EL VAGON AMARILLO

viernes, 12 de septiembre de 2014

Un caso para la Tremenda Corte



Cástor Vispo, creador del famoso programa radial La Tremenda Corte, se habría divertido mucho con el desaguisado que enfrentamos todos los que en alguna ocasión nos propusimos visitar su tumba en el habanero Cementerio de Colón, para lo cual hemos debido apoyarnos en un equívoco tan desatinado e inexcusable como cualquiera de los alegatos de Tres Patines, su personaje estrella.
Entre las pocas referencias oficiales que se han publicado aquí sobre este gallego, considerado uno de los humoristas más importantes de Cuba en todos los tiempos, resulta imposible encontrar la fecha fidedigna de su muerte. Todas las fuentes, claro, enfatizan en el hecho de que haya permanecido en La Habana hasta el fin de sus días, a pesar del gran éxito internacional de su programa, y elogian esa “voluntad con la que hizo palpable la íntima decisión de ser cubano”, pero ni siquiera se han tomado el mínimo trabajo de verificar la fecha exacta de su muerte. Unos afirman que murió en el año 1966, sin precisar día ni mes; otros optaron por matarlo antes, en 1962. Ambos datos son pifias.
Lo curioso es que en los registros del Cementerio de Colón consta claramente que Cástor Vispo falleció el 1 de octubre de 1973, a los 66 años de edad, y fue sepultado al día siguiente. Así, pues, a cualquiera que pretenda buscar su tumba guiado por la fecha que se ha dado a conocer oficialmente, le resultará imposible hallarla. Parodiando a Vispo, es un tremendo caso para el tremendo juez de La Tremenda Corte, a través del cual las publicaciones oficiales (en el papel de Tres Patines) tendrían que aclarar cómo es posible que habiendo muerto en 1966, mantuvieran el cadáver sin sepultar durante siete años, hasta 1973.

Cástor Vispo había nacido en La Coruña, España. A los 18 años de edad llegó a Cuba destinado a convertirse en un imprescindible de nuestra cultura popular. Después de haber dejado huellas ciertamente imborrables de su talento y de su gracia torrencial, tanto en la radio, como en el teatro, el cine y las publicaciones gráficas, creó La Tremenda Corte, en 1941, programa que luego de más de setenta años, continúa ganando preferencias entre los radioyentes de buena parte de Latinoamérica y del estado norteamericano de Florida.
Por esas cosas de la endemoniada política, varias generaciones de cubanos dentro de la Isla han vivido ajenas a la trascendencia de Vispo. Y a más de un especialista tuvimos que deletrearle su nombre a la hora de solicitar que lo buscaran en los registros y en los compendios de personalidades históricas.
Padres, hijos y nietos que viven aquí se han perdido el privilegio de disfrutar (al menos libremente) de esa joya del humorismo y de la cultura criolla que es La Tremenda Corte. Lo más cerca que estuvimos fue a una distancia de años luz, mediante el programa televisivo ¿Jura decir la verdad?, remedo de Cástor Vispo y de Tres Patines que aún más que risa, nos provocaba vergüenza ajena y a veces lástima.


martes, 2 de septiembre de 2014

LA MANISERA QUE CANTÓ AL PAPA

Sólo consiguió una licencia (en la Oficina del Historiador de La Habana) para vender maní tostado entre los turistas que visitan el casco histórico


1 La manisera que le cantó al Papa- Foto JHF
LA HABANA, Cuba -Ella cantó en sesión exclusiva para el Papa Juan Pablo II. Es lo que me cuenta al menos, que cuando éste vino a La Habana, en 1998, fue escogida para cantarle a capela el Ave María de Gounod. Lo cierto es que posee una prodigiosa voz de contralto. En cualquier tramo de Obispo en que se encuentre, cuando empina el pico para anunciar “maní”, a uno le da la impresión de que es escuchada claramente a lo largo de las doce cuadras de esa calle, desde Monserrate hasta la bahía. Y conste que la divina manisera no grita, sólo pregona.
Es una morena jacarandosa y risueña. Se llama Lizet, pero muy bien podría llamarse Freddy, la que cantaba boleros. De hecho, sostiene que muchos le llaman así, debido al impactante parecido de su voz con la de Fredesvinda García, la impar Freddy, inmortalizada dos veces para nuestra historia, una por su voz y su estilo único de cantar boleros; la otra, por Guillermo Cabrera Infante, quien la convirtió en protagonista de una de sus obras mejor recordadas.
Pero a diferencia de Freddy, que ascendería a la fama desde su humilde puesto de empleada doméstica, la suerte de Lizet no le ha dado para tanto. Sólo consiguió una licencia (en la Oficina del Historiador de La Habana) para vender maní tostado entre los turistas que visitan el casco histórico. Aunque lo que ella pregona no está destinado al turismo como producto en sí, sino como espectáculo.
No en balde actúa únicamente en Obispo, ataviada con ropas y prendas de folclor, en tanto sus cucuruchos de maní son mucho más grandes y vistosos que el resto de los que se venden corrientemente en las calles habaneras, aunque al mismo precio, 1 peso, moneda nacional. Por más que lo parezca, Lizet no es exactamente una vendedora de maní, sino una figurante, labor por la que no gana ni un centavo extra. Sus honorarios son de manisera. Su real empleo es de actriz.
No obstante, ella está contenta. Dice que es el trabajo mejor remunerado que ha tenido en toda la vida. Antes, cuando ejercía su profesión de Educadora de Círculos Infantiles, no le iban bien las cosas. El dinero le alcanzaba malamente para una magra comida al día. Y encima debía costear la enfermedad de su madre, la cual padece “el mal de los ricos”, que es como Lizet le llama a la diabetes, por los impagables gastos que ocasiona en alimentación y en medicinas.
También estuvo cantando con algunas agrupaciones de música popular, pero ese es un mundo, dice, en el que si no cuentas con una buena palanca, de poco te sirven el talento y la calidad interpretativa. Entonces terminó optando por lo menos malo de lo que se le daba seguro. Y allí está, desde hace varios años, recorriendo Obispo de arriba abajo, mientras repite el pregón más breve y a la vez más cautivador entre los cientos de miles que pueden escucharse a diario en esta ciudad, que hoy vuelve a ser pregonera, luego de haber sufrido durante varias décadas un decreto dictatorial que amenazó con extinguir la tradición.
Con deliciosa modulación y con la excepcional potencia de su voz, Lizet se limita a decir “Maní” mientras camina. Cuatro letras le bastan para conquistar el auditorio.


Realizador de vídeo: Augusto César San Martín Albistur.

sábado, 30 de agosto de 2014

Mi amiga Guillermina

Anoche se me apareció de nuevo. La noté deprimida. Y fui un poco dura con ella, la verdad, pero es que a veces el fantasma de Guillermina me saca de quicio. ¿Ahora de qué te quejas –le dije-, acaso no estás en el cielo, tal como querías? Pero qué va, mi amiga no cambia. Y yo me lo temí, que una vez en el cielo, iba a deprimirse al ver que ya no puede subir más arriba.


José Hugo Fernández, del libro “La novia del monstruo”

Epidemia


  Como ocurría algo muy extraño en aquel barrio, le pregunté a un hombre que iba corriendo y me explicó, con un temblor que después supe alevoso, que huía de una enfermedad terriblemente mortal, de la cual lo más espantoso era que se transmitía cuando uno le hablaba de ella a otro.


Ernesto Santana, del libro “Cuando cruces los blancos archipiélagos”. 

lunes, 18 de agosto de 2014

I. AUSTRO, EL VIENTO SUR

El mar de la noche


—Mañana es la feria —le dijo Manuel y Jo lo miró con un gesto de cansancio, pues ya lo sabía—. ¿Te acuerdas de cuando la hacían los domingos? Tú eres joven y ha pasado mucho tiempo —añadió en un balbuceo y apretó el paso, acomodándose los horribles espejuelos que le resbalaban sobre la nariz al menor movimiento.
  Jo Quirós caminaba detenido por dentro para sostener el peso de la piedra helada que antes fue su corazón, pero ansioso por fuera para poder avanzar entre la cegadora luz y el aire plomizo de la tarde. Era un prófugo atraído precisamente por aquello de lo que huía. No entendía aún, y ya casi le repugnaba la persistencia de Manuel Meneses a su lado.
  El ocaso había sido súbitamente asaltado por un viento sur que trajo veloces nubarrones y una lluvia fría que arrasó los últimos vestigios de la tarde. Sólo los más ancianos habrían podido recordar un viento sur así.
  —Adiós feria —gruñe Manuel mientras oscurece entre golpes de aire negro—. ¿No tienes frío?
  Pocas noches atrás la luna era para Zo, desde su ventana, un sereno zepelín perseguido por el globo del sol, que abrasaba entonces la ciudad lo mismo que en agosto.
  Y ahora, en esta noche, a lo largo de la caravana de portales que ellos recorren exhaustos de tanto vagar, las columnas engendran un vértigo de sombras que los enmudece. Con las manos en los bolsillos, Manuel procura sólo no perder el paso, pues al lado de Jo le arde menos el aire. Puede rozarle el hombro y aun hundirse en su aliento por un segundo, aunque este melancólico Jo no es el mismo de antes y pasa las horas sin reírse ni una sola vez. Manuel recuerda lo que canturreaba una noche el enano Arnuru en la azotea de la ciudadela Urbach, borracho, aferrado al umbral de la torre de Juan como un Jesús grotesco:

Eran dos hermanos raros:
Zo, la loca de la casa,
y Jo, el loco del barrio.

  Por fin se detienen en una parada de ómnibus, sin abandonar el portal pese a que el vendaval se ensaña allí casi tanto como en la acera.
  También Zo le habló a su hermano, hace más o menos una semana, de la feria de este domingo, y eso le extrañó a Jo Quirós porque en aquel sitio precisamente se alzaba la carpa cuando Ja los llevó a la función de aquella aterradora noche de circo.
  Para rascarse el párpado, Manuel Meneses mete un dedo a través del aro vacío de sus espejuelos, con un solo vidrio partido en forma de estrella que puede deshacerse en cualquier momento y acaso herirle el ojo. Creyéndola una reliquia de guerra, un pote diabólico donde aún retumban los disparos de los fusiles rusos, mira con desagrado cómo Jo se acomoda en la cabeza su gorra de soldado para que no se la arranque el aire.
  La brusca llegada del viento sur hace que Jo no esté seguro de la hora, a pesar de su preciso sentido del tiempo. ¿Serán las nueve? En una noche ordinaria, habría decenas de personas aguardando en la parada, pero ahora los escasos transeúntes rezagados esperan con visible impaciencia entre las columnas y las sombras. Parece una pesadilla, se dice Jo. Y quisiera despertarse ya.

Ernesto Santana, capítulo de la novela “Ave y nada”. 

VISIÓN DE CLAVO Y LA MADAMA

Como la guillotina sobre el cogote de un gordo, la noche duda, leve, recelosa, antes de atravesar los portalones de la calle Reina. Clavo está tendido bocarriba, con los ojos abiertos, observando sin ver el acarreo de las sombras. Y se siente bien. Tanto que si por él fuera no se levantaría nunca. Al carajo las cosas.
Este lunes se le acabó temprano el combustible. Clavo sin alcohol no camina. Por eso estuvo largo rato recostado a la fachada del cine Cuba. Hasta que vino un jodedor. Clavo, le gritó, bonita ocupación tienes ahora, aguantar las paredes. Son los amigos del barrio. O los conocidos, pues lo que se dice amigos... Les entretiene detenerse un segundo a jaranear. Tiran puyitas, pasan, mientras él abre la jaiba mostrando los dientes, piedra pómez de lo que un día fue blancura para sonreír. A Clavo ni siquiera le molesta que le llamen Clavo porque tiene cabeza sólo para que se la machaquen. Se encuentra a gusto así. Nada ante el infinito, todo ante la nada.
Para ayudarles a renovar el repertorio, tal vez, esta tarde se tendió a la larga. Horas y horas. La oscuridad y Clavo serán uno, el mismo, cuando circule el último jodedor de la jornada. A zarandearlo, a meterle cosquillas con la puntera: vamos, de pie, alambique, que este portal no es hotel, ve a dormir al chiquero de tu cuarto. Posiblemente lo ayude a levantarse. Y hasta le deslice dos o tres palmadas comprensivas en el hombro. Que Clavo tendrá que agradecer, no porque existan razones, sino porque no deja de ser agradecido.
A unos veinte metros de su cuarto, donde se cruzan las calles Lealtad y Salud, Clavo tropezará con un par de zapatos. Sin duda va a mirar hacia uno y otro lado antes de meter los dedos en el interior del hallazgo, como para cerciorarse de que están desocupados. Y es seguro que luego levante la cara para hacerle una señita a Dios. A uno de los zapatos le falta el tacón; al otro, la lengüeta; ninguno de los dos trae cordones. Pero a Clavo le han caído del cielo. Las suelas de los que lleva puestos son las propias plantas de sus pies.
Sentado para cambiar de calzado bajo el farol que marca la cruz de las dos calles, volverá a dormirse. Y es a partir de este momento cuando ocurre lo que Clavo no entiende, no se explica, no cree sencillamente en lo que ve, porque no lo considera creíble.
El frío lo despierta ni se sabe a qué hora. Sesgando, llega hasta el chiquero que tiene por cuarto. Y al entrar, Clavo ve que su cama no es su cama y que ya no está sucia ni vacía. Rememora que la última sábana decente que tuvo fue lavada y planchada por Mirta hace seis años, el mismo día en que se suicidó. Rememora que cuando vivía, Mirta era su esposa. Rememora que dejó de vivir porque no aguantaba la ausencia del único hijo que procrearon juntos. Rememora que el hijo habría caído congelado al mar desde el tren de aterrizaje de un avión, cuando intentaba huir con rumbo a Canadá. Rememora que todo lo demás es olvido. Y no viene al caso. Ya que de pronto la cama está otra vez tendida, limpia, cálida. Y sobre la cama una mujer lo aguarda, a él, Clavo. Pero no da un paso. No se atreve. Teme malograr tan deliciosa visión. Lo único que desea es sentarse calladamente a contemplarla, con los ojos abiertos como dos palanganas, los mismos ojos de mirar la noche.
Lo malo es que Mirta no se lo permitirá. Si en verdad fuese ella, lo primero que iba a hacer es... Clavo intenta imaginar las palabras con las que su esposa lo recibiría después de seis agostos en barahúnda continua. Mas sucede que en vez de imaginarlas, las escucha, reales, gruesas, terminantes: ¿Y tú qué haces ahí, tieso como el palo de la escoba?; anda, muévete, que es tarde.
Clavo desclava una sonrisa amplia, desde el bigote a los cordales. Agita enternecido la cabeza. Y sonriendo, se encamina con sus zapatos de estreno hacia la cama. Entonces la voz vuelve a tronar: No, qué va, de eso nada, primero tendrás que bañarte y comer algo; espera, que enseguida te caliento el agua.
Barajando de cerca semejanzas y disimilitudes, Clavo concluye que no es Mirta. Su rostro le resulta afín, hasta familiar, diría. Va y se atreve a pronunciar un nombre, o más bien un apodo. Aunque tampoco puede ser. Si apenas se conocen de vista. Jamás intercambiaron una frase. Incluso, quizás sea casual, pero cuando pasa por su lado ella voltea el rostro en el sentido opuesto. Y no es nada casual que nunca le responda el saludo. Ni porque habitan el mismo edificio, puerta con puerta. No, señor, no es ella, en modo alguno. El hecho de que halle muy de su interés a esa vecina, La Madama, no alcanza para darle argumento a sus visiones. En cualquier caso ya sabe que Mirta no es. Y con perdón de la difunta, lo sabe no solamente por su capacidad para distinguir a la presa entre penumbras, como un lechuzo, sino porque tuvo ocasión de palpar la diferencia.
En fin, Clavo está en las mismas. Cada vez entiende menos. Al punto que ha perdido las ganas de dormir. Y eso que no pegó los ojos en toda la noche. Si por él fuera no volvería a pegarlos mientras dure este sueño. Porque claro que se trata de un sueño. Anómalo, disparatado, insensato y a la vez tangible como la caneca de plástico que lleva en el bolsillo trasero de su pantalón. ¿Sueña que vive?. ¿Sueña que al soñar está volviendo a vivir el sueño de su vida?. ¿O es que a soñar se puso y se ha ido tan lejos que ahora no encuentra el camino de regreso?. ¿Clavo se trabó dentro del sueño?.
Esta mañana le ha costado un gran esfuerzo reconocer al sujeto que le hace muecas a través del espejo. Clavo limpio, oloroso y afeitado. Peregrina visión. Y para colmo, examinada a la luz del nuevo sol, la mujer se le parece aún más a La Madama. Y pensar, piensa Clavo, que únicamente en sueños ha podido mirarle a los ojos, grandísimos, vacíos, desolados. Ella es nueva en el barrio. De hace apenas un año. Pero aun estando allí, no forma parte. Es que para empezar sólo sale de su cuarto en dirección a la iglesia. Y que Clavo sepa, no conversa con nadie, ni los buenos días. No en balde le apodan La Madama. Siempre con el cuello en alto como un cisne. Siempre fría. Vestida de negro, bien abrochadita, estirada. Presentándose siempre por encima. Como dicen que antes vivía en una buena casa del Vedado. Aunque Clavo supo, no recuerda cómo, que de aquella buena casa debió mudarse a una regular, en Santos Suárez; y de ésta, a otra medianamente mala, en Marianao; y luego a una peor, en El Cerro; hasta caer en el cuartucho de la calle Salud, el cual difícilmente le permita seguir bajando de categoría. Parece que al quedar viuda, la tierra se le abrió a La Madama debajo de los tacones. Tenía un hijo, comentan, pero tanto lo escondió para que no fuera llevado a la guerra de Angola, que un mal día se le puso enfermo. Y tanto lo escondía que le dio miedo trasladarlo al hospital. Y tal fue su miedo, que ya no tuvo hijo. Así es que sin perro ni gato y sin edad para empezar de nuevo, se ha dado a desprenderse de las comodidades del hogar a cambio de un poco de dinero para ir llenando la caja del pan. Es lo que riegan por ahí las malas lenguas. Sea verdad o invento, a Clavo le importa tres pepinos. No está para chismes. Con su visión le basta. Se siente más que compensado.
Por cierto que su visión merece un brindis. Es raro que Clavo no lo haya pensado antes. Y pensándolo, se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón. Justo en el instante en que la mujer vuelve a tronar: Si buscas la caneca, no pierdas tu tiempo; la eché a la basura; no te hará falta en lo adelante.
Lo razonable es que ahora Clavo estuviese contrariado, nervioso, con rabieta. Mas he aquí que se limita a mover enternecido el péndulo de la cabeza, al tiempo que murmura como para sí, caramba, hay que ver la de cosas extrañas que uno ve en las visiones. Y acto seguido, enfila hacia la puerta en busca de aire fresco. Pero la mujer truena de nuevo: Y ni se te ocurra coger calle tan temprano, como no sea para ir a buscar el pan mientras cuelo café.
Tan pronto asoma la nariz, Clavo tropieza con el primer jodedor del edificio. Vaya, Clavo, le dice, estás comiendo bueno, y hasta te arropan como a un recién nacido; ¿será que vas a retratarte?. Él desencaja la jaiba, aunque con su mejor talante, dispuesto a exigir un poco de respeto para los protagonistas del sueño. Sin embargo, así queda, con la jaiba abierta por la sorpresa. Ha descubierto que el cuarto del cual acaba de salir no es el suyo, porque el suyo está al frente, y frente al cuarto suyo está el de La Madama. A Clavo se le antoja pensar en las graciosas trastadas del destino. Piensa con la cabeza, por vez primera en muchos años, mientras gira hacia uno y otro lado, como para evadir posibles martillazos, la cabeza de Clavo. Caramba, pero qué loca visión, irá repitiendo para sus adentro, camino a la panadería.

José Hugo Fernández, del libro “La isla de los mirlos negros”. 

viernes, 8 de agosto de 2014

Elpidio Valdés en la fidelísima isla de los españoles


El valiente coronel mambí devino uno de los intentos más contundentes de lo que el arte “revolucionario” podía aportar a la ingeniería social

Elpidio Valdés machete en mano_imagen cortesía de Ernesto Santana
Elpidio Valdés machete en mano_imagen cortesía de Ernesto Santana
Nace un mambí
LA HABANA, Cuba. –Aunque Elpidio Valdés permanece como la superestrella para varias generaciones del dibujo animado cubano, y todavía sigue siendo importante para los niños y jóvenes de hoy, ya no es lo que fue hace 35 años, cuando se estrenó la película con su nombre.
Elpidio Valdés, de 1979, el primero de tres filmes producidos por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, fue antecedido por varios exitosos cortometrajes que comenzaron a televisarse en 1974, hace cuarenta años, y que hasta hace un decenio seguían apareciendo.
Todos esos audiovisuales nacieron de un oficial de inteligencia llamado Elpidio Valdés, aparecido en 1970 (en una tira cómica sobre las aventuras del fantástico samurai Kashibashi, que Juan Padrón escribía para la revista Pionero), enviado por los mambises para destruir la banda de ninjas del general español Don Mogollón Resóplez y del Garrote, que se convertiría en su eterno enemigo.
Siendo todavía un adolescente, en 1963, Padrón había comenzado a dibujar historietas para varias publicaciones, además de hacer guiones para tiras ajenas. Su capacidad de fabulación se entrenó duro en historietas como Verdugos, Historias de la prehistoria.
Piojos o Vampiros. Abajo el Pato Donald
De esta última tira cómica surgiría Vampiros en La Habana, un largometraje animado que se convirtió en la obra más triunfadora de Padrón, capaz de enriquecer el habla y el imaginario popular cubanos y que una encuesta mundial de Noticine.com sobre las 100 mejores películas iberoamericanas ubicó en el puesto 50.
Si hace cinco lustros Carlos Varela confesaba en una canción: “No tuve a Superman, tuve a Elpidio Valdés y mi televisor fue ruso”, los artistas que hoy son niños, mañana contarán algo muy diferente, lo cual no quiere decir que serán mejores que los de 1970, sino que seguramente serán más escépticos. Aun más que los actuales.
Aquellos niños fueron formados cuando estaba en su apogeo la violenta pedagogía que debía amasar al Hombre Nuevo. Los nuevos trovadores cantaban “te doy una canción con mis dos manos, con las mismas de matar”, “la rabia es mi vocación” y hacían loas a la guerra de clases, a la sociedad neoespartana y a los delirios castristas.
El creador, Juan Padrón, junto al personaje Elpidio Valdés_archivo
El creador, Juan Padrón, junto al personaje Elpidio Valdés_archivo
General Resóplez, gran enemigo de Elpidio Valdés_cortesía de Ernesto Santana
General Resóplez, gran enemigo de Elpidio Valdés_cortesía de Ernesto Santana
Elpidio Valdés fue parte de ese programa formativo porque entonces el gobierno se tomaba muy en serio los dibujos animados. Se suponía que los “muñequitos” pueden traer mensajes peligrosos, sobre todo los norteamericanos, que suelen portar un sutil “veneno” ideológico que daña la conciencia de niños y jóvenes y les inocula valores capitalistas.
Así que los animados socialistas, para derrotar a Walt Disney, debían ser portadores de contenidos adecuados para la formación del Hombre Nuevo, esa nueva versión del androide medieval (o sea, no había límites para obtener un lavado total de cerebro), y el valiente coronel mambí devino uno de los intentos más contundentes de lo que el arte “revolucionario” podía aportar a la ingeniería social que soñaba llevar a cabo Fidel Castro.
Aprendizaje de la rabia y el odio
Alguien puede pensar que esta visión es un poco exagerada, pero solo tenemos que pararnos un momento a observar a un niño que está viendo un pasaje en que Elpidio Valdés asegura que “todavía hay mucho machete que dar” o le ordena al corneta que toque “a degüello”.
En el documental Existen, de Esteban Insausti, donde aparecen varios locos de La Habana, uno de ellos admite que no le gusta Elpidio Valdés porque “no da enseñanza alguna a los niños”, y continúa con una pregunta: “¿Tú te imaginas a un niño con un machete para matar a otro?”.
Bueno, la verdad es que sí da enseñanzas, unas históricas y en su mayor parte militares (Padrón llegó a escribir El libro del mambí). Enseñanzas claras de que al enemigo imbécil hay que odiarlo a muerte, morderlo, patearlo, matarlo. Y los cubanos, incluyendo a los niños, somos ante todo soldados en campaña más que ciudadanos.
Es comprensible, y merecido, que este artista sea admirado por un público vastísimo, incluso fuera de Cuba, y más comprensible aún que sea incluso idolatrado por tantos humoristas del país, porque solo hay que echarle un vistazo a nuestra creación para reír en estos años, sin tener que retroceder hasta el paisaje cultural, de humor para llorar, en que nació y se desarrolló la obra de Padrón, quien, por lo menos, cuando se daba a su obsesión formativa, la aderezaba con gracia y mucha imaginación.
Vivan los españoles
Asimismo, al final, esas divertidas inyecciones de violencia no han alcanzado a tener grandes efectos. Si los jóvenes que ayer asistieron a la manía carnicera de Elpidio Valdés, se machetean unos a otros diariamente en la Cuba de ahora, no es por culpa de Juan Padrón en primer lugar, sino a causa de la jaula de miseria económica y moral que el grupúsculo gobernante nos ha construido para controlarnos. Además, una tras otra, las generaciones que han crecido aprendiéndose de memoria las aventuras de Elpidio Valdés, han experimentado al cabo que el enemigo real no es ni español ni yanqui, sino cubano como nosotros y que éste sí que nos odia a muerte.
Para colmo, los peninsulares comenzaron a regresar a la fidelísima isla en los años 90 para invertir capitales y construir hoteles para turistas, y entonces resultó que las brutísimas y despiadadas huestes del General Resóplez no eran tan terribles ya en comparación con los vecinos norteamericanos, que son los malditos-malos-malísimos y lo serán mientras no sigan el ejemplo de los antiguos colonialistas. Por si esto fuera poco, millones de cubanos quieren ser, ya que no americanos, por lo menos españoles.
Nada, sin embargo, niega que Juan Padrón sea un artista extraordinario, pero personalmente considero que su talento se reveló hace 29 años en la incomparable Vampiros en La Habana, que tanta frescura conserva y que carece de los pujos de mensajería patriotera de la saga de Elpidio Valdés, pues, en definitiva, las obras de artistas como Juan Padrón que trasciendan su época, no lo harán gracias a sus monsergas ideológicas, sino a pesar de ellas.
¿Cuántos se sientan frente al televisor a ver las hazañas del bravo mambí contra los españoles en espera del pasaporte que los haga súbditos de la Corona?