las ganas de multiplicar los dedos. Y a sus 57 años, él ya no está para disipaciones.
Casi siempre es de noche cuando vuelve de regreso al hogar. Así que apenas le alcanza el tiempo para gastarse ciertos contenidos placeres. Un paseo de 15 minutos, descalzo sobre las baldosas frescas. Después, los cinco ritos tibetanos, el baño con agua humeante, alguna chuchería preferiblemente seca, sin lácteos.
En cuanto al té de jazmín, una taza grande (o dos, si es en agosto y está helado), que toma ya sentado, con pijama y chancletas, ante el reproductor de DVD, mientras la pícara secretaria de Sam Spade le anuncia a éste que una mujer muy bella (“un bombón”, particularizan los letreritos de la traducción) solicita verlo.
Desde los tiempos mozos Samuel adoptó como ídolo a Sam Spade. Lo había conocido gracias al programa televisivo Historia del Cine, que casi todos los años pasaba la misma machacada copia de El halcón maltés. Luego pudo tratarlo con mayor intimidad cuando la editorial Dragón publicó la novela original de Hammett. A partir de entonces ya nada ni nadie lograría separarlos. Mucha agua ha corrido por debajo del puente, pero él no deja de ser fiel al héroe invulnerable y distinguido, quien, además, lo inspiró siempre y le sirvió, le sirve de patrón en la efectiva labor que ha desarrollado a lo largo de un cuarto de siglo como oficial del Ministerio del Interior, especializado en tareas de control y consulta para los ámbitos del arte y la cultura.
Dichoso y a la vez fatal con las mujeres, como su fetiche, Samuel (firmado ya el sexto divorcio) vuelve a estar solo en la confortable casona que le obsequió el gobierno. Eso de estar solo no es algo que le quite el sueño. Las mujeres van y vienen. De momento, dispone de lo que no debe faltarle: comodidad, seguridad y una copia impecable en DVD de la obra maestra de John Huston, que ahora disfruta cada noche, puntualmente, junto al té de jazmín y las sobriedades del Tíbet, únicas dependencias confesables para un tipo duro.
En cualquier caso, no se siente solo. Le acompaña su álter ego. Y ese sí es verdad que no entiende de traiciones y abandonos. Tan iguales y también tan dispares como suelen ser las almas gemelas, Sam y Samuel ni siquiera han necesitado nunca estar juntos para acompañarse. Es suficiente con que existan cada cual por su rumbo y a su modo. Detective privado, huraño y callejero, de sólida corteza pero dulce por dentro, como la tartaleta. O investigador de academia, proclive al contacto secreto, a la cámara de escuchas, al abstruso entramado de gabinete, y de carácter más bien cremoso en los bordes pero con el centro compacto, como el bizcocho con merengue. Da igual. Ambos han sabido ser fieles a sí mismos. Y es lo que importa. Agudo uno, bronco y con olfato de polilla para desenmascarar al culpable. El otro, pragmático, especialmente entrenado para el oficio de vigilar, que quizás no requiera de tanta agudeza como el de descubrir, pero requiere mayor preparación y poder deductivo. Ya lo dijo Séneca, lo reiteró Poe y ahora lo balbucea Samuel: Nada es más odioso a la sabiduría que el exceso de agudeza. El otro, persiguiendo a malhechores por calles solitarias. Él, hozador cultivado y lábil, leyendo entre líneas, intentando desactivar cada trampa que anida en el embozo de las palabras o las imágenes. Samuel sabe (se lo ha enseñado la experiencia) que los riesgos de aquel a quien emboscan, pistola en mano, entre la niebla de la madrugada, no son mayores que los de quien enfrenta a toda hora el sesgo apátrida de los escritores, los artistas, fauna de temibles ofidios dados al acecho entre la maleza de las ideas. En fin, la vida es dura para el investigador policial, cualquiera que sea su perfil. Pero también existe el incentivo de las recompensas.
“Cómo pesa. ¿De qué estará hecho?”. Sin leerlos, Samuel conoce lo que traducen los letreritos cuando habla el policía, mientras sostiene con una mano la estatuilla del halcón maltés. Igualmente sabe lo que responderá Sam Spade (“Está hecho de la materia de los sueños”). Pero tampoco esta vez llega hasta la respuesta. Se ha quedado dormido como un tronco. Consecuencia del té de jazmín.

José Hugo Fernández, del libro Yo que fui tranvía del deseo

La Noche del pez dorado



  Cuando nos dimos cuenta ya era demasiado tarde. Las ramas del árbol, que por costumbre y hasta con cierto aire amable se recostaban contra el vidrio de la ventana, eran ahora los tentáculos de un ser repulsivo e indefinible, como si las serpientes de la cabeza de Medusa desbordaran la ventana e invadieran el cuarto en medio del espantoso chisporroteo de sonidos que rezumaban las paredes y que aquellos palpos lamían ansiosamente.
  Hacía rato ya que habíamos dejado la baraja sobre la mesa, porque cada ronda era más absurda que la anterior. Durante varios minutos evitamos mirarnos unos a otros, quizás porque el calor era insufrible. Kino sudaba a mares y aun así pretendía que Arabella y los demás aceptaran cerrar la ventana.
  —¿Qué hora es ya?
  A mí me seguía doliendo el pie. Soplaba el viento. La noche no terminaba. De hecho, parecía interminable sin remedio. Cerré los ojos, no de sueño, sino sólo por alivio. Pensé que lo mejor, quizás, hubiera sido no haber entrado nunca por esa ventana para abrir la puerta, ya que estaba rota la cerradura.
  León, como confesó más tarde, aun siendo ateo oraba entonces en lo profundo de su nada interior, donde ningún eco puede llegarle; ruega que exista Dios para que lo justifique todo. Quiere que sea inventado el medicamento perfecto: ni hacia abajo ni hacia arriba ni hacia los lados, sino en todas direcciones al mismo tiempo: la fisión mental.
  Y mientras tanto Kino dice que no puede ver el arte del cine como “moving pictures”, sino como “pictures in motion” (o sea: no “mopic”, sino “picmo”. A veces como “pictures in future”, o sea, “picfu”. Y dice todo eso hablando con cada milímetro de su cara a la vez.
  Pero sigue pensando que se debe cerrar la ventana. No gusta de monstruos.
  Pero a nadie le importan la ventana ni sus monstruos. Ya el breve juego de cartas lo arruinó todo. Reyes. Jotas. Cabeza de Medusa. Jokers. Ases. Bastos. Cabeza de Medusa. Oros. Calor. Corazones. Dolor de mi pie. Jotas.
  —Dios nos odia —dice Kino.
  —Right —dice Arabella y cierra de un golpe la ventana. Kino se echa a llorar, gimiendo:
  —No hay ningún cine abierto a esta hora.
  —Ábrelo tú —dice la cabeza de Medusa—: abre el que más te guste.
  Y entonces Kino la miró a los ojos y se convirtió en piedra hasta muy avanzada la mañana.

Ernesto Santana, del libro La venenosaflor del arzadú

jueves, 27 de noviembre de 2014


I. Leviatán

Advertencia solar (desventura)

  Ariel, esta es una carta extraña. Incluso un desatino, si lo piensas bien. Pero un desatino que yo evitaría si no fuera porque acabo de verte. ¡Imagínate mi sorpresa luego de haberme impuesto a mí misma la idea de que tú nunca exististe! Tanto tiempo sin vernos y ahora, hace un rato, de pronto y como por casualidad, nos encontramos otra vez. Esa cara yo la conozco, me dije, igual que si vinieras de otro mundo. Entre nosotros todo ha sido siempre como por casualidad. Parece horrible, ¡pero sin el azar sería peor aún! Quizá.
  Te digo: quiero aprovechar que nos hemos visto por última vez durante unos segundos para terminar la carta que te escribo y te reescribo desde hace dos años. Mi hermana ya había muerto: la última vez que viniste, me dijeron. Aunque encuentres muchas incoherencias, la verdad es que si no termino esta loca carta ahora no la terminaré nunca y, a pesar de que todo esto te parezca ensañamiento o incluso puro cinismo, créeme que no quiero asombrarte demasiado.
  Sencillamente: te conozco bastante mientras tú (como acabo de darme cuenta al verte la cara y como era lógico suponer) ni siquiera sabías que yo existía antes lo mismo que existo ahora, aunque mañana haya desaparecido, pues lo cierto es que nos hemos encontrado en varias ocasiones como por casualidad. Además, aunque no mucho, hemos conversado. Pero tú ignorabas qué estaba ocurriendo: me ignorabas a mí. O tal vez sí supiste en algún momento y después lo olvidaste con una facilidad espantosa. Si no, estoy segura, me habrías hallado de inmediato.
  Te digo: no me acuerdo ya de mi odio por Rita ni del suyo hacia mí, si es que ella fue capaz de sentir alguna vez un rencor verdadero. Por momentos lo veo todo trastocado por completo. O puede que ya no tenga fuerzas para entender. Está claro que sí comprendería que sientas repugnancia por mí. No tengo derecho a esperar de ti algo aparte del aborrecimiento, aun si en comparación contigo mi estado de salud no es envidiable. Ahora mismo me vuelve a subir la fiebre.
  Hacer el papel de Lilith, como puedes ver, no es ser buena. Mucho menos contigo, que apareciste como por casualidad en el lugar equivocado y en el peor momento y caíste entre dos espadas del mismo metal y con idéntica forma. ¡Y yo no me imaginaba entonces que con Rita moriría mi mitad buena!
  Perdona que me ponga dramática. Te digo: no me duele que ya no haya futuro para mí. El sol se ahoga en el mar cada tarde, pero está condenado a regresar eternamente para volver a morir. ¿Puede haber castigo más espantoso? ¿Qué pueden importarle entonces estas vidas mínimas y estas pequeñas agonías casuales? Y aun así es capaz de concederle a cada cual un crepúsculo diferente. A mí me agrada pensar que desde antes de yo nacer hay uno guardado para mí y que no debo de perderlo cuando llegue a buscarme. Ni por casualidad.


Ernesto Santana, capítulo de la novela “El carnaval y los muertos”. 

GUERRERO


Desde el fondo de mi consternación, la miro. Está acurrucada en una esquina del sofá, retuerce el cuello, lo descuelga por encima del espaldar, lo deja caer como un racimo. Pienso, pensaré que he pensado, que también ella intenta mirarme y que, dadas la posición de su cabeza y el estado de su cerebro, tal vez me vea elástico, esponjoso, flotando entre el techo y el suelo. O acaso ya no me ve. Aun cuando mantenga los ojos muy abiertos, protuberantes, con las pupilas difusas y los párpados en tirantez extrema.
Ha transcurrido un buen rato desde el convite a la iluminación de los espíritus. En un principio me fue fácil. Más de lo que esperaba. Le pinché la vena para bombear algo de sangre hacia el interior de la jeringuilla. Luego la fui inyectando lentamente, con delicada fruición.
Pronto sobrevino el choque. Un feroz sacudimiento, y el ímpetu radical, imperioso, que la invitaba a embestir las paredes con la frente. Seguidamente, la caída. Pensé, pienso que pensé que era justo el instante en que aquel relámpago, potenciado por la pureza de la mezcla y licuado por la preventiva sobrecarga de alcohol, multiplicaría su efecto, invadiendo a tirones el cuerpo de la muchacha, que aun inerme ante la violencia, parecía seguir llamándola, se esforzaba por atraerla desde la intensidad de sus violentas esencias.
Sin embargo, la mezcla resultó mucho menos fulminante de lo que había previsto. ¿O acaso era otro asombro que me deparaba su naturaleza irreducible, misteriosa, malévola? El hecho es que pasados unos breves minutos, ella fue recobrando el movimiento de las pestañas, se le desmadejó el gesto, vino la pulsación y, de improviso, estaba parada frente a mí, observándome, larga, despaciosa, meticulosamente, casi con curiosidad, como si me viera por primera vez en la vida.

    - Nos conocemos de algún sitio, ¿no? –susurró al cabo, sin ánimos para el tono burlón, pero mostrando una cierta tortuosidad en la interlínea de los labios.

Porque no me viera, o por no verme yo mismo ridículamente enfurecido, esbocé la socorrida sonrisita inocua para calzar el recitado:

    - Nena, es hora de que llores y no de que renazcas con la triste palidez del alba.

Pero ella ha continuado absorta en el análisis de mis facciones -La eternidad se prodiga en los más breves intervalos, pienso, pienso que tal vez piense luego-. Hasta que finalmente, esforzándose hasta lo increíble para levantar un dedo y plantarlo ante mi cara, dice:

    - Sé de dónde vienes, te conozco, pero no sé quién eres. No te entiendo. ¿Por qué libraste a Bebito de la cárcel? ¿Para qué lo mataste? ¿Por qué engañaste a todos? ¿Por qué se la cobras a mi tío antes que a mí? ¿Por qué no haces nunca desde el principio lo que debes hacer?

Entonces se encaminó como a tientas hasta la ventana. La luna está en Escorpio, creo haberla oído murmurar mientras fruncía la frente, quizás a modo de sonrisa. Durante largos, insufribles segundos estará acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja. Era una nueva manía, adquirida a destiempo. Después, con la misma mano, arañando el vacío, me hizo señas para que me acercara:
- Ven, para que lo veas –dijo-. Es el Mago. Está parado bajo el farol de la esquina. Te espera. Nos espera. Esta noche actuará únicamente para ti, para nosotros, convirtiendo la paloma en cadena, la cadena en paloma, la paloma en cadena, la cadena en paloma... Y así, muy suave, al compás del monótono cuchicheo, se desplomó.

La devolveré al sofá arrastrándola por una pierna. No quería tocarla. No me quedaban fuerzas. Ni escrúpulos. Ni ganas. Había empezado a sentir, ligera pero ardiente, como el hidrógeno, y a la vez irrefrenable, recia, espesa, como la sangre viva, esa remota secreción del organismo de la que va surgiendo hecho materia el deseo de la muerte. 
Ahora la miro desde mi consternación. Pienso, pienso que pienso en ella y pienso en mí. Y me aseguro que para más tarde, en algún momento, cuando tenga que ser, está cargada y a mano la otra jeringuilla.  


José Hugo Fernández, capítulo de la novela “El Clan de los Suicidas”

lunes, 17 de noviembre de 2014

La isla

Había una vez una isla habitada igualmente por los hijos del día y por los hijos de la noche, de modo que unos consumaban su vigilia en el sueño de los otros.

Ernesto Santana, del libro “Cuando cruces los blancos archipiélagos


De París a La Habana pordiosera






Benny Moré, Rita Montaner, Guillermo Álvarez Guedes y Candita Quintana: ¡Oh, La Habana de los años 50! ¡Qué ganas de vivir!


Benny Moré arrollando a paso de conga con Rita Montaner, Guillermo Álvarez Guedes y Mimí Cal
Tengo ante a mí a Benny Moré arrollando a paso de conga en fila con Rita Montaner, Guillermo Álvarez Guedes, Mimí Cal y otros famosos de La Habana en los 50. Con los brazos en cruz, las risas de oreja a oreja y todo el esqueleto en acción, resulta obvio que están pasándola de maravilla. Tanto que a pesar de verlos mediante una borrosa instantánea en blanco y negro, uno se siente contagiado con su alegría.
La foto fue tomada en el año 1954, durante el show “La Calle”, en el Cabaret Montmartre, cuya ubicación, en calle P, esquina a Humboldt, en el Vedado, ostenta la curiosa peculiaridad de recordarnos juntos los tres momentos históricos más significativos para la vida de los habaneros a lo largo de más de medio siglo.
Desde París hasta La Habana pordiosera de hoy, pasando por la meca del estalinismo en tiempos de los vulgares mega-establecimientos. La simple mención del Montmartre nos fulmina la mente, recreándonos, en primer lugar, una idea de lo que pudo ser el esplendor de las noches habaneras de cabaret, antes de 1959, codo a codo con las mayores luminarias del espectáculo, tanto nacionales como internacionales: Celia Cruz o Edith Piaf, Maurice Chevalier o Ernesto Lecuona o Nat King Cole o Agustín Lara; Olga Guillot o María Félix… Y de seguida, nos remite al restaurante Moscú, el cual, con todo y sus mesas en estricta hilera, su bullicio y su ambiente de comedor obrero, ha pasado a ser parte irremediable de nuestra nostalgia.
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El anuncio de Montmartre, en la calle P, al fondo se ve el Hotel Nacional
Muchos aquí recuerdan todavía al Moscú como el restaurante más grande de la Isla, otorgando al dato una importancia que tal vez no merezca. Hay quienes aseguran que es el único sitio en que han comido caviar. En tanto otros lo guardan agradecidos en su memoria como una plaza idónea para el intercambio de inquietudes intelectuales o de cualquier otro tipo; o para la primera cita amorosa, o para la celebración en familia de fechas u otros acontecimientos de común relevancia.
Lo cierto es que aquella madrugada de los 80, cuando el Moscú encontró su fin envuelto en llamas, moría por segunda vez allí el símbolo de una época, al tiempo que el lugar pasaba a simbolizar otra época nueva, que aún perdura, y sólo Dios sabe hasta cuándo: la etapa de la devastación, las ruinas, la fealdad y la miseria extrema.
Quien no tenga presente la inutilidad administrativa y la enfermiza desidia de nuestras autoridades, no hallará explicación al abandono que ha sufrido, durante más de 30 años, el inmueble donde estuvo el Cabaret Montmartre y luego el restaurante Moscú, ubicado nada menos que al pie de La Rampa, céntrica y populosa como pocos sitios de La Habana, y además muy visitada por el turismo extranjero.
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La esquina de 23 y P, en el Vedado habanero, en 1960 y 1990
Su único beneficio, en tres décadas y, claro, al margen de la ley, ha sido el de albergue de perdularios: alcohólicos, vagabundos, inmigrantes de provincia sin hogar, desahuciados sociales… La entrada principal fue tapiada por quienes al parecer ignoraron que los pobres huéspedes accedían (y aún acceden,) al local por su parte trasera, en la calle Humboldt, desde donde se aprecia vívidamente la atmósfera de morada fantasma, no apta para inocentes, que ocupa casi una cuadra de largo.
Parte el alma el espectáculo que hoy ofrece el antiguo Cabaret Montmartre, o el antiguo restaurante Moscú, descascarado, sucio, con los rezagos ruinosos de aquella entrada en la cual, para que no le falte sustancia, murió aparatosamente un famoso sicario de la dictadura de Fulgencio Batista, el coronel Antonio Blanco Rico, acribillado por la metralla de dos pistoleros del Directorio Estudiantl.
¿Lograremos ver la salvación de este museo del discurrir histórico de La Habana en los últimos cincuenta años? Por lo pronto, una cosa sí podríamos asegurar, y es que no auguramos la menor posibilidad de salvación histórica para quienes lo condenaron.