EL VAGON AMARILLO

lunes, 17 de noviembre de 2014

La isla

Había una vez una isla habitada igualmente por los hijos del día y por los hijos de la noche, de modo que unos consumaban su vigilia en el sueño de los otros.

Ernesto Santana, del libro “Cuando cruces los blancos archipiélagos


De París a La Habana pordiosera






Benny Moré, Rita Montaner, Guillermo Álvarez Guedes y Candita Quintana: ¡Oh, La Habana de los años 50! ¡Qué ganas de vivir!


Benny Moré arrollando a paso de conga con Rita Montaner, Guillermo Álvarez Guedes y Mimí Cal
Tengo ante a mí a Benny Moré arrollando a paso de conga en fila con Rita Montaner, Guillermo Álvarez Guedes, Mimí Cal y otros famosos de La Habana en los 50. Con los brazos en cruz, las risas de oreja a oreja y todo el esqueleto en acción, resulta obvio que están pasándola de maravilla. Tanto que a pesar de verlos mediante una borrosa instantánea en blanco y negro, uno se siente contagiado con su alegría.
La foto fue tomada en el año 1954, durante el show “La Calle”, en el Cabaret Montmartre, cuya ubicación, en calle P, esquina a Humboldt, en el Vedado, ostenta la curiosa peculiaridad de recordarnos juntos los tres momentos históricos más significativos para la vida de los habaneros a lo largo de más de medio siglo.
Desde París hasta La Habana pordiosera de hoy, pasando por la meca del estalinismo en tiempos de los vulgares mega-establecimientos. La simple mención del Montmartre nos fulmina la mente, recreándonos, en primer lugar, una idea de lo que pudo ser el esplendor de las noches habaneras de cabaret, antes de 1959, codo a codo con las mayores luminarias del espectáculo, tanto nacionales como internacionales: Celia Cruz o Edith Piaf, Maurice Chevalier o Ernesto Lecuona o Nat King Cole o Agustín Lara; Olga Guillot o María Félix… Y de seguida, nos remite al restaurante Moscú, el cual, con todo y sus mesas en estricta hilera, su bullicio y su ambiente de comedor obrero, ha pasado a ser parte irremediable de nuestra nostalgia.
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El anuncio de Montmartre, en la calle P, al fondo se ve el Hotel Nacional
Muchos aquí recuerdan todavía al Moscú como el restaurante más grande de la Isla, otorgando al dato una importancia que tal vez no merezca. Hay quienes aseguran que es el único sitio en que han comido caviar. En tanto otros lo guardan agradecidos en su memoria como una plaza idónea para el intercambio de inquietudes intelectuales o de cualquier otro tipo; o para la primera cita amorosa, o para la celebración en familia de fechas u otros acontecimientos de común relevancia.
Lo cierto es que aquella madrugada de los 80, cuando el Moscú encontró su fin envuelto en llamas, moría por segunda vez allí el símbolo de una época, al tiempo que el lugar pasaba a simbolizar otra época nueva, que aún perdura, y sólo Dios sabe hasta cuándo: la etapa de la devastación, las ruinas, la fealdad y la miseria extrema.
Quien no tenga presente la inutilidad administrativa y la enfermiza desidia de nuestras autoridades, no hallará explicación al abandono que ha sufrido, durante más de 30 años, el inmueble donde estuvo el Cabaret Montmartre y luego el restaurante Moscú, ubicado nada menos que al pie de La Rampa, céntrica y populosa como pocos sitios de La Habana, y además muy visitada por el turismo extranjero.
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La esquina de 23 y P, en el Vedado habanero, en 1960 y 1990
Su único beneficio, en tres décadas y, claro, al margen de la ley, ha sido el de albergue de perdularios: alcohólicos, vagabundos, inmigrantes de provincia sin hogar, desahuciados sociales… La entrada principal fue tapiada por quienes al parecer ignoraron que los pobres huéspedes accedían (y aún acceden,) al local por su parte trasera, en la calle Humboldt, desde donde se aprecia vívidamente la atmósfera de morada fantasma, no apta para inocentes, que ocupa casi una cuadra de largo.
Parte el alma el espectáculo que hoy ofrece el antiguo Cabaret Montmartre, o el antiguo restaurante Moscú, descascarado, sucio, con los rezagos ruinosos de aquella entrada en la cual, para que no le falte sustancia, murió aparatosamente un famoso sicario de la dictadura de Fulgencio Batista, el coronel Antonio Blanco Rico, acribillado por la metralla de dos pistoleros del Directorio Estudiantl.
¿Lograremos ver la salvación de este museo del discurrir histórico de La Habana en los últimos cincuenta años? Por lo pronto, una cosa sí podríamos asegurar, y es que no auguramos la menor posibilidad de salvación histórica para quienes lo condenaron.

martes, 11 de noviembre de 2014

PRIMAVERA EN PARIS



No tiene que ser forzosamente un loco. Aunque lleva varias horas sentado en el parque de La Fraternidad, bajo el abrasante sol de julio. Más bien parece un hombre extraño. Pongamos alguno de esos tipos escuálidos que gustan exponer la pellejera al tostador. Voy directo hacia él. Me siento en su mismo banco. El tipo ladea la cabeza para dispensarme una ojeada. Sonríe. Me da las buenas noches. Y de seguida, se pone a chacharear sobre el prodigio de la primavera en París, cuando nada le reconforta tanto como pasar las noches sentado aquí, dice, frente al Sena. No sé qué responderle. Elevo la mirada al copo de la ceiba, mientras el tipo calla, sin dejar de observarme de reojo, tal vez a la espera de alguna reacción. Detrás de sus últimas palabras, todo el fragor del mediodía, en este bullicioso parque habanero, ha ido quedando supeditado a un susurro, tenue, manso, como de agua que se desliza.


José Hugo Fernández, del libro “La novia del monstruo

LA NOCHE DEL PEZ ROSADO


  Cuando nos dimos cuenta ya era demasiado tarde. Las ramas del árbol, que por costumbre y hasta con cierto aire amable se recostaban contra el vidrio de la ventana, eran ahora los tentáculos de un ser repulsivo e indefinible, como si las serpientes de la cabeza de Medusa desbordaran la ventana e invadieran el cuarto en medio del espantoso chisporroteo de sonidos que rezumaban las paredes y que aquellos palpos lamían ansiosamente.
  Hacía rato ya que habíamos dejado la baraja sobre la mesa, porque cada ronda era más absurda que la anterior. Durante varios minutos evitamos mirarnos unos a otros, quizás porque el calor era insufrible. Kino sudaba a mares y aun así pretendía que Arabella y los demás aceptaran cerrar la ventana.
  —¿Qué hora es ya?
  A mí me seguía doliendo el pie. Soplaba el viento. La noche no terminaba. De hecho, parecía interminable sin remedio. Cerré los ojos, no de sueño, sino sólo por alivio. Pensé que lo mejor, quizás, hubiera sido no haber entrado nunca por esa ventana para abrir la puerta, ya que estaba rota la cerradura.
  León, como confesó más tarde, aun siendo ateo oraba entonces en lo profundo de su nada interior, donde ningún eco puede llegarle; ruega que exista Dios para que lo justifique todo. Quiere que sea inventado el medicamento perfecto: ni hacia abajo ni hacia arriba ni hacia los lados, sino en todas direcciones al mismo tiempo: la fisión mental.
  Y mientras tanto Kino dice que no puede ver el arte del cine como “moving pictures”, sino como “pictures in motion” (o sea: no “mopic”, sino “picmo”. A veces como “pictures in future”, o sea, “picfu”. Y dice todo eso hablando con cada milímetro de su cara a la vez.
  Pero sigue pensando que se debe cerrar la ventana. No gusta de monstruos.
  Pero a nadie le importan la ventana ni sus monstruos. Ya el breve juego de cartas lo arruinó todo. Reyes. Jotas. Cabeza de Medusa. Jokers. Ases. Bastos. Cabeza de Medusa. Oros. Calor. Corazones. Dolor de mi pie. Jotas.
  —Dios nos odia —dice Kino.
  —Right —dice Arabella y cierra de un golpe la ventana. Kino se echa a llorar, gimiendo:
  —No hay ningún cine abierto a esta hora.
  —Ábrelo tú —dice la cabeza de Medusa—: abre el que más te guste.
  Y entonces Kino la miró a los ojos y se convirtió en piedra hasta muy avanzada la mañana.

Ernesto Santana, de un libro en preparación.


domingo, 2 de noviembre de 2014

«Tengo un verso donde caerme muerto»


                                                                Ramón Fernández Larrea. (EICHIKAWA.COM)

DIARIO DE CUBA
ERNESTO SANTANA | La Habana | 1 Nov 2014
Ramón Fernández Larrea acaba de ganar el Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero y habla de ese nuevo libro y de su poesía.
Hace unos días supimos la noticia: Ramón Fernández Larrea había ganado el Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero —que se convoca en la ciudad de Salamanca para autores españoles e hispanoamericanos— con el poemario Todos los cielos del cielo.
Fernández Larrea, además de poeta de larga duración, es también humorista y escritor para radio, televisión y cine. Muchos lo consideran uno de los más importantes, si no el más, de los poetas cubanos en la década del 80, y todavía en Cuba hay gente que se sigue pasando grabaciones de "El programa de Ramón", incluso gente joven que no conoció aquel famoso espacio en vivo. Después de marcharse al exilio a mitad de los 90, vivió en Canarias y en Barcelona. Actualmente reside en Miami.
Ha publicado, entre otros, los poemarios El pasado del cielo (que fue Premio Nacional de Poesía Julián del Casal en 1985 y se editó en 1987), Poemas para ponerse en la cabeza (Abril, La Habana, 1989), El libro de las instrucciones (Ciclos, La Habana, 1991), Manual de pasión(Universidad de Guadalajara, México, 1993), El libro de los salmos feroces (Extramuros, La Habana, 1995), Terneros que nunca mueran de rodillas (Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, 1998), Cantar del tigre ciego (Arlequín, Guadalajara, México, 2001) y Nunca canté en Broadway (Linkgua, Barcelona, 2005).
Tras la noticia de este nuevo premio para el poeta, concertamos por correo electrónico esta entrevista para conversar con él sobre el nuevo poemario y sobre viejos asuntos, los asuntos de siempre.
¿Qué puedes decirnos acerca del libro premiado?
Todos los cielos del cielo es un poemario breve. Es como un caleidoscopio. Y es para mí un cambio de lenguaje. Un yo más directo, más sencillo, menos altisonante. Un libro lleno de ternura burlona. Y me alegra tanto que haya sido en el centenario de Gastón Baquero, un poeta inmenso que sufrió en silencio la vejación del  exilio, y la abominación del olvido.
¿Qué le dijo el Ramón humorista al Ramón poeta cuando supo la noticia?
Los dos abrimos la boca sorprendidos. Al poeta se le aguaron los ojos y el humorista lo invitó a desayunar para que dejara esa expresión de estúpida complacencia. Los dos leyeron nuevamente el poemario para ver si realmente era sólido, y si no se iban a avergonzar de verlo publicado. El humorista se iba a burlar y el poeta se hundiría en el silencio. Al final, los dos desayunaron y se alegraron modestamente. Un premio no hace mejor escritor a nadie, pero es una ventana para que entre un poco de luz sobre su obra.
¿Cómo describirías el camino que ha seguido tu poesía desde el principio hasta ahora?
¿Tortuoso? ¿Difícil?... Un camino lleno de incomprensiones, pero también he encontrado el apoyo de mis colegas. Se asustaban precisamente los que tenían que asustarse, los que mandan. Mi poesía sigue siendo un aullido. Pero también aprendió a ser un susurro de ternura en los oídos de quien quiere escuchar.
Si pudieras volver a empezar desde cero tu vida, ¿te gustaría hacer otro tipo de poesía o, incluso, otro tipo de escritura?
A esta altura he aprendido cuáles son las cosas que me gustan de la vida, y las que no me gustan. Vivo como si solamente me quedaran 72 horas de vida. De modo que aprendí a no desear haber sido lo que no soy, ni a quejarme por lo que pude haber sido. Soy un guerrero y soy un monje. Soy un juglar y también, un vengador risueño, como Till Eulenspiegel, el alemán que se burló de todos en su época. O como el poeta francés Francois Villon.
A veces siento que esos fantasmas me habitan. Y que logré llegar con ellos hasta aquí, y que también me acompañarán en la penumbra de los días por venir. Y doy gracias por lo poco que poseo y por lo que he perdido. Porque tengo en las manos el olor de la felicidad, cuando le he arrebatado puñados de ella a la vida.
Más allá de las influencias, ¿hay algún poeta cuya relectura te siga resultando imprescindible?
Es una corta lista. Son encuentros y vueltas atrás. Esta es una relación a vuelo de pájaro: el tango; Nicanor Parra, un universo doloroso y divertido; Hans Magnus Enzensberger, un descubrimiento sorprendente, con una acidez espectral y una visión contemporánea de todas nuestras desgracias humanas; Jorge Luis Borges y Eliseo Diego, dos puntas de la media luz de la ciudad; Edgar Lee Masters en esa visita interminable al cementerio de Spoon River;  la dulzura serenamente intensa de Emily Dickinson; la fantasmal elegancia de Dylan Thomas; T.S. Eliot en sus múltiples rostros; Cavafis en el viaje interminable; la dureza casi burlona de Charles Bukowski, cuando escribe cosas como: "Pienso en mí, cuando lleve tres siglos muerto"; y Vallejo, siempre César Vallejo, que cada vez me parece más desolado cuando estoy llegando a lo que él dice en uno de sus versos: "a la pared de enfrente de la vida".
¿Cómo es tu relación con la poesía? ¿La practicas? ¿Convives con ella? ¿Te asalta de pronto como poema ya hecho? ¿La persigues hasta que la atrapas?
Me asalta y levanto los brazos. La busco algunos días cuando siento un rumor, una música, casi siempre acompañada por un rumor de palabras que terminan siendo una imagen. No la provoco. Ella aparece cuando la necesito.
En ocasiones paso días y hasta meses con un verso dándome vueltas en la cabeza, o lo anoto y olvido dónde, hasta que lo encuentro y muestra un nuevo fulgor, otro camino para construir un poema.
Antes me desesperaban los largos períodos de sequía. Ahora sé que todo se cocina por dentro. Se añeja, se transforma, se endereza, se va armando, y cuando ya está listo, sale con naturalidad.
Aparte de pulir el oficio, ¿esa larga relación con la poesía te ha enseñado algo para la vida cotidiana?
Me ha regalado la paciencia, la inconformidad, la sonoridad de las imágenes. La posibilidad de contemplarlo todo como si uno viviera fuera de esa realidad, pero sintiendo el dolor de esa realidad.
En los peores momentos de la vida, me ha salvado la poesía. Sobre todo la de los demás. Aunque también puedo decir, en voz baja, que yo sí tengo un verso donde caerme muerto.


LA CHINA, ¿UNA LOCA ALEGRE?


Por José Hugo Fernández
(Publicado en CUBANET)

Entre las muchas locas que han zapateado las calles de La Habana, ninguna es tan memorable como La China. No hay habanero con más de cuarenta años de edad que no la recuerde con agrado, o con una sonrisa al menos. Lástima que resulte tan difícil conseguir una foto suya, carencia que no debieran perdonarnos nuestros nietos. Aunque, por suerte, todavía hoy somos muchos los que ante su simple mención, ya la vemos ahí delante, gozadora y dicharachera, con su boca roja abierta de oreja a oreja, la cara toda embadurnada de colorete, el pañuelo chillón en la cabeza, la infaltable cartera, ingeniándoselas con mil ocurrencias para divertirnos y bailando con aquellas piernas largas, flacas, escarranchadas, emblemáticas como las de un artrópodo.
En tiempos del soviet supremo, con la solemne gala, el partido inmortal, la sangre derramada y los discursos terroríficos asediando a toda hora nuestra ligereza criolla, aquel ambiente de relajo que en unos minutos armaba a su alrededor La China, caía como un soplo de aire fresco en nuestra atmósfera de plomo.
Eran los últimos años 70 y los primeros 80. La China aparecía de pronto en cualquier cola, en las afueras de la heladería Coppelia, en una parada o a bordo de las más diversas rutas de guagua. Y bastaba con su mera presencia para atraer completamente la atención del público. El arsenal de sus dicharachos, inteligentes, agudos, pícaros, es otro tesoro perdido sin remedio para la cultura popular cubana. En especial le complacía dispararlos en las guaguas repletas de pasajeros, donde desgranó más de una perla de antología.
“Si está bien parada, da lo mismo por delante que por atrás”. Así se burlaba de la regla que exige a los pasajeros subir al ómnibus por la puerta delantera y descender por la trasera. Y de paso, ella misma desobedecía la regla bajando siempre por delante, pero bajaba de espaldas sólo para decirle al chofer: “Mira, chino, me voy de espaldas para que parezca que me vengo de frente”. Todos éramos “chinos” para La China, cuyo nombre real nadie o casi nadie llegó a conocer. 
En cambio, fue ampliamente conocida y comentada entre los habaneros cierta especulación sobre su origen de familia adinerada, antiguos propietarios, según vox pópuli, de la llamada Casa de Los tres Kilos, una de las tiendas más famosas de la capital, a la que, luego de expropiada por el régimen, apodarían Yumurí.
Siempre creí que el comentario sobre La China como posible “siquitrillada” por la revolución no era sino de una de esas leyendas que suelen tejerse en torno a los personajes populares. Sin embargo, la suerte iba a convertirme en testigo de la confirmación de la verdad en voz de ella misma. Tal vez fuera la única vez que La China habló en serio durante aquellos años de sus aventuras como ¿alegre? enajenada. 
Una mañana, me encontraba yo en la parada de la ruta 74, en calle G y 25, en el Vedado. La gente se aglomeraba en espera de la guagua. Y allí desembarcó ella, bailando y poniendo en órbita sus locas paremias. En algún momento, un policía que estaba entre el público repitió en voz baja el ya tan cacareado comentario sobre su origen. Y para rematar, dijo: “Yo no sé dónde habrá metido todo el dinero que tenía". Fue suficiente. La China, que se había mantenido alejada y al parecer completamente ajena al comentario, dejó de bailar y vino a situarse justo frente al policía para preguntarle, con el rostro grave y los ojos llorosos: "Cómo que tú no sabes dónde está nuestro dinero. Pero si ustedes fueron los que se lo robaron, cómo no vas a saber. Mi familia se fue para Puerto Rico y yo me quedé aquí, porque esto es lo que me gusta, pero ellos no se llevaron el dinero que me tocaba, fueron ustedes quienes me lo robaron".
Dicho esto, se viró al otro lado para seguir desgranando sus prendas como si nada hubiera ocurrido.
Y así continuaría, hasta un día en que dejamos de verla tan repentinamente como había aparecido. Es de suponer que la hayan llevado -de espaldas para que pareciera que la traían de frente-, a ocultarla en algún oscuro manicomio, donde iba a morir muy seriamente, destinada por el diablo a perturbar la paz de los solemnes sepulcros.


jueves, 23 de octubre de 2014

Tiesa


Siempre pensé que la tesura me resultaría incómoda. Pero ya he visto que es como todo lo demás. Depende de la actitud con que uno la asimile. Y claro que es posible acostumbrarse. En estas cosas estuve pensando durante casi toda la mañana, mientras la gente pasaba, lanzándome sus miraditas frívolas o compasivas o timoratas o sentenciosas o esquivas. Pero sin importunarme, eso sí. Ellos en lo suyo y yo en lo mío. Me hubiese gustado que las cosas permanecieran así durante otro largo rato. Pero en eso llegaron aquellos dos para echarme a perder la faena. Uno debe haber sido el policía, y el otro evidentemente era el forense. Uno dijo: Diablos, para morirse no tenía que poner una cara tan fea. A lo que respondió el otro: ¿Y qué pensabas tú, que la muerte es tan definitoria como para remediar ciertas innatas anomalías?

José Hugo Fernández, del libro “La novia del monstruo”.