EL VAGON AMARILLO

lunes, 18 de agosto de 2014

I. AUSTRO, EL VIENTO SUR

El mar de la noche


—Mañana es la feria —le dijo Manuel y Jo lo miró con un gesto de cansancio, pues ya lo sabía—. ¿Te acuerdas de cuando la hacían los domingos? Tú eres joven y ha pasado mucho tiempo —añadió en un balbuceo y apretó el paso, acomodándose los horribles espejuelos que le resbalaban sobre la nariz al menor movimiento.
  Jo Quirós caminaba detenido por dentro para sostener el peso de la piedra helada que antes fue su corazón, pero ansioso por fuera para poder avanzar entre la cegadora luz y el aire plomizo de la tarde. Era un prófugo atraído precisamente por aquello de lo que huía. No entendía aún, y ya casi le repugnaba la persistencia de Manuel Meneses a su lado.
  El ocaso había sido súbitamente asaltado por un viento sur que trajo veloces nubarrones y una lluvia fría que arrasó los últimos vestigios de la tarde. Sólo los más ancianos habrían podido recordar un viento sur así.
  —Adiós feria —gruñe Manuel mientras oscurece entre golpes de aire negro—. ¿No tienes frío?
  Pocas noches atrás la luna era para Zo, desde su ventana, un sereno zepelín perseguido por el globo del sol, que abrasaba entonces la ciudad lo mismo que en agosto.
  Y ahora, en esta noche, a lo largo de la caravana de portales que ellos recorren exhaustos de tanto vagar, las columnas engendran un vértigo de sombras que los enmudece. Con las manos en los bolsillos, Manuel procura sólo no perder el paso, pues al lado de Jo le arde menos el aire. Puede rozarle el hombro y aun hundirse en su aliento por un segundo, aunque este melancólico Jo no es el mismo de antes y pasa las horas sin reírse ni una sola vez. Manuel recuerda lo que canturreaba una noche el enano Arnuru en la azotea de la ciudadela Urbach, borracho, aferrado al umbral de la torre de Juan como un Jesús grotesco:

Eran dos hermanos raros:
Zo, la loca de la casa,
y Jo, el loco del barrio.

  Por fin se detienen en una parada de ómnibus, sin abandonar el portal pese a que el vendaval se ensaña allí casi tanto como en la acera.
  También Zo le habló a su hermano, hace más o menos una semana, de la feria de este domingo, y eso le extrañó a Jo Quirós porque en aquel sitio precisamente se alzaba la carpa cuando Ja los llevó a la función de aquella aterradora noche de circo.
  Para rascarse el párpado, Manuel Meneses mete un dedo a través del aro vacío de sus espejuelos, con un solo vidrio partido en forma de estrella que puede deshacerse en cualquier momento y acaso herirle el ojo. Creyéndola una reliquia de guerra, un pote diabólico donde aún retumban los disparos de los fusiles rusos, mira con desagrado cómo Jo se acomoda en la cabeza su gorra de soldado para que no se la arranque el aire.
  La brusca llegada del viento sur hace que Jo no esté seguro de la hora, a pesar de su preciso sentido del tiempo. ¿Serán las nueve? En una noche ordinaria, habría decenas de personas aguardando en la parada, pero ahora los escasos transeúntes rezagados esperan con visible impaciencia entre las columnas y las sombras. Parece una pesadilla, se dice Jo. Y quisiera despertarse ya.

Ernesto Santana, capítulo de la novela “Ave y nada”. 

VISIÓN DE CLAVO Y LA MADAMA

Como la guillotina sobre el cogote de un gordo, la noche duda, leve, recelosa, antes de atravesar los portalones de la calle Reina. Clavo está tendido bocarriba, con los ojos abiertos, observando sin ver el acarreo de las sombras. Y se siente bien. Tanto que si por él fuera no se levantaría nunca. Al carajo las cosas.
Este lunes se le acabó temprano el combustible. Clavo sin alcohol no camina. Por eso estuvo largo rato recostado a la fachada del cine Cuba. Hasta que vino un jodedor. Clavo, le gritó, bonita ocupación tienes ahora, aguantar las paredes. Son los amigos del barrio. O los conocidos, pues lo que se dice amigos... Les entretiene detenerse un segundo a jaranear. Tiran puyitas, pasan, mientras él abre la jaiba mostrando los dientes, piedra pómez de lo que un día fue blancura para sonreír. A Clavo ni siquiera le molesta que le llamen Clavo porque tiene cabeza sólo para que se la machaquen. Se encuentra a gusto así. Nada ante el infinito, todo ante la nada.
Para ayudarles a renovar el repertorio, tal vez, esta tarde se tendió a la larga. Horas y horas. La oscuridad y Clavo serán uno, el mismo, cuando circule el último jodedor de la jornada. A zarandearlo, a meterle cosquillas con la puntera: vamos, de pie, alambique, que este portal no es hotel, ve a dormir al chiquero de tu cuarto. Posiblemente lo ayude a levantarse. Y hasta le deslice dos o tres palmadas comprensivas en el hombro. Que Clavo tendrá que agradecer, no porque existan razones, sino porque no deja de ser agradecido.
A unos veinte metros de su cuarto, donde se cruzan las calles Lealtad y Salud, Clavo tropezará con un par de zapatos. Sin duda va a mirar hacia uno y otro lado antes de meter los dedos en el interior del hallazgo, como para cerciorarse de que están desocupados. Y es seguro que luego levante la cara para hacerle una señita a Dios. A uno de los zapatos le falta el tacón; al otro, la lengüeta; ninguno de los dos trae cordones. Pero a Clavo le han caído del cielo. Las suelas de los que lleva puestos son las propias plantas de sus pies.
Sentado para cambiar de calzado bajo el farol que marca la cruz de las dos calles, volverá a dormirse. Y es a partir de este momento cuando ocurre lo que Clavo no entiende, no se explica, no cree sencillamente en lo que ve, porque no lo considera creíble.
El frío lo despierta ni se sabe a qué hora. Sesgando, llega hasta el chiquero que tiene por cuarto. Y al entrar, Clavo ve que su cama no es su cama y que ya no está sucia ni vacía. Rememora que la última sábana decente que tuvo fue lavada y planchada por Mirta hace seis años, el mismo día en que se suicidó. Rememora que cuando vivía, Mirta era su esposa. Rememora que dejó de vivir porque no aguantaba la ausencia del único hijo que procrearon juntos. Rememora que el hijo habría caído congelado al mar desde el tren de aterrizaje de un avión, cuando intentaba huir con rumbo a Canadá. Rememora que todo lo demás es olvido. Y no viene al caso. Ya que de pronto la cama está otra vez tendida, limpia, cálida. Y sobre la cama una mujer lo aguarda, a él, Clavo. Pero no da un paso. No se atreve. Teme malograr tan deliciosa visión. Lo único que desea es sentarse calladamente a contemplarla, con los ojos abiertos como dos palanganas, los mismos ojos de mirar la noche.
Lo malo es que Mirta no se lo permitirá. Si en verdad fuese ella, lo primero que iba a hacer es... Clavo intenta imaginar las palabras con las que su esposa lo recibiría después de seis agostos en barahúnda continua. Mas sucede que en vez de imaginarlas, las escucha, reales, gruesas, terminantes: ¿Y tú qué haces ahí, tieso como el palo de la escoba?; anda, muévete, que es tarde.
Clavo desclava una sonrisa amplia, desde el bigote a los cordales. Agita enternecido la cabeza. Y sonriendo, se encamina con sus zapatos de estreno hacia la cama. Entonces la voz vuelve a tronar: No, qué va, de eso nada, primero tendrás que bañarte y comer algo; espera, que enseguida te caliento el agua.
Barajando de cerca semejanzas y disimilitudes, Clavo concluye que no es Mirta. Su rostro le resulta afín, hasta familiar, diría. Va y se atreve a pronunciar un nombre, o más bien un apodo. Aunque tampoco puede ser. Si apenas se conocen de vista. Jamás intercambiaron una frase. Incluso, quizás sea casual, pero cuando pasa por su lado ella voltea el rostro en el sentido opuesto. Y no es nada casual que nunca le responda el saludo. Ni porque habitan el mismo edificio, puerta con puerta. No, señor, no es ella, en modo alguno. El hecho de que halle muy de su interés a esa vecina, La Madama, no alcanza para darle argumento a sus visiones. En cualquier caso ya sabe que Mirta no es. Y con perdón de la difunta, lo sabe no solamente por su capacidad para distinguir a la presa entre penumbras, como un lechuzo, sino porque tuvo ocasión de palpar la diferencia.
En fin, Clavo está en las mismas. Cada vez entiende menos. Al punto que ha perdido las ganas de dormir. Y eso que no pegó los ojos en toda la noche. Si por él fuera no volvería a pegarlos mientras dure este sueño. Porque claro que se trata de un sueño. Anómalo, disparatado, insensato y a la vez tangible como la caneca de plástico que lleva en el bolsillo trasero de su pantalón. ¿Sueña que vive?. ¿Sueña que al soñar está volviendo a vivir el sueño de su vida?. ¿O es que a soñar se puso y se ha ido tan lejos que ahora no encuentra el camino de regreso?. ¿Clavo se trabó dentro del sueño?.
Esta mañana le ha costado un gran esfuerzo reconocer al sujeto que le hace muecas a través del espejo. Clavo limpio, oloroso y afeitado. Peregrina visión. Y para colmo, examinada a la luz del nuevo sol, la mujer se le parece aún más a La Madama. Y pensar, piensa Clavo, que únicamente en sueños ha podido mirarle a los ojos, grandísimos, vacíos, desolados. Ella es nueva en el barrio. De hace apenas un año. Pero aun estando allí, no forma parte. Es que para empezar sólo sale de su cuarto en dirección a la iglesia. Y que Clavo sepa, no conversa con nadie, ni los buenos días. No en balde le apodan La Madama. Siempre con el cuello en alto como un cisne. Siempre fría. Vestida de negro, bien abrochadita, estirada. Presentándose siempre por encima. Como dicen que antes vivía en una buena casa del Vedado. Aunque Clavo supo, no recuerda cómo, que de aquella buena casa debió mudarse a una regular, en Santos Suárez; y de ésta, a otra medianamente mala, en Marianao; y luego a una peor, en El Cerro; hasta caer en el cuartucho de la calle Salud, el cual difícilmente le permita seguir bajando de categoría. Parece que al quedar viuda, la tierra se le abrió a La Madama debajo de los tacones. Tenía un hijo, comentan, pero tanto lo escondió para que no fuera llevado a la guerra de Angola, que un mal día se le puso enfermo. Y tanto lo escondía que le dio miedo trasladarlo al hospital. Y tal fue su miedo, que ya no tuvo hijo. Así es que sin perro ni gato y sin edad para empezar de nuevo, se ha dado a desprenderse de las comodidades del hogar a cambio de un poco de dinero para ir llenando la caja del pan. Es lo que riegan por ahí las malas lenguas. Sea verdad o invento, a Clavo le importa tres pepinos. No está para chismes. Con su visión le basta. Se siente más que compensado.
Por cierto que su visión merece un brindis. Es raro que Clavo no lo haya pensado antes. Y pensándolo, se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón. Justo en el instante en que la mujer vuelve a tronar: Si buscas la caneca, no pierdas tu tiempo; la eché a la basura; no te hará falta en lo adelante.
Lo razonable es que ahora Clavo estuviese contrariado, nervioso, con rabieta. Mas he aquí que se limita a mover enternecido el péndulo de la cabeza, al tiempo que murmura como para sí, caramba, hay que ver la de cosas extrañas que uno ve en las visiones. Y acto seguido, enfila hacia la puerta en busca de aire fresco. Pero la mujer truena de nuevo: Y ni se te ocurra coger calle tan temprano, como no sea para ir a buscar el pan mientras cuelo café.
Tan pronto asoma la nariz, Clavo tropieza con el primer jodedor del edificio. Vaya, Clavo, le dice, estás comiendo bueno, y hasta te arropan como a un recién nacido; ¿será que vas a retratarte?. Él desencaja la jaiba, aunque con su mejor talante, dispuesto a exigir un poco de respeto para los protagonistas del sueño. Sin embargo, así queda, con la jaiba abierta por la sorpresa. Ha descubierto que el cuarto del cual acaba de salir no es el suyo, porque el suyo está al frente, y frente al cuarto suyo está el de La Madama. A Clavo se le antoja pensar en las graciosas trastadas del destino. Piensa con la cabeza, por vez primera en muchos años, mientras gira hacia uno y otro lado, como para evadir posibles martillazos, la cabeza de Clavo. Caramba, pero qué loca visión, irá repitiendo para sus adentro, camino a la panadería.

José Hugo Fernández, del libro “La isla de los mirlos negros”. 

viernes, 8 de agosto de 2014

Elpidio Valdés en la fidelísima isla de los españoles


El valiente coronel mambí devino uno de los intentos más contundentes de lo que el arte “revolucionario” podía aportar a la ingeniería social

Elpidio Valdés machete en mano_imagen cortesía de Ernesto Santana
Elpidio Valdés machete en mano_imagen cortesía de Ernesto Santana
Nace un mambí
LA HABANA, Cuba. –Aunque Elpidio Valdés permanece como la superestrella para varias generaciones del dibujo animado cubano, y todavía sigue siendo importante para los niños y jóvenes de hoy, ya no es lo que fue hace 35 años, cuando se estrenó la película con su nombre.
Elpidio Valdés, de 1979, el primero de tres filmes producidos por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, fue antecedido por varios exitosos cortometrajes que comenzaron a televisarse en 1974, hace cuarenta años, y que hasta hace un decenio seguían apareciendo.
Todos esos audiovisuales nacieron de un oficial de inteligencia llamado Elpidio Valdés, aparecido en 1970 (en una tira cómica sobre las aventuras del fantástico samurai Kashibashi, que Juan Padrón escribía para la revista Pionero), enviado por los mambises para destruir la banda de ninjas del general español Don Mogollón Resóplez y del Garrote, que se convertiría en su eterno enemigo.
Siendo todavía un adolescente, en 1963, Padrón había comenzado a dibujar historietas para varias publicaciones, además de hacer guiones para tiras ajenas. Su capacidad de fabulación se entrenó duro en historietas como Verdugos, Historias de la prehistoria.
Piojos o Vampiros. Abajo el Pato Donald
De esta última tira cómica surgiría Vampiros en La Habana, un largometraje animado que se convirtió en la obra más triunfadora de Padrón, capaz de enriquecer el habla y el imaginario popular cubanos y que una encuesta mundial de Noticine.com sobre las 100 mejores películas iberoamericanas ubicó en el puesto 50.
Si hace cinco lustros Carlos Varela confesaba en una canción: “No tuve a Superman, tuve a Elpidio Valdés y mi televisor fue ruso”, los artistas que hoy son niños, mañana contarán algo muy diferente, lo cual no quiere decir que serán mejores que los de 1970, sino que seguramente serán más escépticos. Aun más que los actuales.
Aquellos niños fueron formados cuando estaba en su apogeo la violenta pedagogía que debía amasar al Hombre Nuevo. Los nuevos trovadores cantaban “te doy una canción con mis dos manos, con las mismas de matar”, “la rabia es mi vocación” y hacían loas a la guerra de clases, a la sociedad neoespartana y a los delirios castristas.
El creador, Juan Padrón, junto al personaje Elpidio Valdés_archivo
El creador, Juan Padrón, junto al personaje Elpidio Valdés_archivo
General Resóplez, gran enemigo de Elpidio Valdés_cortesía de Ernesto Santana
General Resóplez, gran enemigo de Elpidio Valdés_cortesía de Ernesto Santana
Elpidio Valdés fue parte de ese programa formativo porque entonces el gobierno se tomaba muy en serio los dibujos animados. Se suponía que los “muñequitos” pueden traer mensajes peligrosos, sobre todo los norteamericanos, que suelen portar un sutil “veneno” ideológico que daña la conciencia de niños y jóvenes y les inocula valores capitalistas.
Así que los animados socialistas, para derrotar a Walt Disney, debían ser portadores de contenidos adecuados para la formación del Hombre Nuevo, esa nueva versión del androide medieval (o sea, no había límites para obtener un lavado total de cerebro), y el valiente coronel mambí devino uno de los intentos más contundentes de lo que el arte “revolucionario” podía aportar a la ingeniería social que soñaba llevar a cabo Fidel Castro.
Aprendizaje de la rabia y el odio
Alguien puede pensar que esta visión es un poco exagerada, pero solo tenemos que pararnos un momento a observar a un niño que está viendo un pasaje en que Elpidio Valdés asegura que “todavía hay mucho machete que dar” o le ordena al corneta que toque “a degüello”.
En el documental Existen, de Esteban Insausti, donde aparecen varios locos de La Habana, uno de ellos admite que no le gusta Elpidio Valdés porque “no da enseñanza alguna a los niños”, y continúa con una pregunta: “¿Tú te imaginas a un niño con un machete para matar a otro?”.
Bueno, la verdad es que sí da enseñanzas, unas históricas y en su mayor parte militares (Padrón llegó a escribir El libro del mambí). Enseñanzas claras de que al enemigo imbécil hay que odiarlo a muerte, morderlo, patearlo, matarlo. Y los cubanos, incluyendo a los niños, somos ante todo soldados en campaña más que ciudadanos.
Es comprensible, y merecido, que este artista sea admirado por un público vastísimo, incluso fuera de Cuba, y más comprensible aún que sea incluso idolatrado por tantos humoristas del país, porque solo hay que echarle un vistazo a nuestra creación para reír en estos años, sin tener que retroceder hasta el paisaje cultural, de humor para llorar, en que nació y se desarrolló la obra de Padrón, quien, por lo menos, cuando se daba a su obsesión formativa, la aderezaba con gracia y mucha imaginación.
Vivan los españoles
Asimismo, al final, esas divertidas inyecciones de violencia no han alcanzado a tener grandes efectos. Si los jóvenes que ayer asistieron a la manía carnicera de Elpidio Valdés, se machetean unos a otros diariamente en la Cuba de ahora, no es por culpa de Juan Padrón en primer lugar, sino a causa de la jaula de miseria económica y moral que el grupúsculo gobernante nos ha construido para controlarnos. Además, una tras otra, las generaciones que han crecido aprendiéndose de memoria las aventuras de Elpidio Valdés, han experimentado al cabo que el enemigo real no es ni español ni yanqui, sino cubano como nosotros y que éste sí que nos odia a muerte.
Para colmo, los peninsulares comenzaron a regresar a la fidelísima isla en los años 90 para invertir capitales y construir hoteles para turistas, y entonces resultó que las brutísimas y despiadadas huestes del General Resóplez no eran tan terribles ya en comparación con los vecinos norteamericanos, que son los malditos-malos-malísimos y lo serán mientras no sigan el ejemplo de los antiguos colonialistas. Por si esto fuera poco, millones de cubanos quieren ser, ya que no americanos, por lo menos españoles.
Nada, sin embargo, niega que Juan Padrón sea un artista extraordinario, pero personalmente considero que su talento se reveló hace 29 años en la incomparable Vampiros en La Habana, que tanta frescura conserva y que carece de los pujos de mensajería patriotera de la saga de Elpidio Valdés, pues, en definitiva, las obras de artistas como Juan Padrón que trasciendan su época, no lo harán gracias a sus monsergas ideológicas, sino a pesar de ellas.
¿Cuántos se sientan frente al televisor a ver las hazañas del bravo mambí contra los españoles en espera del pasaporte que los haga súbditos de la Corona?

LOS MUERTOS NO SALEN

(Publicado en Cubanet)
Por. José Hugo Fernández

En la foto vemos a un hombre viejo, ciego e inválido. Empuja su sillón de ruedas otro hombre más joven, que sólo puede utilizar la mano derecha, pues la izquierda la tiene inútil. Ambos van escoltados por una señora con evidentes dificultades para andar con sus propias piernas. Me resulta imposible evitar una lectura simbólica de este cuadro, captado en la esquina habanera de 23 y 12, justo el lugar donde se proclamó, hace 53 años, el carácter socialista de la revolución.

Desde luego que no pretendo ser descortés o irrespetuoso con los fotografiados. El asunto no va con ellos sino con la manera en que el instante que ha congelado la cámara (donde ellos aparecen por azar e inocentemente) nos activa el cacumen, remitiéndonos a una casi obligada interpretación metafórica en torno a las circunstancias en que hoy marcha la revolución socialista.
Tal vez este tipo de asociación no me hubiese asaltado si no tuviera frescas en la mente algunas boberías que leí en la prensa oficial y en ciertos medios especializados (como la revista Temas), acerca del futuro del socialismo y de lo que sus graciosos perfeccionadores consideran virtudes para imponerse sobre el capitalismo.

Hasta ayer fueron cómplices (y siguen siéndolo) de los caciques de esto a lo que llaman socialismo cubano, que es la dictadura más inútil y asfixiante que ha padecido el país. Ahora les da por venderse como empinadores del papalote de la utopía, proclamando la tercera resurrección del socialismo(*), el cual, por lo que parece, debe tener más vidas no digamos ya que el buen Jesús, sino que Drácula, condenado a morir cada mañana para resucitar en la noche.
Quieren decir más o menos que luego de las dos muertes que le ocasionaron Stalin y Lenin, en Europa, y Fidel Castro y Kim IL Sung, en América y Asia, ahora sí es verdad que están listos para insuflarle nueva vida al socialismo, estimulados quizá por el ejemplo de China, con su arte para mezclar en la hormigonera capitalismo con feudalismo, o por sistemas como el de Ecuador, donde el presidente arregla leyes para perpetuarse en el trono, como Dios en la tierra.
Sin embargo, los que así piensan no son los más dañinos, puesto que son los más torpes y burdos. Peores son los que dicen soñar con la utopía. Posando de etéreos como sus sueños y tan exactos como logaritmos, éstos anuncian que ya está en clímax la extinción del sistema capitalista y que únicamente el socialismo será capaz de remplazarlo. Apenas habría que ajustar algunos detalles referidos, dicen, a cambios en los métodos y en los objetivos de la producción.
Le ronca el mango que aún a estas alturas alguien nos venga con semejante fábula.
Claro que el actual sistema capitalista no será eterno, nada lo es. De hecho, está en crisis. Y sus millonarios adalides tendrán que ponerse las pilas para impedir que termine dando vuelta a la página. En la combinación de la dinámica económica, política y social radican sus esencias, y si ésta no se recicla sistemáticamente, no avanza el sistema, que es lo que está ocurriendo. Pero el capitalismo al menos cuenta a su favor con el beneficio de la duda y el de la esperanzada lógica.   

El socialismo, en cambio, no tiene futuro, porque no tiene presente ni tuvo un pasado real más allá de los manuales y de los horrores de cierta forma de gobierno neo-esclavista a la que endilgaron ese nombre. No obstante, en caso de haber sido algo, el socialismo (que no es nada) quizá sea pasado, un pasado túrbido, cuya renovación es improbable, ya que, tal como sentencia una perla de nuestra música popular, “los muertos no salen, del hoyo no escaparán”.
Y el motivo por el cual el socialismo es hoy un carapacho inánime y vacío no hace falta buscarlo en todo un siglo de esfuerzos fallidos por darle curso. Ni siquiera en las lindezas teóricas de sus presuntos perfeccionadores, que ya no logran adormecer a nadie más que a esos fanáticos y pancistas que se limitan a aplaudir desde lejos. Basta con apelar a un muy sabio y antiguo refrán, mediante el que parecen hablar los humildes del mundo, advirtiéndole a este hato de viudas de Marx: “Todo lo que haces para mí, pero sin mí, lo haces contra mí”.
Por lo demás, lo que se dirime hoy, de cara a un futuro más o menos próximo, no es si el socialismo, que nunca tuvo presente, podría trascender demostrando superioridad como sistema del porvenir, o si el capitalismo logrará renovarse desde sus esencias para no quedar a la zaga. Lo que se dirime es mucho más importante que las ideologías y los sistemas políticos. Se trata de la capacidad del ser humano para sobrevivir como especie, mediante un vuelco radical hacia la profundización del desarrollo de sus reservas espirituales e intelectuales.
No sé cuál será el resultado de tan dramático desafío. Pero todo indica que si termina en éxito, éste no va a depender de los caudillos patrioteros, ni de los millonarios indolentes, ni de los trasnochados perfeccionadores del socialismo.
(*) “Socialismo cubano: la tercera resurrección”, Ricardo Ronquillo Bello, Juventud Rebelde, 27 de julio del 2014: www.juventudrebelde.cu/cuba/...

La Habana, julio 30 de 2014. 

miércoles, 30 de julio de 2014

Las amantes del coronel Sarazo


  
   No son flores en el lodo ni ángeles caídos, aunque quizás alguna llore un poco en alguna noche del turbión del verano o en alguna fría madrugada de febrero.
  Y él, siempre temible, y en ocasiones terrible, resulta ser cuanto más un sátiro aburrido al que ellas, como bacantes, gustosamente despedazarían con dientes y uñas.
  Se persiguen y se atraen. Nadie es culpable y nadie atestigua nada. Juegan a odiarse porque él, viejo asqueroso, las persigue, las fornica, las encierra, con mayor o menor ardor, según el brillo de su estrella y de acuerdo con la fosforescencia de cada una de esas putas de mierda.
  —No se ilusionen —le dice él a alguna que lo mira con los ojos encendidos de odio—. Pienso vivir todavía treinta años más.
  —Los puercos no duran tanto —susurra ella para sí misma.
  Y la vida continúa.

Ernesto Santana, del libro “Cuando cruces los blancos archipiélagos”.


SANTA Y VIRGEN NO IRÁN AL INFIERNO

Sólo ella y su santa picardía sabrán lo que le dice al turista. Tienen 81 y 87 años y salen a luchar las calles
 

LA HABANA, Cuba -Sólo ella y su santa picardía sabrán lo que le estaba diciendo Santa al turista en el momento en que los retraté. En su campo de lucha, que es la habanera calle Empedrado, muy cerca de la Bodeguita del Medio, Santa y Virgen (nombres de guerra, por supuesto) dicen y hacen a diario todo lo que sea menester para ganarse el chícharo, a edades que pueden despertar lástima o indignación, según quienes las observen, pero que no influye para nada en la actitud divertida con que ellas asumen su oficio. Una tiene 81 años de edad, la otra 87.
Santa y Virgen no irán al infierno- JHF

¿Y cuál es su oficio? Luchar la jama, fue la tajante respuesta que me dio Santa, que es la más gruesa. En tanto, Virgen, más cautelosa, tal vez por ser la mayor, agregó que reciben asistencia social de 60 pesos mensuales (algo más de 2 dólares), pero no alcanzan ni para el desayuno del mes. Tampoco es que no tengan hijos u otros familiares –dijo-, pero éstos tomaron sus propios rumbos, tratando de asegurar la sobrevivencia, y ellas no pueden sentarse a esperar lo que caiga del cielo.
Así es que se emperifollan bien (cabezas floreadas, labios llameantes a la antigua usanza, profusión de colorete en las mejillas, cejas a lo María Félix…), echan algo en un pozuelo azul, para que no les chillen las tripas al mediodía, y salen a luchar.
El campo de lucha de Santa y Virgen – Foto JHF

  Un CUC para cada una por cada turista que acceda a retratarse entre las dos. En el consorcio de Santa y Virgen parece radicar su principal fortaleza. No están emparentadas por la sangre sino por las contingencias, lazo que suele ser más sólido. Comparten una vieja amistad, un pasado común, y tantas peripecias y secretos que no podrían resumir ni en la más extensa entrevista. Además, se niegan a desempolvar recuerdos de otros tiempos que si bien no fueron mucho más fáciles que el presente –aseguran ellas-, tampoco menos divertidos.
Con su descorazonadora forma de enfrentar la subsistencia, y con su imagen peculiar, abierta a tantas lecturas como tipos de lectores haya, provocan los más diversos comentarios de los habaneros, a la vez que estimulan desde los más frívolos hasta los más despiadados y aun sórdidos antojos de los turistas. Desde el tan aberrado souvenir que puede representar una foto entre reliquias del oprobio tiránico y tercermundista, hasta la idea, aún más oprobiosa, de la gerontofilia.
De cualquier modo, en lo que a mí respecta, no encuentro la manera de verlas sino como a dos ancianas más respetables cuanto más desvalidas. Quienes tienen o han tenido una madre o una abuela octogenaria, entenderán mis razones.
Santa y Virgen no irán al infierno. No lo merecen. Son otros quienes lo merecen por ellas.

 ¿Cuál es su oficio?. Luchar la jama.


jueves, 17 de julio de 2014

PESADILLAS

PESADILLA 1
Estaba preso. La celda era húmeda y oscura. Me dolían hasta las ideas, por tantos porrazos y patadas. Supongo que entre sueños, vino un caimán sin dientes a susurrarme palabras de consuelo: Si puedes contarlo –dijo- es señal de que aún no te ha ocurrido lo peor. Cuando lo miré bien, era Shakespeare. Extendí mi mano para agradecer su deferencia. Pero ya no era Shakespeare, sino el bugarrón más temible del penal.
     
PESADILLA 2
Yo estaba preso. Y era el bugarrón más temible del penal. Me arrastré como un caimán hasta mi próxima víctima: Si puedes contarlo –le susurré- es señal de que aún no te ha ocurrido lo peor. Él extendió su mano. Pensé que era para agradecer mi deferencia. Pero de improviso, me destrozó el hígado con el cabo afilado de una cuchara. Si al menos fueras Shakespeare, escuché que decía, como única justificación, viéndome agonizar. 

PESADILLA 3
Estaba preso. Uno que me confundió con Shakespeare y el bugarrón más temible del penal, compartían conmigo la celda húmeda y oscura. Entre sueños, vino a susurrarnos el caimán sin dientes: Si puedes contarlo, es señal de que aún no te ha ocurrido lo peor. Los tres a un tiempo extendimos las manos para agradecer la deferencia. Y entonces ocurrió lo peor.


José Hugo Fernández, del libro de relatos “La novia del monstruo”.