EL VAGON AMARILLO

domingo, 29 de marzo de 2015

Cuando cruces los blancos archipiélagos




  Irene y Andrés salieron muy animados a la calle, nadando en la luz, hablando de asuntos mínimos. Después no recordarían si entonces iba alguien con ellos. Era como esos sueños en los que uno va sin dudar no sabe adónde, acompañado no sabe por quién.
  Puede que no fuera sino una caminata al azar luego de varios días de amor y sin salir ninguno de los dos a la calle. Aún estaban ebrios de deleite y todavía no se interesaban por lo que les fuese ajeno. Sin embargo, esta salida, aunque no lo dijeran, y ni siquiera lo pensaran, sellaba el éxtasis de estos días. Era una secreta despedida.
  En el doloroso resplandor de la tarde, los ojos de Irene eran tan claros y dulces que durante mucho tiempo continuaron siendo más reales en la memoria de Andrés que los sucesos posteriores, cuyos vestigios se disolverían en el agua de la noche entre fragmentos de sueños tumultuosos.
  Entraron por un pasillo que separaba dos edificios hasta llegar al patio manso y gris que se extendía al fondo de la casa de Tío Mersal. Un árbol de plomizo follaje crecía muy próximo a la pared de uno de los edificios. Entre esa pared y el tronco se enroscaba la espiral de una escalera de hierro muy carcomida. Ante el árbol había un charco enorme, blanco de cal y denso, con aguas de cien lluvias.
  En el aire ardiente aparecieron dos hombres minúsculos justo en el momento en que llegaban Irene y Andrés. Estaban vivamente coloreados. Uno, muy erguido, tenía entre los dientes un tabaco; el otro se mostraba muy amargado bajo su paraguas negro. Ni Andrés ni Irene comprendían lo que sucedía entre ellos, pero era divertido verlos: indudablemente intentaban decir algo, no a los recién llegados, no una charla entre ambos, sino decirlo solamente. Las voces que hablaban por ellos eran chillonas y torpes a propósito.
  —¡Somos salamandras! ¡Somos arcángeles del fuego! ¡Nacimos en Sodoma bajo el fuego de Dios!
  Irene comenzó a aburrirse y ya no hacía otra cosa sino observar los hilos que, tendidos desde lo alto de la fronda, partían de manera vertical el aire como hendijas de luz, y se movían de tal forma que los hombrecillos parecían caminar realmente sobre el agua blanca del charco: eran seres desesperados, claro está, pero también milagrosos.
  Después de retirarse del humilde guiñol de barrio desde donde alcanzó cierta fama, y siendo aún relativamente joven, Tío Mersal estuvo unos años ofreciendo funciones los fines de semana, pero luego se negó a seguir y fue entonces cuando Juan, que había sido su aprendiz y lo era aún, incluso creyéndose emancipado, comenzó a atraer público a la ciudadela Urbach, primero con marionetas que se parecían a las de su maestro y, muy pronto, con otras que ya eran inconfundiblemente suyas, aunque nunca gustaron tanto como las de su tío.
  Subiendo por la escalera de caracol, Irene y Andrés sentían que los rodeaba la fresca sombra del follaje. Ya a la altura del primer alero del edificio, entre las ramas del árbol, se encontraba Juan, inclinado sobre la pequeña hornilla eléctrica que Tío Mersal había instalado allí para preparar sus caldos y su té, lejos del alboroto de la casa. Irene saludó a Juan y él le respondió con un gesto casi imperceptible de la cabeza. Andrés le dijo: “¿Y qué?” Y su hermano le respondió con voz ronca y baja: “Aquí me ves”. El resplandor de la hornilla hacía más rojiza su barba y más chispeantes sus ojos.
  —Yo lo conocía ya —dijo Irene en un susurro—, pero no sabía que era tu hermano.
  Andrés no dijo nada. Cuando llegaron arriba, salieron a la terraza estrecha, esquinada, cubierta totalmente por una enredadera de flores moradas. Las lluvias y los pasos habían pulido durante años las losas, muchas de las cuales estaban quebradas.
  Irene parecía de nuevo animada, al contrario de Andrés, que de repente se veía un poco embotado. Ella saludó con evidente complacencia a Tío Mersal. En cuclillas al centro de la angosta terraza, hoy con un pequeño sombrero blanco —pues siempre usaba gorras, boinas, sombreros de cualquier tipo—, el hombre separaba decenas de marionetas en dos bandos, sobre el piso, escogiéndolas quién sabe por qué razones.
  —Siéntense —dijo, con un torpe ademán, pero satisfecho como si hubiese estado esperándolos—: Acabamos de probarlas todas y hay varias que ya son demasiado viejas —añadió, señalando uno de los montones.
  —Tú también estás demasiado viejo, ¿no? —dijo Andrés, para buscarle la lengua a su tío, pero decir eso le hizo recordar el tiempo en que Juan y él acudían siempre al guiñol del barrio entronado en la glorieta del parque, y ese recuerdo lo hizo sentirse irreal por un instante.
  —No te preocupes, que Dios se encarga siempre de apartar a sus marionetas humanas cuando ya no sirven —replicó, con una chispa socarrona en los ojos—. Mañana ayudaré a tu hermano en sus funciones de domingo. Juan no lo ha aprendido todo aún. Además, Tío Mersal hay y habrá uno solo.
  —Gracias al Todopoderoso —replicó Andrés, y el hombre rio por lo bajo, encantado de la ironía de su sobrino.
  Como Irene lo veía por primera vez, Tío Mersal, sin cambiar de postura, le contó la historia que ya Andrés conocía bien, incluso en sus diferentes versiones.
  Siendo niño, cuando no le decían Tío Mersal sino Damián, su verdadero nombre, estuvo enfermo. Tenía mucha fiebre, se había quedado solo en el cuarto mientras su madre buscaba una medicina, y veía figuras extravagantes en las paredes, en el armario, en las sábanas. Capote, un viejo vecino que se encerraba durante meses para no ver ni escuchar a nadie, se apareció en su casa y le obsequió una armónica nacarada. Nunca Damián había recibido un regalo tan precioso.
  —Aprende a tocarla solo —le dijo Capote con voz misteriosa— y llama con ella a los pájaros. O a los muertos. Como más te guste.
  Sin que nadie se opusiera, Damián aprendió a tocar el instrumento. La enfermedad duraba ya más de dos semanas. Una tarde, llamó a los pájaros que habitaban el árbol del patio aledaño, y ellos acudieron a la ventana y con su sola presencia lo liberaron en pocos días del delirio de la fiebre. Aunque al principio parecían dudosos, luego venían durante horas y se quedaban posados en la ventana o en el sitio más cercano.
  Entonces llegó un ciclón formidable y llovió tanto que alrededor del árbol se formó un charco enorme. Tres días más tarde, cuando ya había sanado y el cielo se despejó por completo, el niño pudo abrir la ventana y ver que el árbol se erguía, intacto, en medio de lo que para él semejaba un pequeño océano.
  Sin embargo, los pájaros no regresaron con la calma y de nada le valió a Damián llamarlos con la inaudita música de su armónica. Cuando Capote volvió, le dijo que el huracán se había reflejado en el charco con la figura de un gran pájaro y que, cautivadas como por un sortilegio, las aves se habían lanzado al abismo del ojo de su dios. Aunque hubiera parecido que se ahogaron todas, lo cierto es que retornaron al lugar de donde habían venido, pues el gran pájaro, aparentando ser sólo un reflejo del huracán, había venido a buscarlos.
  Irene se rio, sorprendida por el final de la historia, pero su risa se cortó de golpe cuando vino Juan, envuelto en una manta que alguna vez fue amarilla, o quién sabe si azul.
  —¿No te mueres de calor? —le preguntó en tono familiar.
  Juan respondió con un gesto de la mano que podía tener cualquier significado, sin deseo o sin fuerzas para hablar.
  —Se muere de fiebre —dijo Tío Mersal, incorporándose al fin.
  —Ah, pescaste una gripe —dijo Irene, y Tío Mersal replicó enseguida, con exagerada sobriedad:
  —No se puede ser alcohólico impunemente.
  Meneando un poco la cabeza y sonriendo, Juan no dijo nada ahora tampoco. Su apariencia era más descuidada que nunca. Estaba increíblemente desgreñado y su barba, hirsuta y rojiza, le daba cierto aspecto demoníaco. En una mano tenía un jarro grande, sostenido con un paño grasiento para no quemarse. En la otra traía dos jarros pequeños. Cuando le abrieron paso, colocó la vasija sobre la mesita de hierro que había en una esquina de la terraza.
  —Después de aquello —continuó Tío Mersal repentinamente mientras Juan repartía el té—, caí en el gusto por las marionetas. No quería saber de otra cosa. Pero ya no era como con los pájaros, aunque a veces hubiera jurado que los muñecos aprendían solos, sin necesidad de mis manos ni de los hilos. Tú has reunido bastante experiencia —dijo, volviéndose hacia Juan, que no lo miraba—, pero todavía los tuyos no dan la impresión de actuar solos. Además, acabas de saber, como quien dice, lo más importante: todas las historias son en el fondo muy sencillas, aunque nadie pueda hacerse entender completamente por otro.
  Juan le extendió a su tío el jarro más grande y no probó del suyo hasta que él hubo tomado unos sorbos y, asintiendo con la cabeza, hizo un enfático ademán de catador experto. Entonces les sirvió en los jarros pequeños a Irene y a su hermano. Era un té fuerte y discretamente azucarado, a cuyo sabor se sumaba el de alguna otra hierba para lograr un gusto exacto, delicioso, que más tarde sería para Andrés el mejor recuerdo de la jornada, aun sospechando que aquel terso aroma bien podía, de algún modo, haber sido añadido a su memoria después.
  Acabado el té, Juan tomó algunas marionetas del bulto mayor, las revisó con cuidado y las volvió a tirar. Entonces hizo sonar algunas notas en la armónica, tan pequeña que casi se perdía entre sus anchas manos.
  —Ahora verán un baile de muñecos —dijo, sonriendo como un niño que promete alguna travesura singular—. Al final vendrá la Gran Marioneta, también conocida como el Títere Interminable o el Muñeco Absoluto, y se llevará a todos sus infelices cachorros.
  Tío Mersal lo miró entre temeroso y severo, y Juan comenzó a tocar una música que resultaba ser un murmullo, una canción tan distante que dejaba de ser canción: oscuro su dulzor, sin perfil aparente, era una sucesión de notas ajenas entre sí que se resolvían de pronto como el dibujo verde de un árbol sobre el verde de un bosque. Al terminar, Juan estaba de nuevo opaco y estrujado por la fiebre. Tosió e hizo una arqueada, pero no llegó a vomitar.
  —No te queda por arrojar más que el estómago —dijo Tío Mersal.
  El silencio se dilataba como la semipenumbra irradiada por el crepúsculo desde afuera.
  Irene y Andrés se marcharon luego de una breve despedida y caminaron de regreso a la ciudadela, entraron al apartamento que Arnuru le había prestado a Andrés por una semana y se tendieron en la cama sin desvestirse, como si aguardaran algo que ninguno de los dos se atreviese a nombrar. Un rato más tarde hablaron, pero sólo de cosas menudas.
  Cuando ya hacía mucho rato que era noche cerrada, Andrés, que había creído dormida a Irene, adivinó de pronto que ella tenía los ojos abiertos en la oscuridad.
  —¿Qué te pasa?
  —No puedo dormirme.
  —Creo que yo sí me dormí un rato. ¿No hablé nada? —hizo una larga pausa antes de añadir—: Tuve un sueño.
  —Yo también.
  —Estaba contigo, Irene. Cuéntame el tuyo.
  Ella no dijo nada durante unos minutos. Luego empezó a hablar pausadamente:
  —En mi sueño Juan no parecía ser tu hermano. O tal vez no era él. Tenía los ojos como brasas. Dormía aquí, en el suelo, junto a la cama, abiertos los ojos igual que un cadáver. “¿Qué pasa?”, me preguntó, y yo le dije lo mismo que te dije a ti ahora, que no podía dormirme. “No, te pregunto lo que pasa allá afuera”. Entonces sentí el estruendo. Si en algún sitio la tierra se hundía, rugiendo, si en algún lugar la ciudad se desplomaba con un millón de gritos, con el estrépito de todos los techos y las paredes y las calles y los carros perdiéndose en un abismo; si en algún sitio eso ocurría era en el cuarto de al lado. De pronto ya Juan no estaba aquí. Tú te levantaste, pasaste despacio al otro cuarto y encendiste la luz, pero no notaste nada raro. Yo estaba pendiente de ti, mareada y con mucho miedo. Tú sentías lo mismo: en un momento me miraste y creí que te habías visto en mis ojos porque te tapaste la cara con las manos.
  —Tus ojos son demasiado claros.
  —Te digo lo que pasó en el sueño —hizo una pausa larga—. Luego volvió aquel ruido espantoso, ahora en este cuarto, aquí mismo. Me separé de ti a punto de caerme porque todo estaba dando vueltas. Tú me abrazaste, temblábamos los dos. Y no hacíamos más que mirarnos a los ojos.
  —Tus ojos siempre me alivian.
  —Fuimos al balcón que daba a la calle, igual que este, pero comunicando las dos habitaciones. El ruido terminó. Había una increíble tranquilidad en la calle y el aire olía como si hubiera muchos jardines cerca de aquí. Pensé que nunca amanecería. Y de nuevo, repentinamente, se escuchó aquello. Ninguno de los dos nos atrevimos ni a respirar: el ruido espantoso se oía en las dos habitaciones, detrás de nosotros. Miramos hacia la calle y vimos a Juan, acurrucado junto a un árbol. Poco a poco se fue acabando el estruendo. Tu hermano alzó los ojos y nos vio, pero sin reconocernos. Daba la impresión de que estaba allí esperando algo mucho peor que aquel ruido. Entramos de nuevo al cuarto. Creo que tú te sentías peor que yo: querías hacer algo por Juan, pero no entendías lo que estaba ocurriendo. Yo tampoco entendía y, sin embargo, eso no me preocupaba tanto como a ti. Encontramos a Tío Mersal en el cuarto, acuclillado junto a su hornilla eléctrica puesta en el suelo, hacia una esquina. El aire olía a té. Nos dijo que nos había servido un poco en un vaso y después se levantó y se fue, llevando en la mano, sin quemarse, un jarro grande que humeaba. No cerró la puerta al irse, como si fuera a regresar enseguida. Me sentía ya bastante tranquila. Creo que ni siquiera me acordaba del estruendo. El té había quedado delicioso, pero al segundo sorbo me vi los ojos reflejados en el líquido, mirándome como si no fuese yo misma, sino alguien diferente. No recuerdo qué sucedió después.
  Cuando Irene acabó ya Andrés se había dormido.
  Despertó un rato después, sobresaltado y no la encontró. Salió al pasillo encendiendo un cigarro, inquieto. Volvió a entrar, preparó un poco de café y se lo bebió casi todo. Salió de nuevo y recorrió otros pisos de la ciudadela sin encontrarla y sin poder detenerse, aunque lógicamente era inútil buscarla así y preguntar por ella donde nadie la conocía.
  Por último, bajó al sótano, que era enorme de acuerdo con el tamaño de la edificación. La mayor parte servía como garaje y el resto, compartimientos y desechos, era el campo de juego preferido por los chiquillos del barrio. La luz de la luna, penetrando por los respiraderos y las ventanas rotas, le daba cierto aire remoto al lugar y más aún a Irene, sentada sobre el suelo grasiento, y a Juan, cuya lúgubre figura se recortaba inciertamente contra una pared sucia.
  Entre ellos dos había un bulto de marionetas en el que brillaban ojos de sal, mejillas plateadas, cabellos verdes, grandes orejas temblorosas, frágiles manitas, silenciosas expresiones de paciencia o de ira, cabezas ligeras como globos. Dos dedos de Juan tamborileaban sobre uno de los muñecos. Era como si contemplara una montaña de cadáveres con los cuales no supiera qué hacer.
  Andrés tampoco sabía qué hacer con ellos dos o consigo mismo. No sabía siquiera qué decir, si es que debía decir algo. Su hermano balbució unas palabras que Irene, aun estando más cerca de él, no comprendió. Andrés le tendió su fosforera a Juan. Asintiendo, el otro se puso en cuclillas y permaneció de ese modo un rato, como quien tiene que hacer algo difícil y preciso y se detiene a reunir aliento.
  Cuando Andrés arrojó la colilla del cigarro sobre el amasijo de marionetas, Irene lo miró alarmada y sin el menor destello de ternura, al tiempo que Juan mostraba una media sonrisa de complicidad, encendía la fosforera y llevaba la llama hasta el montón de cuerpos desnudos, cada uno un sarcasmo, una insinuación entre diabólica e ingenua, acentuada ahora por el fuego que tan fácilmente mordía en ellos y revelaba, de pronto, las ánimas enmascaradas con rostros ingeniosos, ropajes festivos, piernas y brazos de cartón coloreado, que ya empezaban a retorcerse a punto de un gemido o, mejor aún, de una convulsa carcajada. Sin saltos ni chisporroteos, las cabezas giraban unas sobre otras. La alucinada calma de Irene se tornaba, mientras tanto, para Andrés, en el espectáculo verdaderamente angustioso.
  Después de arrugarlo con la mano, Juan lanzó al fuego un papel que rebotó en la cabeza de un muñeco y cayó a los pies de Irene. Ella sostuvo su mirada vacía hasta que él, sin una palabra, dio media vuelta y se perdió en la penumbra del sótano. Dudosa, ella recogió el papel, lo alisó sobre sus muslos, le echó un vistazo y se lo tendió a Andrés, que lo miró unos segundos antes de tomarlo.
  —Seguramente ya ni se acuerda por qué lo escribió —dijo y se encogió de hombros.
  Entonces Irene leyó, con voz tenue, a la luz de la fogata:

Recuérdame como el roce de una mano entre la lluvia
o como la espuma tibia de una ola pasando sobre ti
mientras sueñas un largo país de suelo fértil.
Recuérdame cuando cruces los blancos archipiélagos
que guardan las arcadas de la muerte.
Allí me esperarás para descender los dos,
leves y resueltos, hacia el agua púrpura
en que nos ofrendemos al sol de lo profundo
para ya no renacer jamás, jamás.

  Cuando ella terminó de leer, ninguno de los dos hizo el menor comentario e Irene, sin atinar a otra cosa, dobló el papel y lo mantuvo apretado en un puño. Luego subieron de nuevo al cuarto y cerraron la puerta. No apagaron la luz ni se desvistieron. No hablaron ni siquiera de cosas menudas.
  Andrés demoró mucho en dormirse. Alargaba la mano de vez en cuando y tomaba un sorbo de café, evitando mirarse la cara en el reflejo del líquido.
  Despertó más temprano que de costumbre y antes de abrir los ojos ya sabía que Irene no estaba. Se levantó, apagó la luz y volvió a la cama, contemplando cómo los granos de luz de la mañana penetraban sigilosamente en la habitación y conquistaban los rincones.
  Tomó el jarro para beber otro sorbo de café, pero ya se había acabado.


Ernesto Santana, del libro “Cuando cruces los blancos archipiélagos”. 





LOS VIOLADORES LAS PREFIEREN LLORONAS




Tan vieja como el miedo (diría Bioy Casares) es la historia de amor a primera vista entre un hombre y el fantasma de una mujer, con la que se encontró a medianoche en una carretera solitaria. Al día siguiente, al enterarse de que la mujer está muerta desde hace varios años, el hombre -negado a creerlo- va al cementerio en busca de su tumba. Y allí verá tendida la chaqueta que le prestó a la mujer la noche anterior para que se protegiera del frío. Se trata de uno de esos cuentos bobos de cuando El Morro era de madera, a pesar de lo cual, o tal vez por ello, ha discurrido entre nosotros a través de las generaciones, sin dejar de embelesarnos, que es el modo más gentil de asustarnos, y resistiendo incólume, como no conseguirán resistir las actuales películas de amor y horror, el decurso del tiempo con su consecuente arrasamiento de todo lo viejo.  
Tampoco es que sea excepcional el carácter, digamos, inmarcesible de esta historia, tanto como el de otras aún más bobas y cursis; pongo por caso la canción popular “Boda negra”, que igualmente trata sobre el vínculo corporal de un hombre con su amada muerta. La combinación sublimada de los dos atributos más misteriosos y desconcertantes para el ser humano, el amor y la muerte, es lo que determina quizá tal vigencia. Sin embargo, si comparamos la lista de historias de amor y muerte que trascendieron con la de aquellas del mismo asunto que se han disuelto pronto en el olvido, vamos a ver que el número de las primeras resulta insignificante. ¿Por qué razón se salvaron solamente esas pocas entre tantas? Es posible que ni el diablo lo sepa a derechas, pero en lo que a mí respecta, creo observar un distintivo común entre las vigentes, y en ese distintivo creo vislumbrar una clave: No obstante ser fantásticas en su conjunto, vistos los hechos de cada una por separado, dejan la impresión de una extraña materialidad. Al punto que no será menester aceptar la existencia de los fantasmas para asumirlos como hechos que pudieron ocurrirle a cualquiera, o cuya veracidad admitiríamos con desenfado, aprobando de paso cierta deliciosa especulación filosófica (igualmente tan vieja como el miedo) según la cual los límites entre realidad y fantasía son mentales mucho más que físicos.
En fin, veo que me estoy extendiendo demasiado en las preliminares, supongo que en busca de una justificante para colocar entre esas historias de fantasías creíbles la que contaré a continuación. Es sobre algo que me ocurrió realmente, aunque ni yo mismo me anime a darle crédito.
Florángel se llamaba ella, con mucho de flor y poco de ángel, aunque menos aún tenía de fantasma. En aquel tiempo quiero decir, allá por los inicios de la década de los setenta. Era la rubita pizpireta del barrio. Ya sabemos que en cada barrio, o al menos en cada barrio habanero, hay siempre una rubita pizpireta. A los de nuestro barrio, en El Cerro, nos tocó Florángel. Linda y ordinaria a partes iguales, provocadora pero inofensiva, alegre y ligera pero con tendencia al dramatismo, inteligente, ingenua, casi tonta -por bien que lo simulara con su picardía natural-, y muy cascabelera, sobre todo eso. Cada miembro del grupo de mis amigos en el barrio había estado enamorado en algún momento de Florángel. Todos fueron sus novios, cada uno por separado quiero decir. Y todos fueron al menos una vez sus maridos, en este caso todos juntos.    
Cierto domingo al mediodía, Tony, uno de los del grupo, había conseguido que su padre le cediera el automóvil, o tal vez lo utilizó sin permiso, no lo recuerdo con exactitud pero es lo más probable. El padre, que era cortador de caña voluntario, se había ganado la asignación de un Lada en la tristemente proverbial zafra del setenta. Y como no sabía manejarlo ni tenía carnet de conducir, no lo usaba, ni lo prestaba, ni lo alquilaba, ni lo vendía. Así que recayó en su hijo adolescente la responsabilidad de calentarle el motor de vez en cuando. Una tarea que Tony asumía gustoso (con el aplauso de todos los del grupo), pues le daba la oportunidad de tomar “prestado” el Lada para llevar a los amigos a dar una vuelta. Entonces, cierto domingo al mediodía, ya en posesión del Lada, a Tony y a otros dos del grupo, Paquito y el Chino, se les ocurrió invitar a Florángel para ir a la heladería Coppelia, o es lo que le dijeron a ella. El asunto es que adonde la llevaron fue al bosque del parque Almendares. Y allí la violaron entre los tres.
La tentativa de tragedia no traspasaría los límites de la comedia (quiero decir para nosotros en el grupo), pues aunque Florángel lloró, gritó, pataleó, arañó y estuvo negándose todo el rato, parece que finalmente, entre suspiro y clamor, no iba a disgustarle del todo la cañona, a pesar del Chino, o tal vez incluyendo al Chino, un adolescente con fama de poseer un miembro viril cuyas dimensiones eran la penitencia de las mujeres maduras y la manifiesta envidia de los hombres más toscos del barrio.
Florángel, nos contaron después los tres amigos, había puesto el grito en el cielo, llorando aparatosamente, a la vez que repetía: “el Chino no, por favor, el Chino no”. Pero el Chino desoyó sus ruegos. Y al final, pues, nada, lo que he dicho, la tentativa de tragedia no pasaría de comedia. Y una comedia con saga, ya que a partir de aquel mediodía de domingo, siempre que Tony lograba tomar prestado el Lada de su padre, volvían a invitar a la rubita pizpereta para ir a Coppelia, y ella aceptaba.
Recuerdo que un año después, más o menos, de aquellas peripecias tragicómicas, cuando Florángel era ya mi mujer particular y exclusiva, le pregunté por qué nunca paró de llorar, ni un segundo, mientras todos los muchachos del grupo le pasaban por encima. Y su respuesta me dejó frío: “Los violadores las prefieren lloronas”, dijo, parafraseando para bien el título tan certeramente acuñado por Anita Loos en los anales del cine.
Pero volvamos a las excursiones al bosque, tragedia devenida vodevil y vodevil devenido pasaje natural de nuestra adolescencia hacia la hombría.
Lo único que variaba, al principio por lo menos, era la cantidad de participantes, pues, según se iba corriendo el comentario fue mayor el número de muchachones del barrio que se agregaban. Hasta que hubo un momento en que Tony tuvo que poner coto porque ya no cabían en el Lada. Así y todo hizo una excepción conmigo, que quizá por ser el más joven del grupo (acababa de cumplir quince años), fui el último en decidirme, por más que lo hice de una manera tan resuelta que aun cuando no quedaban ya asientos disponibles, insistí, sometiéndome incluso a ir sentado sobre las piernas de cualquiera que no fuese el Chino.
Mi primera y última experiencia en la vida como violador no podría ser distinta a mí, al modo en que siempre hice y continúo haciendo las cosas. Un desastre. Tenía miedo, mucho más que Florángel. Y aunque se supone que, dominado por el miedo, debí actuar muy torpemente, lo cierto es que el miedo me impuso un comportamiento contrario a las asperezas que son propias de esos trances, y más a nuestra edad. Había visto llorar desconsoladamente a Florángel mientras cubrían su turno los amigos que me precedieron. Aquello no me motivaba. Pero quizá no habría llegado a desasosegarme si no hubiese notado que era la principal motivación de todos los demás. Tal descubrimiento me hizo sentir en desventaja desde el inicio. Incluso, tuve el impulso de salir corriendo, de abandonar el bosque, reprimiendo mis ganas a la espera de otra oportunidad menos traumatizante. Mis deseos eran grandes (creo que doblemente grandes tratándose de Florángel), pero mi timidez era mayor. Y ocurrió que esa timidez, ni más ni menos, concluiría ejerciendo como credencial de triunfo. Por primera y única ocasión en la vida, hasta hoy, el complejo de inferioridad me compulsó a imponerme sobre mis semejantes, sin habérmelo propuesto, es la verdad, y aun sin yo quererlo.  
En fin, llegado el instante de hacer uso de mi turno en la cola, y en vista de que era imposible eludirlo, parece que todo mi entusiasmo se enfocó, inconscientemente, en el empeño de consolar a Florángel mientras la violaba. Esto es un contrasentido, de acuerdo, pero creo que así fue como ocurrieron las cosas. Y si digo “creo”, no es porque con el paso de los años se me hayan borrado los detalles, sino porque nunca, ni aun unos minutos después de aquel acto, llegué a saber en realidad qué hice yo sobre Florángel, ni cómo lo hice. Lo único que supe y que no he olvidado –jamás lo olvidaría- es que apenas comencé, ella dejó de llorar.
Después de aquella tarde Florángel no volvió a aceptar invitaciones para ir a Coppelia en el Lada del padre de Tony, al tiempo que muchos de los muchachos del grupo me retiraban su camaradería, e incluso me desafiaban ríspidamente ante la vista de todo el barrio. Así que fue raro el día que no me vi precisado a fajarme a los puñetazos varias veces. Se me hizo corriente ver pegado a las paredes y a los postes del tendido eléctrico hojas blancas, arrancadas de las libretas escolares, en las que aparecía mi rostro, dibujado a la buena de Dios pero reconocible, no tanto por sus líneas naturales propiamente como por los dos cuernos que le agregaban en la frente. Pero era lo de menos. Yo estaba enamorado de Florángel. Y ella me había escogido a mí entre todos. Su elección me engrandecía. Al punto de ayudarme a cargar con el peso de las provocaciones sin que me temblaran las piernas. O eso creí al principio.
Lo cierto es que apenas un año más tarde comencé a experimentar algo a lo que ahora mismo llamaría desaliento. Ya no me pasaba cada minuto del día esperando que llegase la noche para encontrarme con Florángel. Tal vez no estaba completamente aburrido de hacer el amor con ella (de hacer el sexo, es lo que quiero decir), pero sí nos mostrábamos un tanto ahítos los dos, creo que por haberlo hecho demasiado, sin pausas ni moderación. 
Son particularidades en las que difícilmente habría reparado entonces, o quizás nunca, de no ser porque cierto mediodía de domingo volví a irme de juerga con los amigos del barrio. Se había restaurado la camaradería tan pronto ellos cambiaron el blanco de sus ganas, y ese domingo fueron a recogerme para ir en el Lada a casa de una puta de muy moderados precios y muy amplia oferta con la que acababan de establecer tratos. Era una mulata que rondaba los 50 años de edad, pero podría decirse que muy bien llevados. Alta, corpulenta, desbordante de vigor, con una sonrisa lujuriosa y hasta con cara bonita, más o menos, pasando por alto el excesivo maquillaje y la ausencia de tres o cuatro dientes. Lo mejor que tenía era la experiencia, según estuvieron comentando durante el viaje algunos de los amigos del grupo. Para otros, lo mejor era lo barato que cobraba, facilitando incluso diversas alternativas de pago. Por su parte, la propia mulata no demoró en anunciarnos que su mejor virtud era una especial capacidad para hacernos sentir cositas ricas (así dijo) que no conocíamos, ni sospechábamos siquiera. Cobrar mucho o poco por el trabajo era de una importancia secundaria para ella. Y no exigía la entrega del pago en efectivo, ¿o es que acaso no debíamos ir aboliendo el dinero como un paso al frente para la conquista del comunismo?, así dijo. Aceptaba por igual un par de libras de arroz o de frijoles, unos boniatos, unos panes, o algunas ropas de uso que le pudiéramos llevar de casa sin que lo notaran nuestras madres. Todo el interés de aquella mulata –es posible que se llamara Rosita- consistía en hacernos gozar, o eso dijo. Que gozáramos en mayor o menor proporción era algo que finalmente iba a depender de cada uno de nosotros, de nuestra disposición individual para gozar con Rosita. Así que como yo no gocé, tuve que aceptar ante mí mismo que no sólo era un pésimo violador sino además mediocre a la hora de gozar.
Sin embargo, el hecho de que no gozara con Rosita, o no con la desmesura que ella prometía, no iba a impedirme comprender (intuir más bien) que la verdadera plenitud del goce carnal no tenía por qué concluir -ya que apenas había comenzado- en las rubias carnes de Florángel. 
Para completar, fue justamente aquel domingo, ya en la noche, cuando Florángel me anunció que estaba embarazada. Era como si de pronto todos se hubiesen puesto de acuerdo para procurar que me temblasen las piernas.
Sentí una exasperante necesidad de huir. De Florángel, de los amigos, del barrio, de aquel sumidero oscuro, cenagoso y rancio que se me ofrecía como la mejor virtud de Rosita. Pero, sobre todo, de Florángel con su embarazo, algo que no previmos y para lo cual no estábamos listos.
Y quiso la suerte (aquí debiera tener la delicadeza de escribir “quiso la fatalidad”) que no demorara ni tres semanas más en llegar la citación para el servicio militar obligatorio que desde hacía varios meses estaba temiendo que llegara, con zozobra y rabieta, pero aun con más miedo que zozobra y rabieta. Entonces huelga aclarar que asumí mi reclutamiento como un regalo de Dios, dadas las circunstancias. De un modo tal que el día de mi partida hacia las fuerzas armadas juré que nunca más volverían a verme el pelo en el barrio. Y conste que lo cumplí. O casi, puesto que nunca significa nunca, y no cuarenta años, que es en realidad el tiempo transcurrido entre aquel minuto de mi partida y el momento actual, cuando, hace precisamente un par de semanas, regresé al barrio, no porque quise sino por casualidad, aunque ya sabemos que la casualidad suele emboscarnos, oculta y con el hacha en alto.   
El homicida termina regresando siempre a la escena del crimen, escribirían aquí los escupidores de best sellers policiacos. Aunque yo no soy un homicida, desde luego, o no al uso, por más que haya estado mirándome como tal en el espejo durante una etapa más bien breve de mi vida.
Fue poco después de irme para el ejército. Ya que había resuelto no regresar al barrio -donde viví en casa de una tía desde muy pequeño, cuando a mi madre la ingresaron moribunda en un hospital antituberculoso-, lo único que tuve que hacer fue sencillamente levantar el pie, sin el contratiempo de que alguien me exigiera volver. Mi casa, a partir de entonces, estuvo en las distintas unidades militares donde me ubicaban. Cuando me daban pases, salía a dar unas vueltas, siempre a lugares alejados del Cerro, para regresar por la noche al cuartel de turno.
Con todo, no pude irme lo suficientemente lejos como para que no me llegara la noticia. Creo que fue Tony quien me la mandó con un conocido, apenas dos o tres meses después de mi reclutamiento: Florángel había muerto como consecuencia de un aborto clandestino y a destiempo.
Al principio no conseguía creerlo, aunque tampoco podía dejar de acusarme casi en todo segundo por la muerte de aquella inocente, mucho más flor que ángel, pero inocente al fin. Después, poco a poco, fui acostumbrándome a convivir con la idea. Hasta que empecé a superarla, supongo que en la medida en que me hacía adulto, quiero decir frío y cínico.
Probablemente hayan pasado años, decenios, en los que no recordé ni una sola vez a Florángel. Y no dudo que jamás se me hubiese ocurrido escribir ni tres palabras sobre la historia de nuestro romance, si la casualidad –esa marrullera- no me trae de vuelta al barrio, luego de toda una vida.
Había visitado la feria del libro, en las alturas de La Cabaña, y para el regreso, sabe Dios por qué motivos, preferí ir caminando hasta la entrada del túnel de La Habana, a pesar de que desde allá arriba, junto al recinto ferial, sale una ruta del transporte público que me deja muy cerca de las calles Rayo y Dragones, que es donde resido actualmente. Me fui entonces andando hasta la entrada del túnel, bajé a la costa para observar durante un rato el vuelo de las gaviotas y las luminiscencias del mar a la hora del crepúsculo. Pero antes de que anocheciera ya estaba de vuelta en la parada del ómnibus, en este caso perteneciente a la ruta 265, que va desde La Habana del Este hasta el parque Manila, en El Cerro, nada menos que a escasas dos cuadras del barrio donde transcurrieron mi niñez y adolescencia, donde amé por vez primera, y también donde, a causa de mi primer hartazgo de amor, maté a Florángel.  
No podría afirmar rotundamente que no soy supersticioso, ya que soy caribeño. Pero hasta donde me corresponde decidirlo, en conciencia y al margen de mi naturaleza, no me hace demasiada gracia creer a ciegas en lo que no puedo ver, ni tocar, ni llevarme a la boca o meterme en el bolsillo.
No obstante, reconozco que mientras más intento racionalizar el hecho, en apariencia fortuito, de que me quedara dormido tan pronto subí al ómnibus de la ruta 265, y que no haya despertado hasta la última parada, justo en el parque Manila; mientras con mayor tozudez lo achaco al marasmo y a la enorme tensión que me agobian, por falta de trabajo y exceso de agotamiento, más y con mayor perplejidad lo veo como una encerrona que me tendieron no sé si la providencia o el diablo. 
La cuestión es que una hora después estaba yo sentado en el parque Manila, sintiéndome como han de sentirse quizá esos personajes (creo que les llaman abducidos) que son raptados, o imaginan o sueñan ser raptados por extraterrestres, los que en un abrir y cerrar de ojos les transportan a otros planetas, o a otras dimensiones de nuestro planeta aún inexploradas por nosotros, las pobres personas normales. Supongo que esa extrañeza o esa descolocación que experimenté, no se debiera al aspecto de paisaje lunar que hoy exhibe el parque Manila, abandonado y en ruinas. O no completamente por lo menos. El hecho es que mientras más lo miraba, menos lo reconocía, y mayor inquietud me provocaba sentirme como un ornitorrinco recién desembarcado en la luna Ganimedes. Entonces, para colmo de mi confusión, se me apareció Florángel. 
En algún momento había creído notar, aunque muy ligeramente, que alguien se sentaba en mi banco. Casi junto a mí. O más cerca de lo normal, me pareció, si es que resulta normal el mal hábito (impuesto por la miseria) de que las personas desconocidas vengan y se planten en tu mismo banco en el parque, o en tu misma mesa en un restaurante, sin dirigirte ni media palabra, sin una leve sonrisa de cortesía. Creí notar eso, digo, pero tampoco le concedí importancia, ya que es lo acostumbrado. Y la costumbre, aún las peores, hacen hábito. Lo que no es costumbre es que el extraño o ajeno o no identificable que se te sienta al lado, te suelte de improviso y sin más una frase que forma parte de tu secreta intimidad. Y fue justamente lo que me ocurrió en aquel anochecer. “Los violadores las prefieren lloronas”, oí que me decían, y al volver la vista, pues, nada, sencillamente allí estaba Florángel.
Para evitar sarcasmos, mejor me abstengo de una descripción detallada, tanto de la escena que siguió a la frase, como de mi propia impresión al verme cara a cara con el fantasma de Florángel. Si es que era ella, si es que era un fantasma, si yo era yo, y si, en fin, aquello me pasó realmente.
En el transcurso de los ocho o diez días que sucedieron a la aparición de Florángel, volví a encontrarme con ella a diario, siempre en aquel banco del parque Manila, siempre a la misma hora, las siete de la noche. Paseamos, nos divertimos, hicimos el amor tan sin moderación como en los viejos tiempos, aun cuando por lo menos yo no me consideraba apto ya para ese tipo de gimnasia. También conversamos mucho, incluso volvimos a reír de buena gana recordando las cosas y la gente del barrio. Lo que nunca, ni por asomo, se nos ocurrió a ninguno de los dos fue mencionar el tema de su embarazo, ni el de mi huida, y menos el de su muerte.  
Según la definición del caro James Joyce, un fantasma es alguien que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, o por cambio de costumbres. Doy fe de que durante aquellos ocho o diez días no me dediqué a nada más, o a nada con mayor entusiasmo, que a palpar la rubia carne de Florángel, muerta y ausente desde hace unos cuarenta años.
Sin embargo, una mala tarde no asistió a nuestra cita en el parque Manila. Se había despedido de mí la noche anterior diciéndome, como siempre, “nos vemos”. Pero no volví a verla, ni esa tarde ni las posteriores, aunque me mantuve acudiendo puntualmente al parque a lo largo de más de una semana. Finalmente, desesperanzado, y más perplejo aún que el día del primer encuentro, decidí imponerme a mis malos pálpitos bajando por la calle Churruca para visitar la casa donde residía Tony. Y otra vez quiso la suerte (¿o también debiera escribir aquí “quiso la fatalidad”?) que lo encontrara vivo -aunque cayéndose en pedazos por los excesos del alcohol y los defectos de la nutrición-, e incluso sentado creo que en la misma silla de toda la vida, cantando “Satisfaction”, de los Rolling, en su eternamente nostálgico y jerigóncico inglés del Cerro.
Tony me dio, por supuesto, lo que fui a buscar: la confirmación absoluta de que Florángel había muerto a los diecisiete años de edad. Pero fuera de ello, no supo o no pudo darme siquiera un elemental consuelo. Si algo agregó más bien fueron nuevas razones para mi perplejidad. Dijo que una noche (encajada con exactitud en fecha y entre las horas que pasé junto a Florángel) había creído verme sentado en solitario en un banco del parque Manila, pero que prefirió no llegar hasta mí, pues temía ser engañado por las apariencias, algo que suele sucederle cuando transporta demasiada cantidad de ron entre pecho y espalda. Observó que yo estaba sosteniendo una animada conversación conmigo mismo o con el aire, así me dijo, y eso le hizo pensar que no era yo, pues no concebía, así me dijo, que yo hubiese parado en loco o en alcohólico.         
Por lo demás, aunque sabía de antemano que iba a perder el tiempo, intenté hacer partícipe a Tony de la insólita aventura que acababa de tener con Florángel. Pero él apenas se limitó a sonreír muy serio, con la seria sonrisa que es propia únicamente de los borrachos, y repuso que eso no era motivo para que me preocupara. Al contrario, dijo, debía considerarme un privilegiado por haber compartido una experiencia en común con nuestro apóstol. Y acto seguido, engoló el pastoso verbo para recitar uno de los Versos Sencillos de José Martí, curioso e inquietante, ciertamente: “Yo tengo un amigo muerto que suele venirme a ver”.
En fin, cuando logré zafarme de Tony aquella noche, cuatro botellas más tarde, había resuelto echar el resto de mi vida si fuera necesario sentado en el parque Manila, quiero decir yendo a sentarme cada noche, a las siete. Sin prisa pero sin pausa, para aguardar por el regreso de Florángel.
Por cierto, ahora que lo pienso, si en la época en que fui reclutado para el servicio militar Florángel tenía diecisiete años, hoy debiera ser ya una mujer vieja. Pero yo no diría que las rubias carnes que volví a estrechar hace unos pocos días mostrasen en lo más mínimo los estragos de la vejez.
Aunque, pensándolo mejor, yo tampoco recuerdo haberme sentido dentro del cuerpo de un hombre maduro, ni por un minuto, con todo y mis cincuenta y siete años de edad. Lástima que no pueda precisar ahora mismo si en algún momento tuve la prevención de mirarme en el espejo.  

José Hugo Fernández, del libro “Hombre recostado a una victrola”.

sábado, 7 de marzo de 2015

Desde el otro lado


La biblioteca estaba en paz, atravesando, aletargada, el cristal vaporoso del mediodía. Yo caminaba entre los estantes como si recorriera las calles de una ciudad conocida, pero al cabo siempre recóndita. De vez en cuando hojeaba un libro o pasaba de largo leyendo al vuelo la interminable sucesión de títulos y nombres de autores.
  Distraídamente, tomé cualquier libro al azar y miré la carátula. Ahora no recuerdo sino su color: un azul muy claro, aunque brillante. Sin ser un ejemplar precisamente viejo, estaba bastante carcomido por las polillas. Lo tomé en una mano y lo alcé hasta ponerlo contra la luz del ventanal. Nunca se me había ocurrido mirar por uno de los orificios que abren esos insectos cuando deciden atravesar rectamente tanto cien páginas como mil.
  Pero bajé de golpe el libro como si me hubiera herido un ojo.
  Más allá del agujero, y más allá del ventanal, vi lo que usualmente es visible desde aquel rincón de aquella biblioteca pública: un pedazo cualquiera de la ancha avenida desolada bajo el sol del mediodía.
  De nuevo alcé el libro contra el resplandor del ventanal y miré por el ínfimo orificio, como buscando que se repitiera mi sobresalto. Que se repitió. Cada vez que me asomaba a la boca de ese túnel insignificante cavado al azar, tenía la sensación de que sorprendía una furtiva mirada que, en ese preciso instante, trataba de atrapar la mía desde el otro lado.
  Aunque era una impresión harto absurda, yo la sentía tan vivamente que sólo se me ocurrió susurrar algo así como una plegaria muy breve, y no menos absurda, antes de colocar el libro en su sitio e irme de allí, aun a sabiendas de que en la avenida, como una mano ardiendo de fiebre, me aguardaba aquel mediodía de verano.


Ernesto Santana, 
del libro “Cuando cruces los blancos archipiélagos”.

Tiesa

Siempre pensé que la tesura me resultaría incómoda. Pero ya he visto que es como todo lo demás. Depende de la actitud con que uno la asimile. Y claro que es posible acostumbrarse. En estas cosas estuve pensando durante casi toda la mañana, mientras la gente pasaba, lanzándome sus miraditas frívolas o compasivas o timoratas o sentenciosas o esquivas. Pero sin importunarme, eso sí. Ellos en lo suyo y yo en lo mío. Me hubiese gustado que las cosas permanecieran así durante otro largo rato. Pero en eso llegaron aquellos dos para echarme a perder la faena. Uno debe haber sido el policía, y el otro evidentemente era el forense. Uno dijo: Diablos, para morirse no tenía que poner una cara tan fea. A lo que respondió el otro: ¿Y qué pensabas tú, que la muerte es tan definitoria como para remediar ciertas innatas anomalías?

José Hugo Fernández, del libro “La novia del monstruo”.




domingo, 15 de febrero de 2015

EN CUBA ME AGUARDA EL FINAL DEL CÍRCULO DE MI VIDA


El autor de “La caverna de las ideas”, entre otras novelas, nunca ha regresado a la Isla, desde que salió con un año de edad. ¨Me he pasado la vida oyendo que soy español –dice en esta entrevista– pero mi hijo mayor insiste, que sí, que soy cubano”


somoza-foto-LA HABANA, Cuba -José Carlos Somoza, nacido en La Habana, en 1959, es un escritor con muy bien ganado éxito y prestigio internacionales. Por inusual concurrencia, sus novelas, a la vez que son asumidas como best seller por los lectores, resultan también fruto de un talento cultivado a partir de la frecuentación de los clásicos de todas las épocas (Shakespeare, Cervantes, Tolstoi, Stevenson, Dashiell Hammett, Philip K. Dick…) y de una proyección autoral que desborda los estrechos límites de los géneros para apostar únicamente por la buena literatura.
Desde su casa en Madrid, adonde fue llevado de muy niño por sus padres cubanos, ha tenido la gentileza de responder para Cubanet algunas preguntas acerca de las cuerdas emocionales que –conscientemente o no- aún le atan a nuestra isla.
jose-carlos-somoza_1JHF: Desde la Grecia antigua hasta Nueva Zelanda, desde Japón a toda Europa… los escenarios de sus novelas abarcan gran parte del planeta. Sin embargo, hasta donde sé, no ha ubicado nunca a un personaje suyo en La Habana, ciudad donde nació. ¿Será que le han faltado motivaciones, o acaso se trata de una exclusión ex profeso, pues de algún modo le duele el lugar que -por motivos políticos- debieron abandonar sus padres cuando apenas tenía usted un año de edad?
JCS: Ambas razones han sido (y son) importantes para mí. Mi infancia se desarrolló en un clima familiar donde hablar de Cuba daba lugar a llanto, rabia y frustración, y por ello siempre he mantenido al margen ese país en mi vida. Digamos que lo he negado: lo he borrado del mapa de mi inspiración, porque para mí es la tierra en la que mis padres y abuelos hubiesen deseado vivir, pero no pudieron, y se lamentaron siempre por ello. Ahora todos ellos han muerto. Todos desearon al final ser incinerados y que sus cenizas fuesen arrojadas al mar, y eso he hecho. No querían dormir para siempre en España: querían que el mar los llevase lejos, acaso de nuevo a la Cuba que perdieron. Y de la misma forma que he arrojado las cenizas de todo aquello que amé, probablemente arrojé Cuba con ellos también. No sé si para siempre, pero sí por ahora.
JHF: Me ha dicho un amigo: al lado de José Carlos Somoza, Paul Lafargue parece ser más cubano que Benny Moré. Es posible que tenga razón, pero me pregunto y le pregunto a usted, ¿acaso en su condición como hijo de cubanos, no creció bajo la nostalgia recurrente de la Isla, de sus comidas, de su cultura, y en especial de su música y de las múltiples frustraciones ocasionadas por la revolución?
jose carlos somosa 3JCS: Crecí, como ya he dicho, en un ambiente de gran dolor y frustración, ya que se daba el caso de que mi padre, como tantos otros engañados y traicionados en esa isla, era un notable opositor al régimen de Batista y apoyó a Castro desde el principio y tenía puestas sus esperanzas en él. No hay dolor mayor que el de quien se siente traicionado. Pero, naturalmente, mis padres siguieron siendo “cubanos” en España. Y aunque con el paso del tiempo evitaban hablar de Cuba y su política (entre otras cosas, debido al fuerte sentimiento pro-castrista de muchos españoles, muchos tan engañados o más de lo que mi padre había estado nunca), es cierto que la cultura, las comidas y la música cubanas siguieron formando parte de sus vidas, y de la mía, en cierto modo.
JHF: En librerías de “viejos” de La Habana (un mercado alternativo, por lo general) he podido comprar sus novelas “Clara y la penumbra” y “El cebo”. Sé que muy en especial la primera ha llamado poderosamente la atención de lectores habaneros. ¿No es posible (o no le interesa a usted) que sus libros lleguen a nuestras librerías de novedades, pertenecientes todas al Estado?
JSC: Mis libros, o al menos uno de ellos, ya llegaron a las mesas de novedades hace años. Alrededor de 2001 o 2002 me pidieron directamente desde la embajada cubana permiso –a través de su agregado cultural- para realizar una edición no venal de “La caverna de las ideas”, mi obra más traducida y vendida en el mundo. Mi padre vivía por aquella época, y tanto él como mi esposa me desaconsejaron aceptar. Pero yo pensé que mis ideas y sentimientos no tenían que ser obstáculos para que el lector cubano conociese mi obra, si así quería, de modo que (tras alguna reunión de embajada con el agregado), terminé aceptando. Por supuesto, edición “no venal” significaba que yo no iba a recibir absolutamente nada pero que ellos sí podrían vender el libro sin problema alguno, como así hicieron (creo que varias ediciones). Yo lo asumí y no me importó. Pero decliné fervientemente la invitación extraoficial del gobierno cubano a asistir a la feria del libro de La Habana.
jose carlos somosa 2JHF: ¿Conoce lo que se escribe hoy en Cuba, en materia de literatura fantástica y de terror, las cuales alinean entre sus preferencias? ¿Conoce o frecuenta en general a los clásicos de nuestra literatura, ya que es usted un devoto de los clásicos? ¿Mantiene comunicación con escritores cubanos de adentro o de la diáspora?
JCS: Conozco a algunos escritores cubanos con los que a veces mantengo contacto. Algunos de ellos bastante amigos. En general, hemos coincidido casi siempre en la célebre Semana Negra de Gijón, donde tantos de nosotros nos hemos reunido, y casi todos ellos pertenecen a la diáspora. Nunca he hablado de Cuba con ellos, sin embargo, y la amistad que les profeso es independiente del tema cubano.
JHF: ¿Ha visitado La Habana, siendo ya un escritor de éxito internacional? ¿Le gustaría recorrer los sitios donde vivieron y donde alguna vez fueron felices sus padres?
JCS: Nunca he regresado a Cuba desde que salí con un año de edad. De siempre mi esposa (que es española, como mis hijos) me ha instado a que recupere mis “raíces” alguna vez, sea esto lo que sea. Quizá lo haga algún día, no lo sé. No voy a negar que en Cuba me aguarda, probablemente, el final del círculo de mi vida. Es posible que necesite cerrar ese círculo, o esa herida que mantengo abierta como si se tratara de llevar una antorcha olímpica y ardiente entregada por mi familia. Es verdad que a veces siento ese pasado como una carga honda que necesitara abandonar por fin. Curiosamente, me pasé toda la infancia oyendo decir que yo era español, no cubano. Sin embargo hoy día, mi hijo mayor (que apenas conoce nada de esto ni fue involucrado nunca en cuestiones de nostalgia y pérdida como yo lo fui) insiste, quizá con cierta ironía, en que, en realidad, sí soy cubano. De modo que así me he quedado: con mis padres diciéndome que no lo soy y mi hijo diciéndome que sí. Y lo peor del caso: no tengo ni la menor idea de qué significa ser cubano.

sábado, 24 de enero de 2015

Un minuto para tres


  Más de diez años llevaba Lilian trabajando en algún que otro programa de televisión y cada vez había menos naturalidad en su manera de caminar, de hablar o de mirar cuando se hallaba en público, o al menos fuera de su casa. Era como si todo el tiempo la persiguiera alguna cámara. Aunque fuese un tanto vanidosa, también era verdad que no le faltaba gracia física, como tampoco cierto talento que muchos consideraban menospreciado de modo inexplicable, así como otros creían que quizás no había sido suficientemente pródiga con quienes debía serlo. Y serlo con Raynold, un director que pensaba como un espectador de gusto mediocre, al extremo de casarse con él, fue considerado por todos un grave error. Y otro, acaso peor, era irse tornando cada vez más pródiga con el ojo de aquella cámara imaginaria que la seguía a todas partes.
  Una noche, mientras celebraban el feliz término de una serie que su esposo había dirigido, Lilian se encontró de pronto con la mirada de José Dayal, un comentarista cultural que venía de la radio, y a ella le pareció que sus respectivos talantes estaban obligados a volverse cómplices por obvia preponderancia en medio de aquel bulto de personas confusas, que no sólo eran incapaces de detenerse en sí mismas, sino que precisamente procuraban escapar de su trivialidad particular disolviéndose en la similitud con los otros. Sin embargo, Dayal no correspondió en absoluto con su intención: la envolvió en una mirada gélida y distante cuyo significado podía ser que —para él— ella, pese a sus atractivos, poseía tan escasa singularidad como el resto de los presentes que tanto la hastiaban. Además, el hecho de que lo mirara a él como si de veras fuese una persona muy especial revelaba que, en fin de cuentas, lo único ostensiblemente peculiar en ella era su vulgaridad.
  De manera que Lilian, tratando de evitar la vergüenza, la irritación o el desprecio —o también, cómo no, la explosiva mezcla de todo eso—, bajó la mirada, recuperó con la mayor calma su vaso, tomó un sorbo muy leve de su cerveza y, al volverse hacia Raynold, supo que él se había dado cuenta de aquella silenciosa y fugaz peripecia. Sonriendo imperceptiblemente, entrecerrando los ojos y haciendo con los hombros un gesto poco enfático, pareció decirle que, en efecto, los hombres no tienen remedio.
  Pero la expresión de su esposo tenía también una evidente frialdad, que Lilian no comprendió de pronto, porque la causa había sido aquella mirada de José Dayal, un comentarista recién llegado nada menos que de la radio (Dios mío, aun más más más odiosa que el teatro), triunfante porque sabía pronunciar algunos nombres difíciles y poner cara seductora. Pero Lilian entendió bien cuando vio que los ojos de Raynold seguían ahora a Dayal y brillaban con una cólera helada que parecía contenerse a duras penas: supo entonces que su esposo no estaba furioso porque aquel hombre trajera buena fama de un mundo donde él mismo no había conseguido más que un simple golpe de suerte en medio de la indiferencia, ni porque le viese un aire de soberbia precoz, ni por aquella voz entre socarrona y remilgada, sino, sencillamente, por haberla mirado un instante y no haber hallado en ella nada más que motivo para un desdén acaso peor que el que sentía por los otros. Una displicencia gélida que no estaba hecha a la medida de la imagen que tenía él de su esposa, a quien todos, incluso los que no la celebraban, veían con aceptación.
  Y Lilian sintió como un toque de alarma y comenzó a seguirlo con la vista mientras Raynold avanzaba entre los otros: saludaba a un camarógrafo que había estado enfermo, intercambiaba un breve comentario sobre algún detalle de la escenografía, miraba el guion, lo remiraba, hasta llegar justo al lado de José Dayal, que no hallaba calidad suficiente en el trabajo de un joven productor de quien se opinaba en una esquina del estudio. Raynold incluso se sentó junto a él en el majestuoso sofá que había sido el centro de una de las últimas escenas y, alzando una mano para tocarlo en el hombro, abría ya la boca a punto de decirle algo, cuando el otro se volvió hacia él.
  En el momento en que los ojos de ambos hombres se encontraron, el sonido de una canción de Gilberto Santa Rosa, muy suave pero a todo volumen, estalló durante unos segundos en el aire reposado del set donde minutos antes se filmara la angustiosa muerte de la heroína, quien, acaso precisamente por ese recuerdo, ahora como simple actriz, hizo estallar a su vez una gran carcajada que resaltó mucho más porque, en ese mismo instante, el operador de sonido, que había dejado escapar por error aquel golpe de canción desde la cabina, reaccionó y volvió a cerrar el audio, de manera que la risa de Marisol sonó en aquel recinto como la explosión que rompe un muro.
  Y todos echaron a reír a un tiempo, ahogando la carcajada de la actriz y rodeando de un grotesco marco sonoro el encuentro de la mirada de José Dayal, suspensa, con la de Raynold, totalmente desconcertada. Mientras alrededor de ellos las risas se enredaban arrasando toda conversación anterior y las voces empezaban a sonar como si se pasara, sin transición alguna, de filmar una escena muy reposada a otra en extremo vertiginosa.
  Pero ninguno de los dos hombres sonrió siquiera o se movió mientras en derredor todo se aceleraba como si aquellos tragos simbólicos hicieran el efecto de un súbito fogonazo de espuma en el ánimo de cada uno.
  Por último, Raynold terminó de poner su mano sobre el hombro de José Dayal, pero cerró la boca entreabierta y no dijo ni una sola palabra, aunque siguió mirándolo todavía durante unos segundos en espera de que terminara su propia confusión, que pareció ir pasando a bocanadas de los suyos a los ojos de Dayal.
  Retiró finalmente su mano del hombro del otro, dejó de mirarlo, se aferró con las dos manos del vaso intacto y se puso de pie en medio de lo que —se dio cuenta de golpe— era un aplauso cerrado que los demás, entre algunos vestigios de risas, le dedicaban, incitados por una voz elogiosa que de momento Raynold no reconoció, de la misma manera que tampoco reconoció la mirada que había en los ojos de Lilian y que, más que una pregunta, le parecían un grito emitido usando una única y desconocida vocal.


Ernesto Santana, del libro “La venenosa flor del arzadú”. 

Reconquista

Sus inventores alegaron que con aquel artilugio se proponían instaurar una nueva era, la del fin del egoísmo. No era un sofisticado ingenio de la ciencia. Nada le debía a la magia, ni al milagro, ni al hechizo. Pero toda persona que traspasara sus umbrales, quedaba incapacitada para ver su propia imagen. Quienes le rodeaban, podrían seguir viéndola. Y ella, por su lado, podría ver a todos. Pero nunca más volvería a verse a sí misma. Antes de situar el artilugio en la plaza pública, censaron con minuciosidad a toda la población, otorgándole a cada cual un turno con la fecha y hora en que, inexcusablemente, debía someterse a sus efectos. Poco a poco, el artilugio fue haciendo lo suyo. Al punto que llegó un día en que las personas perdieron todo interés por relacionarse. ¿Qué ganamos reconociéndonos unos a los otros –se preguntaban, desabridamente-, si a cada uno de nosotros no le es posible ya conocer y recomponer de antemano la imagen con que nos presentamos ante las demás? Nunca estuvo la raza humana tan cerca de extinguirse bajo la sincronía del aburrimiento. Sin embargo, a última hora la salvó una coincidencia histórica. Pues en esa época fue también cuando los espejos, reagrupándose sobre el polvo, decidieron emprender la reconquista de su viejo imperio.


 José Hugo Fernández, del libro “La novia del monstruo”.