EL VAGON AMARILLO

sábado, 7 de marzo de 2015

Desde el otro lado


La biblioteca estaba en paz, atravesando, aletargada, el cristal vaporoso del mediodía. Yo caminaba entre los estantes como si recorriera las calles de una ciudad conocida, pero al cabo siempre recóndita. De vez en cuando hojeaba un libro o pasaba de largo leyendo al vuelo la interminable sucesión de títulos y nombres de autores.
  Distraídamente, tomé cualquier libro al azar y miré la carátula. Ahora no recuerdo sino su color: un azul muy claro, aunque brillante. Sin ser un ejemplar precisamente viejo, estaba bastante carcomido por las polillas. Lo tomé en una mano y lo alcé hasta ponerlo contra la luz del ventanal. Nunca se me había ocurrido mirar por uno de los orificios que abren esos insectos cuando deciden atravesar rectamente tanto cien páginas como mil.
  Pero bajé de golpe el libro como si me hubiera herido un ojo.
  Más allá del agujero, y más allá del ventanal, vi lo que usualmente es visible desde aquel rincón de aquella biblioteca pública: un pedazo cualquiera de la ancha avenida desolada bajo el sol del mediodía.
  De nuevo alcé el libro contra el resplandor del ventanal y miré por el ínfimo orificio, como buscando que se repitiera mi sobresalto. Que se repitió. Cada vez que me asomaba a la boca de ese túnel insignificante cavado al azar, tenía la sensación de que sorprendía una furtiva mirada que, en ese preciso instante, trataba de atrapar la mía desde el otro lado.
  Aunque era una impresión harto absurda, yo la sentía tan vivamente que sólo se me ocurrió susurrar algo así como una plegaria muy breve, y no menos absurda, antes de colocar el libro en su sitio e irme de allí, aun a sabiendas de que en la avenida, como una mano ardiendo de fiebre, me aguardaba aquel mediodía de verano.


Ernesto Santana, 
del libro “Cuando cruces los blancos archipiélagos”.

Tiesa

Siempre pensé que la tesura me resultaría incómoda. Pero ya he visto que es como todo lo demás. Depende de la actitud con que uno la asimile. Y claro que es posible acostumbrarse. En estas cosas estuve pensando durante casi toda la mañana, mientras la gente pasaba, lanzándome sus miraditas frívolas o compasivas o timoratas o sentenciosas o esquivas. Pero sin importunarme, eso sí. Ellos en lo suyo y yo en lo mío. Me hubiese gustado que las cosas permanecieran así durante otro largo rato. Pero en eso llegaron aquellos dos para echarme a perder la faena. Uno debe haber sido el policía, y el otro evidentemente era el forense. Uno dijo: Diablos, para morirse no tenía que poner una cara tan fea. A lo que respondió el otro: ¿Y qué pensabas tú, que la muerte es tan definitoria como para remediar ciertas innatas anomalías?

José Hugo Fernández, del libro “La novia del monstruo”.




domingo, 15 de febrero de 2015

EN CUBA ME AGUARDA EL FINAL DEL CÍRCULO DE MI VIDA


El autor de “La caverna de las ideas”, entre otras novelas, nunca ha regresado a la Isla, desde que salió con un año de edad. ¨Me he pasado la vida oyendo que soy español –dice en esta entrevista– pero mi hijo mayor insiste, que sí, que soy cubano”


somoza-foto-LA HABANA, Cuba -José Carlos Somoza, nacido en La Habana, en 1959, es un escritor con muy bien ganado éxito y prestigio internacionales. Por inusual concurrencia, sus novelas, a la vez que son asumidas como best seller por los lectores, resultan también fruto de un talento cultivado a partir de la frecuentación de los clásicos de todas las épocas (Shakespeare, Cervantes, Tolstoi, Stevenson, Dashiell Hammett, Philip K. Dick…) y de una proyección autoral que desborda los estrechos límites de los géneros para apostar únicamente por la buena literatura.
Desde su casa en Madrid, adonde fue llevado de muy niño por sus padres cubanos, ha tenido la gentileza de responder para Cubanet algunas preguntas acerca de las cuerdas emocionales que –conscientemente o no- aún le atan a nuestra isla.
jose-carlos-somoza_1JHF: Desde la Grecia antigua hasta Nueva Zelanda, desde Japón a toda Europa… los escenarios de sus novelas abarcan gran parte del planeta. Sin embargo, hasta donde sé, no ha ubicado nunca a un personaje suyo en La Habana, ciudad donde nació. ¿Será que le han faltado motivaciones, o acaso se trata de una exclusión ex profeso, pues de algún modo le duele el lugar que -por motivos políticos- debieron abandonar sus padres cuando apenas tenía usted un año de edad?
JCS: Ambas razones han sido (y son) importantes para mí. Mi infancia se desarrolló en un clima familiar donde hablar de Cuba daba lugar a llanto, rabia y frustración, y por ello siempre he mantenido al margen ese país en mi vida. Digamos que lo he negado: lo he borrado del mapa de mi inspiración, porque para mí es la tierra en la que mis padres y abuelos hubiesen deseado vivir, pero no pudieron, y se lamentaron siempre por ello. Ahora todos ellos han muerto. Todos desearon al final ser incinerados y que sus cenizas fuesen arrojadas al mar, y eso he hecho. No querían dormir para siempre en España: querían que el mar los llevase lejos, acaso de nuevo a la Cuba que perdieron. Y de la misma forma que he arrojado las cenizas de todo aquello que amé, probablemente arrojé Cuba con ellos también. No sé si para siempre, pero sí por ahora.
JHF: Me ha dicho un amigo: al lado de José Carlos Somoza, Paul Lafargue parece ser más cubano que Benny Moré. Es posible que tenga razón, pero me pregunto y le pregunto a usted, ¿acaso en su condición como hijo de cubanos, no creció bajo la nostalgia recurrente de la Isla, de sus comidas, de su cultura, y en especial de su música y de las múltiples frustraciones ocasionadas por la revolución?
jose carlos somosa 3JCS: Crecí, como ya he dicho, en un ambiente de gran dolor y frustración, ya que se daba el caso de que mi padre, como tantos otros engañados y traicionados en esa isla, era un notable opositor al régimen de Batista y apoyó a Castro desde el principio y tenía puestas sus esperanzas en él. No hay dolor mayor que el de quien se siente traicionado. Pero, naturalmente, mis padres siguieron siendo “cubanos” en España. Y aunque con el paso del tiempo evitaban hablar de Cuba y su política (entre otras cosas, debido al fuerte sentimiento pro-castrista de muchos españoles, muchos tan engañados o más de lo que mi padre había estado nunca), es cierto que la cultura, las comidas y la música cubanas siguieron formando parte de sus vidas, y de la mía, en cierto modo.
JHF: En librerías de “viejos” de La Habana (un mercado alternativo, por lo general) he podido comprar sus novelas “Clara y la penumbra” y “El cebo”. Sé que muy en especial la primera ha llamado poderosamente la atención de lectores habaneros. ¿No es posible (o no le interesa a usted) que sus libros lleguen a nuestras librerías de novedades, pertenecientes todas al Estado?
JSC: Mis libros, o al menos uno de ellos, ya llegaron a las mesas de novedades hace años. Alrededor de 2001 o 2002 me pidieron directamente desde la embajada cubana permiso –a través de su agregado cultural- para realizar una edición no venal de “La caverna de las ideas”, mi obra más traducida y vendida en el mundo. Mi padre vivía por aquella época, y tanto él como mi esposa me desaconsejaron aceptar. Pero yo pensé que mis ideas y sentimientos no tenían que ser obstáculos para que el lector cubano conociese mi obra, si así quería, de modo que (tras alguna reunión de embajada con el agregado), terminé aceptando. Por supuesto, edición “no venal” significaba que yo no iba a recibir absolutamente nada pero que ellos sí podrían vender el libro sin problema alguno, como así hicieron (creo que varias ediciones). Yo lo asumí y no me importó. Pero decliné fervientemente la invitación extraoficial del gobierno cubano a asistir a la feria del libro de La Habana.
jose carlos somosa 2JHF: ¿Conoce lo que se escribe hoy en Cuba, en materia de literatura fantástica y de terror, las cuales alinean entre sus preferencias? ¿Conoce o frecuenta en general a los clásicos de nuestra literatura, ya que es usted un devoto de los clásicos? ¿Mantiene comunicación con escritores cubanos de adentro o de la diáspora?
JCS: Conozco a algunos escritores cubanos con los que a veces mantengo contacto. Algunos de ellos bastante amigos. En general, hemos coincidido casi siempre en la célebre Semana Negra de Gijón, donde tantos de nosotros nos hemos reunido, y casi todos ellos pertenecen a la diáspora. Nunca he hablado de Cuba con ellos, sin embargo, y la amistad que les profeso es independiente del tema cubano.
JHF: ¿Ha visitado La Habana, siendo ya un escritor de éxito internacional? ¿Le gustaría recorrer los sitios donde vivieron y donde alguna vez fueron felices sus padres?
JCS: Nunca he regresado a Cuba desde que salí con un año de edad. De siempre mi esposa (que es española, como mis hijos) me ha instado a que recupere mis “raíces” alguna vez, sea esto lo que sea. Quizá lo haga algún día, no lo sé. No voy a negar que en Cuba me aguarda, probablemente, el final del círculo de mi vida. Es posible que necesite cerrar ese círculo, o esa herida que mantengo abierta como si se tratara de llevar una antorcha olímpica y ardiente entregada por mi familia. Es verdad que a veces siento ese pasado como una carga honda que necesitara abandonar por fin. Curiosamente, me pasé toda la infancia oyendo decir que yo era español, no cubano. Sin embargo hoy día, mi hijo mayor (que apenas conoce nada de esto ni fue involucrado nunca en cuestiones de nostalgia y pérdida como yo lo fui) insiste, quizá con cierta ironía, en que, en realidad, sí soy cubano. De modo que así me he quedado: con mis padres diciéndome que no lo soy y mi hijo diciéndome que sí. Y lo peor del caso: no tengo ni la menor idea de qué significa ser cubano.

sábado, 24 de enero de 2015

Un minuto para tres


  Más de diez años llevaba Lilian trabajando en algún que otro programa de televisión y cada vez había menos naturalidad en su manera de caminar, de hablar o de mirar cuando se hallaba en público, o al menos fuera de su casa. Era como si todo el tiempo la persiguiera alguna cámara. Aunque fuese un tanto vanidosa, también era verdad que no le faltaba gracia física, como tampoco cierto talento que muchos consideraban menospreciado de modo inexplicable, así como otros creían que quizás no había sido suficientemente pródiga con quienes debía serlo. Y serlo con Raynold, un director que pensaba como un espectador de gusto mediocre, al extremo de casarse con él, fue considerado por todos un grave error. Y otro, acaso peor, era irse tornando cada vez más pródiga con el ojo de aquella cámara imaginaria que la seguía a todas partes.
  Una noche, mientras celebraban el feliz término de una serie que su esposo había dirigido, Lilian se encontró de pronto con la mirada de José Dayal, un comentarista cultural que venía de la radio, y a ella le pareció que sus respectivos talantes estaban obligados a volverse cómplices por obvia preponderancia en medio de aquel bulto de personas confusas, que no sólo eran incapaces de detenerse en sí mismas, sino que precisamente procuraban escapar de su trivialidad particular disolviéndose en la similitud con los otros. Sin embargo, Dayal no correspondió en absoluto con su intención: la envolvió en una mirada gélida y distante cuyo significado podía ser que —para él— ella, pese a sus atractivos, poseía tan escasa singularidad como el resto de los presentes que tanto la hastiaban. Además, el hecho de que lo mirara a él como si de veras fuese una persona muy especial revelaba que, en fin de cuentas, lo único ostensiblemente peculiar en ella era su vulgaridad.
  De manera que Lilian, tratando de evitar la vergüenza, la irritación o el desprecio —o también, cómo no, la explosiva mezcla de todo eso—, bajó la mirada, recuperó con la mayor calma su vaso, tomó un sorbo muy leve de su cerveza y, al volverse hacia Raynold, supo que él se había dado cuenta de aquella silenciosa y fugaz peripecia. Sonriendo imperceptiblemente, entrecerrando los ojos y haciendo con los hombros un gesto poco enfático, pareció decirle que, en efecto, los hombres no tienen remedio.
  Pero la expresión de su esposo tenía también una evidente frialdad, que Lilian no comprendió de pronto, porque la causa había sido aquella mirada de José Dayal, un comentarista recién llegado nada menos que de la radio (Dios mío, aun más más más odiosa que el teatro), triunfante porque sabía pronunciar algunos nombres difíciles y poner cara seductora. Pero Lilian entendió bien cuando vio que los ojos de Raynold seguían ahora a Dayal y brillaban con una cólera helada que parecía contenerse a duras penas: supo entonces que su esposo no estaba furioso porque aquel hombre trajera buena fama de un mundo donde él mismo no había conseguido más que un simple golpe de suerte en medio de la indiferencia, ni porque le viese un aire de soberbia precoz, ni por aquella voz entre socarrona y remilgada, sino, sencillamente, por haberla mirado un instante y no haber hallado en ella nada más que motivo para un desdén acaso peor que el que sentía por los otros. Una displicencia gélida que no estaba hecha a la medida de la imagen que tenía él de su esposa, a quien todos, incluso los que no la celebraban, veían con aceptación.
  Y Lilian sintió como un toque de alarma y comenzó a seguirlo con la vista mientras Raynold avanzaba entre los otros: saludaba a un camarógrafo que había estado enfermo, intercambiaba un breve comentario sobre algún detalle de la escenografía, miraba el guion, lo remiraba, hasta llegar justo al lado de José Dayal, que no hallaba calidad suficiente en el trabajo de un joven productor de quien se opinaba en una esquina del estudio. Raynold incluso se sentó junto a él en el majestuoso sofá que había sido el centro de una de las últimas escenas y, alzando una mano para tocarlo en el hombro, abría ya la boca a punto de decirle algo, cuando el otro se volvió hacia él.
  En el momento en que los ojos de ambos hombres se encontraron, el sonido de una canción de Gilberto Santa Rosa, muy suave pero a todo volumen, estalló durante unos segundos en el aire reposado del set donde minutos antes se filmara la angustiosa muerte de la heroína, quien, acaso precisamente por ese recuerdo, ahora como simple actriz, hizo estallar a su vez una gran carcajada que resaltó mucho más porque, en ese mismo instante, el operador de sonido, que había dejado escapar por error aquel golpe de canción desde la cabina, reaccionó y volvió a cerrar el audio, de manera que la risa de Marisol sonó en aquel recinto como la explosión que rompe un muro.
  Y todos echaron a reír a un tiempo, ahogando la carcajada de la actriz y rodeando de un grotesco marco sonoro el encuentro de la mirada de José Dayal, suspensa, con la de Raynold, totalmente desconcertada. Mientras alrededor de ellos las risas se enredaban arrasando toda conversación anterior y las voces empezaban a sonar como si se pasara, sin transición alguna, de filmar una escena muy reposada a otra en extremo vertiginosa.
  Pero ninguno de los dos hombres sonrió siquiera o se movió mientras en derredor todo se aceleraba como si aquellos tragos simbólicos hicieran el efecto de un súbito fogonazo de espuma en el ánimo de cada uno.
  Por último, Raynold terminó de poner su mano sobre el hombro de José Dayal, pero cerró la boca entreabierta y no dijo ni una sola palabra, aunque siguió mirándolo todavía durante unos segundos en espera de que terminara su propia confusión, que pareció ir pasando a bocanadas de los suyos a los ojos de Dayal.
  Retiró finalmente su mano del hombro del otro, dejó de mirarlo, se aferró con las dos manos del vaso intacto y se puso de pie en medio de lo que —se dio cuenta de golpe— era un aplauso cerrado que los demás, entre algunos vestigios de risas, le dedicaban, incitados por una voz elogiosa que de momento Raynold no reconoció, de la misma manera que tampoco reconoció la mirada que había en los ojos de Lilian y que, más que una pregunta, le parecían un grito emitido usando una única y desconocida vocal.


Ernesto Santana, del libro “La venenosa flor del arzadú”. 

Reconquista

Sus inventores alegaron que con aquel artilugio se proponían instaurar una nueva era, la del fin del egoísmo. No era un sofisticado ingenio de la ciencia. Nada le debía a la magia, ni al milagro, ni al hechizo. Pero toda persona que traspasara sus umbrales, quedaba incapacitada para ver su propia imagen. Quienes le rodeaban, podrían seguir viéndola. Y ella, por su lado, podría ver a todos. Pero nunca más volvería a verse a sí misma. Antes de situar el artilugio en la plaza pública, censaron con minuciosidad a toda la población, otorgándole a cada cual un turno con la fecha y hora en que, inexcusablemente, debía someterse a sus efectos. Poco a poco, el artilugio fue haciendo lo suyo. Al punto que llegó un día en que las personas perdieron todo interés por relacionarse. ¿Qué ganamos reconociéndonos unos a los otros –se preguntaban, desabridamente-, si a cada uno de nosotros no le es posible ya conocer y recomponer de antemano la imagen con que nos presentamos ante las demás? Nunca estuvo la raza humana tan cerca de extinguirse bajo la sincronía del aburrimiento. Sin embargo, a última hora la salvó una coincidencia histórica. Pues en esa época fue también cuando los espejos, reagrupándose sobre el polvo, decidieron emprender la reconquista de su viejo imperio.


 José Hugo Fernández, del libro “La novia del monstruo”.

martes, 6 de enero de 2015

Tatlin y la máquina del odio

Por Ernesto Santana Zaldívar

plaza sliderLA HABANA, Cuba. -Hace muchos años, alguien me narró un cuento popular acerca de un guajiro que vive en un lugar remoto y le ponen delante un micrófono para que hable. Él no entiende qué es esa cosa. Los entrevistadores le dicen que lo que diga ante el micrófono será escuchado por otros. “¿Dónde lo escucharán?”, pregunta él. “Usted habla aquí delante de este aparato y entonces otras personas podrán escucharlo en otro lugar”, le explican. “¿Me escucharán fuera de aquí?”, pregunta el guajiro. “Sí”, le dicen. “¿Fuera de Cuba también?”, insiste el humilde hombre con curiosidad. “Sí, puede ser que también fuera de Cuba lo escuchen”, asienten los entrevistadores. Entonces el guajiro toma aire, acerca la boca al micrófono y grita muy fuerte: “¡¡Auxiliooooo!!”
He recordado ese cuento por lo que ha ocurrido en torno a la obra de la serie El susurro de Tatlin que la artista Tania Bruguera ha presentado en diferentes lugares del mundo, incluso ya en una ocasión, en 2009, durante una Bienal de La Habana, y que ahora tendría lugar en la Plaza de la Revolución.
Cada presentación de la serie ha constado de una tarima, un podio, un micrófono, dos guardias, una paloma y un minuto, conjunto que cobra su sentido según las palabras o el silencio de las personas que conforman el público y que son quienes realizan el performance, quienes completan la obra incorporándola durante un minuto a su vida personal.
Cuando se realizó la obra en 2009, “fue un momento de mucha tensión. El aire se podía cortar con un cuchillo”, según narra la misma Bruguera: “Para mí era un ejercicio de cómo sería el futuro en el presente, para que la gente fuera practicando cómo decir lo que piensa”. Durante ese evento, la artista informó a las autoridades gubernamentales que realizaría otros performances artísticos en la isla, pues “se está definiendo lo que pueda llegar a ser Cuba, y todos podemos contribuir”.
En aquel momento, el Comité Organizador de la X Bienal se pronunció duramente sobre la obra, pero Abel Prieto, entonces ministro de Cultura, consideró que, aunque “el performance fue utilizada por personas inescrupulosas para hacer un discurso contra la revolución”, era importante “crear un clima apropiado para la recepción de ese tipo de arte”, pues, “en general, en los jóvenes artistas cubanos, hay un énfasis en el arte crítico, analítico”, lo cual “es sano, es una crítica desde la revolución, desde una posición comprometida con la revolución”.
Lo más curioso es que Prieto declaró que la presencia en la Bienal de artistas y obras provenientes de Estados Unidos “ejerce una presión simbólica sobre el gobierno de Obama y sobre las políticas de hostilidad y de bloqueo”, para resumir que “no esperamos ningún cambio espectacular en la política de Estados Unidos hacia Cuba, pero al menos esta exposición levanta una bandera simbólica después de los años de silencio de Bush”.
Nada de micrófonos
Y ahora, un lustro después, cuando debió realizarse la nueva versión de El susurro de Tatlin, la reacción del régimen ha sido histérica e insultante, pues el primer eslogan de la presentación ha sido “Ese día no queremos pedir nuestros derechos, los vamos a ejercer”. Tania Bruguera fue acosada desde su entrada al país y al amanecer del 30 bloquearon su comunicación y la arrestaron. Curiosamente, esta vez la acusaban de intentar sabotear la mejoría de las relaciones Cuba-Estados Unidos.01cb7_tania_bruguera
Muchos de los que asistimos a la Plaza de la Revolución fuimos detenidos al salir de ella y algunos lo fueron incluso cuando solo intentaron salir de su casa. Los agentes de la Seguridad del Estado no arrestaban a ninguno en la misma Plaza, sino fuera de ella, con cierto sigilo, pero con una actitud amenazante y nerviosa que prometía llegar a la violencia si era preciso.
Los detenidos en las cercanías del Teatro Nacional fuimos introducidos en un pequeño carro jaula y llevados al Vivac de Calabazar. Nos reunieron en un grupo de doce activistas opositores y periodistas independientes al que luego añadieron a tres más. No le permitieron a nadie hacer la correspondiente llamada telefónica a su familia. Cuando luego fuimos llamados a declarar, ninguno aceptó firmar la ridícula acusación de desorden público e incluso cuatro se negaron a ser llevados a declarar.
En el grupo había miembros de varias organizaciones opositoras como la Comisión de Atención a Presos y Familiares (CAPF), Cuba Independiente y Democrática (CID) y la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU). Muchos de ellos tenían anteriores experiencias similares, y hasta habían cumplido condenas carcelarias. Aunque, debido a los métodos imprevisibles de la policía política, no se podía descartar ninguna represalia, parecía lógico que —como nadie había hecho otra cosa que llegar a la Plaza sin realizar ninguna manifestación pública de protesta— nos soltaran pocas horas.
De todos modos, Omar Sayú, un rapero de Santiago de Cuba miembro de la UNPACU, Pável Herrera, del CID, y el periodista Pablo Méndez, se declararon en huelga de hambre desde el primer momento. Los oficiales de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) que nos custodiaban directamente, nos trataron, en general, sin agresividad, y declararon haber sido puestos por la Seguridad del Estado entre ella y nosotros y no ser responsables de nuestro encierro y de la incomunicación a la que se nos sometió.
Por supuesto, intentaban que nos mantuviéramos apaciguados y, para lograrlo recurrieron a veladas amenazas —si continuábamos gritando consignas por las ventanas— y a falsas promesas, como el teniente coronel que, ante nuestras demandas de que vinieran a dar la cara los oficiales de la Seguridad del Estado, nos aseguró, “como hombre”, que iría a hablar con ellos y vendría enseguida a darnos una respuesta, lo cual nunca ocurrió.
Megáfono imaginario
Entrada al centro de detenciones para opositores politicos "El Vivac"_www.miscelaneasdecuba.com
Entrada al centro de detenciones para opositores politicos “El Vivac”_www.miscelaneasdecuba.com
Como a la mañana siguiente, ya 31 de diciembre, no hubo ninguna liberación, nuestros gritos a coro se hicieron más intensos y frecuentes. Las decenas de presos comunes que pasaban en fila, muy cerca, para entrar o salir del comedor, se asombraban escuchando frases como ¡Viva Cuba Libre!, ¡Castro, traidor, asesino y dictador!, ¡Vivan los derechos humanos!, ¡Abajo los secuestradores de la Seguridad del Estado! y muchas otras, a todo pulmón.
Los gritos a coro se hacían particularmente fuertes cuando veíamos pasar a Danilo Maldonado, El Sexto, a quien tenían recluido con los presos comunes porque, varios días antes había intentado un fabuloso performance en el Parque Central: liberar, en medio del gentío, una cerda a la que pintó el nombre de Raúl y un cerdo con el nombre de Fidel. Ello ha provocado que intenten procesarlo legalmente y encarcelarlo.
A las doce de la noche, a la llegada del primero de enero, los coros partieron de ¡Abajo la revolución! y tomaron los matices más imaginativos durante un buen rato, llegando seguramente hasta las casas de un vecindario adyacente a las instalaciones del Vivac, en el que la gente ya está acostumbrada a escuchar ese tipo de consignas, pues siempre sucede lo mismo cada vez que confinan allí a un grupo de opositores.
No me toquen la Plaza
El día primero por la tarde empezaron las liberaciones, que continuaron hasta el día 2, cuando, ya a punto de cumplirse las 72 horas del secuestro, salimos los últimos detenidos. Durante esos tres días, pasamos de ser un puñado de personas diversas y desconocidas entre sí, de muy variadas ocupaciones y proyectos, a convertirnos en un grupo hermanado por un propósito común que tomaba decisiones en conjunto, pero respetando la voluntad de cada cual.
Los que nunca habíamos pasado por una experiencia parecida, sobre todo los periodistas, nos asombrábamos viendo, viviendo de cerca, quiénes eran en verdad los activistas opositores cuando caían en manos de la represión, hasta qué punto llevaban su conducta de resistencia no violenta y su ausencia de temor. Mejor dicho, su dominio del temor, pues algunos confesaban haberlo sentido en medio de las olas de rabiosos represores y haberlo perdido cuando eran aplastados por las golpizas.
Allí también se reveló un detalle esencial que contenía el significado de lo que ocurrió y de lo que pudo ocurrir aquel 30 de diciembre en la Plaza de la Revolución. La inmensa mayoría de los opositores ignoraba quién era Tania Bruguera e incluso muchos no tenían idea de lo que es un performance. Habían acudido allí, ante todo, a expresarse libremente y a apoyar con firmeza a los que lo hicieran.
O sea, el propósito de la artista de que su obra fuera asumida y acabada por el público y de que su autoría se disolviera, terminó realizándose aunque la pieza en sí misma no haya podido tener lugar. En fin, ocurrió un performance mayor y más elocuente que el anunciado. Si Bruguera quiso poner a prueba la credibilidad de los “cambios” del castrismo, los resultados han sido transparentes.
Si las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, al menos en apariencia, han logrado cierto avance, las relaciones entre el gobierno y el pueblo de Cuba no han mejorado en absoluto, porque son dos problemas muy distintos, donde el segundo es el diferendo básico.
Un oficial, en el Vivac, le dijo a un opositor que “ya el gobierno norteamericano había reconocido que más de cincuenta años de bloqueo no habían servido de nada”, revelando un peligroso envalentonamiento, como si los represores hubiesen recibido una espaldarazo a su impunidad. Por algo uno de los detenidos escuchó decir a un oficial que “el día que fusilen a un opositor tú verás cómo los demás se tranquilizan”, como si ya ese y otros métodos criminales no hubiesen sido usados desde 1959 sin que la oposición haya dejado de renacer una y otra vez.Seguridad del Estado vigilando el evento  - Foto Orlando Gonzalez
Es evidente que la Seguridad del Estado tiene el papel de tratar con odio deshumanizante a la oposición para que ella también se contamine con ese odio —ya que no se deja dominar por el miedo— y abandone, si no el escenario, al menos sí el pacifismo y el reclamo cívico. Esa máquina de abominación, esa máquina de odio, castiga no solo el hecho de que una persona se presente en un espacio público, sino hasta la simple intención de hacerlo. Y en algo están más claros que muchos de los que acudieron allí: la gente no acudió a la Plaza de la Revolución de la falsa unanimidad y los multitudinarios performances fidelistas, a ese espacio frío, desarbolado y custodiado por fetiches enormes, sino que la gente acudió a la Plaza Cívica en su condición de espacio sencillamente humano donde cabe la diversidad democrática y la libre expresión.
La utopía imposible
Ese desafío no será permitido, sino castigado siempre. Ya es bastante que el “problema de la oposición” no pueda ser exterminado por las armas y el presidio, y ese ejército de esbirros que odia a sus oprimidos no es en esencia distinto de los incontables ejércitos de esbirros y verdugos que a lo largo de la historia han sido criados por las tiranías. Los que sufrimos ahora son tan criminales y represivos como han podido ser: no como han querido ser. Su entraña es legible en sus ojos cuando esposan a alguna de esas alimañas insistentes que ellos preferirían barrer a sangre y fuego.
Algunas personas, aun amigos y gente amable, han sido capaces de comentar que, total, mírate a ti encerrado mientras Tania Bruguera tomará su avión y regresará a la buena vida fuera de Cuba, intentando desconocer que nadie fue allí por iluso ni por dejarse manipular, sino en apoyo del arte libre, para ejercer derechos naturales, para demostrar que la libertad no es un objeto como las esposas o las armas, que se tienen o no se tienen, sino una condición que se siente o no se siente.
Que Tania Brugueras, al ser liberada, haya acudido a las puertas del Vivac en compañía de otras personas solidarias a exigir la liberación de los secuestrados allí, lo cual resultó en nuevos arrestos, fue un gesto de dignidad y firmeza inexplicable para la mente de esa jauría grotesca.
En el Vivac conocí o me reencontré con Boris González, Carlos Manuel Hernández, Andrés René Pérez Suárez, Omar (Don) Sayú, Pável Herrera Hernández, Luis Trápaga, Miguel Daniel Borroto, Claudio Fuentes, Ariobel Castillo, Vicente Coll Campanioni, Pablo Méndez, Duvier Blanco, Waldo Fernández, y ninguno se arrepintió de haber esperado el nuevo año entre rejas.
Es ilustrativo que Vladimir Tatlin —cuyo nombre formaba parte del título de la obra de Bruguera— haya concebido, en los albores de la revolución bolchevique, una pieza llamada Monumento a la Tercera Internacional, especie de Torre de Babel giratoria, más alta que la Torre Eiffel, con algo de panóptico de presidio. El proyecto nunca fue realizado. La ciclópea Torre de Tatlin jamás pudo ser construida, como la utopía socialista, porque, sencillamente, no puede ser levantada ninguna construcción fuera de la medida humana.
Se puede asaltar un país e imponer una dictadura, pero resulta imposible asaltar el cielo con una Torre de Babel ideológica. No es posible reunir a los hombres para destruir al hombre imperfecto y construir un robot perfecto al servicio del poder, al servicio de nada.

De los tigres de Masferrer a las hienas de Camilo


Siempre será complejo establecer diferencias entre sicarios, pues éstos son como los boniatos, frutos de la misma semilla, por más que unos resulten menos dulces que otros


Foto cortesía del autor
Foto cortesía del autor
LA HABANA, Cuba. -Algunos de los que en días atrás estuvieron secuestrados en el Vivac de Calabazar, hablan de una valiente activista cívica llamada Sonia (perteneciente a la organización opositora UNPACU) que al ser tratada con violencia por parte de sus represores, respondió mordiendo a uno de ellos en el brazo. Esa mordida era el pretexto que necesitaban los esbirros de la seguridad del estado para torturar ferozmente y en pandilla a una mujer, enferma de cáncer por demás.
Esta práctica se ha hecho habitual en el comportamiento de las hordas vestidas de civil con que la policía política pretende sofocar las voces disidentes en Cuba: provocan de palabras y agreden físicamente a los activistas para compulsarlos a una respuesta violenta. Y una vez que lo han conseguido, se ensañan torturando despiadadamente a sus víctimas, disponiendo ya de una “justificación” y un argumento “legal” que les facilita condenarles a varios años de cárcel.
Los tristemente afamados Tigres de Masferrer no llegaron a utilizar “técnicas” tan ladinas para el ejercicio de sus tareas como torturadores y criminales. Iban a lo suyo sin contemplaciones ni doble cara. No en balde su tétrico reinado duró poco.
Tal vez alguien piensa que exagero al comparar a nuestros represores de hoy con aquella organización paramilitar que, bajo el liderazgo de Rolando Masferrer, se dedicó a sembrar el terror y la muerte entre los opositores de la dictadura anterior, la de Batista. Alegarán que los Tigres de Masferrer asesinaron a muchas más personas que las actuales hienas de Camilo, seudónimo con que es conocido en La Habana el Masferrer de nuestros días. Pero eso es algo que estaría por ver.
Además, aunque sólo sea por una cuestión de simple cotejo histórico, es necesario recordar que aquellos represores de los años cincuenta perseguían a personas generalmente armadas y dispuestas a hacer uso de sus armas. Mientras que los de hoy se dedican a cazar a mujeres y hombres inocentes, indefensos y devotos del pacifismo.
De cualquier modo, siempre será complejo establecer diferencias entre sicarios, pues éstos son como los boniatos, frutos de la misma semilla, por más que unos resulten menos dulces que otros. Y a propósito de orígenes, es muy posible que Rolando Masferrer haya aprendido de la KGB soviética (con la cual colaboró) y del estalinismo (religión que profesaron él y varios de sus feroces Tigres), la práctica de la violencia extrema como doctrina y como herramienta de poder. Así que ni siquiera en eso son grandes las diferencias entre él y el tal Camilo.
Por otro lado, nuestro escenario de hoy cada vez se parece más (al menos en lo peor) a aquel en que actuaron los Tigres de Masferrer. Por parecerse a ellos, las hienas de Camilo hasta suelen usar la misma combinación de guayaberas con gafas oscuras. Y ni hablar del talante, que es idéntico: tipejos brutos, rozando el retraso mental, con aires de matones que son como caretas para ocultar su pendejismo. Tunantes, groseros, dados al abuso en grupo contra gente indefensa y al servilismo y al automatismo ante sus mandantes. Tanto los de antes como los de ahora, son como muñecos de serrín, sin nada más por dentro, fabricados a partir del mismo molde y para una sola función. Es el engendro típico de las dictaduras tercermundistas. Así que no tienen por qué ser distintos.
La única diferencia quizá radique en que los Tigres de Masferrer nacieron para actuar durante un período limitado, y ellos lo sabían, por muy brutos que fueran. En tanto las hienas de Camilo creen que el diablo ha detenido el almanaque para concederles todo el tiempo del mundo. De tal creencia se alimenta su bravuconería barata, ignorando lo elemental, es decir que todo cuanto tuvo un principio tendrá un fin. De manera que mientras más se prolongue su siniestra impunidad, más estrepitoso y aleccionador será el derrumbe.