EL VAGON AMARILLO

jueves, 17 de julio de 2014

PESADILLAS

PESADILLA 1
Estaba preso. La celda era húmeda y oscura. Me dolían hasta las ideas, por tantos porrazos y patadas. Supongo que entre sueños, vino un caimán sin dientes a susurrarme palabras de consuelo: Si puedes contarlo –dijo- es señal de que aún no te ha ocurrido lo peor. Cuando lo miré bien, era Shakespeare. Extendí mi mano para agradecer su deferencia. Pero ya no era Shakespeare, sino el bugarrón más temible del penal.
     
PESADILLA 2
Yo estaba preso. Y era el bugarrón más temible del penal. Me arrastré como un caimán hasta mi próxima víctima: Si puedes contarlo –le susurré- es señal de que aún no te ha ocurrido lo peor. Él extendió su mano. Pensé que era para agradecer mi deferencia. Pero de improviso, me destrozó el hígado con el cabo afilado de una cuchara. Si al menos fueras Shakespeare, escuché que decía, como única justificación, viéndome agonizar. 

PESADILLA 3
Estaba preso. Uno que me confundió con Shakespeare y el bugarrón más temible del penal, compartían conmigo la celda húmeda y oscura. Entre sueños, vino a susurrarnos el caimán sin dientes: Si puedes contarlo, es señal de que aún no te ha ocurrido lo peor. Los tres a un tiempo extendimos las manos para agradecer la deferencia. Y entonces ocurrió lo peor.


José Hugo Fernández, del libro de relatos “La novia del monstruo”.

Irma, Tomasa, Ángela y Mercedes


   Primero se oyó un portazo enérgico. Luego, otro ruido increíblemente espeso bajó retumbando de escalón en escalón, como si hubieran arrojado un sofá, una butaca, algún mueble muy pesado. Pensé lo que cualquiera hubiese pensado: que están haciendo una mudanza y que se ha escapado un mueble escaleras abajo.
  Pero, apenas el estruendo ha pasado por mi piso y continuado hacia los pisos inferiores, empieza a escucharse la voz:
  —¡Sálvame, Mercedes! ¡Sálvame ahora, por la Virgen!
  Las mismas palabras se repiten durante varios minutos, como una grabación. Sin abrir la puerta, oigo que nadie sale de su madriguera para averiguar qué ocurre, aunque de seguro no soy el único que presta atención desde el otro lado de su puerta, porque, a pesar de que los alborotos y los gritos son el fondo sonoro ordinario en este lugar, aquella voz angustiosa resultaba tan desconocida en el edificio como el nombre de Mercedes.
  Sin embargo, era posible que se tratara sólo de nuevos vecinos, gente recién llegada e invasiva y nada silenciosa.
  —¡Sálvame, Ángela! —se escuchó ahora y, a los pocos segundos, con la misma intensidad y con idéntico pavor, como si le implorase a la misma mujer—: ¡Sálvame, Tomasa! ¡Por la Virgencita, sálvame ahora mismo, Irma, sálvame tú, que puedes!
  Entonces se oyó un portazo mucho más rudo que el primero y ya no hubo más gritos ni más nombres.
  En los días siguientes abundaron rumores y versiones de lo que había acontecido. Cada quien tenía su particular descripción del hecho y del mueble que había caído por la escalera, pero nadie pudo precisar de quién eran los gritos, ni a quién estaban dirigidas las súplicas, ni en cuál apartamento había sucedido aquello. Si es que realmente había sucedido.

Ernesto Santana, del libro de relatos “La venenosa flor del arzadú”.




sábado, 5 de julio de 2014

TIEMPO DE ALLEGAR Y TIEMPO DE ESPARCIR


Cuando me dijeron que Fernán había muerto, el asombro me duró sólo unos instantes porque aquella era una noticia que sus amigos esperábamos en cualquier momento, aunque no lo dijéramos, pensándolo incluso desde antes de que comenzara, meses atrás, a llamarnos —a uno hoy, a otro mañana, nunca a dos o tres al mismo tiempo— para “deshacerse de algunos libros que le sobraban”, según sus propias palabras. Como si no hubiéramos sabido desde siempre que a él podía sobrarle cualquier cosa menos los libros.
  Durante más de veinte años Fernán había reunido una enorme biblioteca que, a finales de los ochenta, era una de las colecciones particulares más completas de La Habana, al menos sobre escritores del siglo veinte, donde uno podía encontrar libros que otros ni soñaban hojear alguna vez. Para lograrlo, Fernán vivía dedicado casi por completo al acopio de libros, comprándolos a cualquier precio, canjeándolos con amigos, pidiéndolos a familiares fuera del país, encargándoselos a cualquier conocido que viajara al extranjero, y hasta robándolos cuando no tenía otro remedio.
  Para esto último, él, incapaz de hurtarle un centavo a un ladrón, llegó a inventar sofisticadas técnicas que incluían la falsificación de cuños, por no hablar de las ocasiones en que viajó durante varias horas hasta un municipio remoto, en las afueras de la ciudad, buscando una pequeña biblioteca en donde, por ejemplo, sabía que podría encontrar una antología en la que fue publicado un cuento de Slawomir Mrozek que no había leído aún, o un milagroso ejemplar de Oppiano Licario, que en aquella época casi nadie tenía.
  Pero, justo cuando parecía que ya no cabían más libros en su casa, nada pequeña en verdad, llegaron los años noventa y Fernán se vio obligado a vender sus libros, muchas veces a precios irrisorios, para alimentar a sus padres, ya muy ancianos, y para conseguir las medicinas que necesitaban, cuando podía hallarlas. Unos tíos que vivían en el extranjero lo ayudaban de vez en cuando, además, pero de todas maneras los viejos terminaron muriendo, con algunos meses de diferencia, a lo largo de dos años de estrechez y agonía.
  Al final de ese período ya Fernán estaba dado por completo a la bebida, incluso en días en que conseguir una botella de alcohol de farmacia significaba pasar un día entero hurgando por toda La Habana. Cuando sus padres ya no estuvieron, las borracheras se hicieron continuas, su biblioteca siguió menguando más aún y, de una manera increíblemente acelerada, la bebida empezó a borrarle la memoria.
  Podíamos ver todos cómo día tras día le costaba más trabajo hablar de literatura, cómo iba olvidando autores conocidos y que antes mencionaba con frecuencia, títulos de libros que en realidad no eran raros. Y también, en poco tiempo, el nombre de mucha gente, el de ciertos lugares, el de infinidad de cosas. En medio de una frase, se detenía buscando una palabra que al final resultaba ser algo corriente. Sus oraciones se hacían entrecortadas, la variedad de los verbos y los adjetivos que usaba se reducían de una manera asombrosa. Casi resultaba visible cómo iban desapareciendo las palabras de su vida. Y, claro está, un día nos dimos cuenta, sin poder creerlo, que Fernán había dejado de leer. No sólo no hablaba de libros: se hizo evidente que ya ni siquiera los tocaba.
  Como en aquellos días la vieja casa se le caía encima, se mudó para una más pequeña que al poco tiempo también se desplomaba ya. Recuerdo el día que me llamó y fui a visitarlo. Había unos pocos montones de libros en la sala y en el pasillo, todos colocados en el piso y cubiertos de polvo. No se veía un solo estante. Me dijo que escogiera algunos, que esos que estaban allí le sobraban y que no quería venderlos. Esto último era cierto, porque había conseguido algún dinero con la permuta para aquella casa más pequeña.
  Me tomé un par de tragos con él, que ya estaba borracho cuando llegué y que seguramente se quedó bebiendo solo, como ya era su costumbre, cuando me fui. Las dos o tres horas que estuve allí no hablamos ni una palabra de literatura, ni de casi nada. Al levantarme del sillón para irme, no quiso ni echarle un vistazo a la docena de libros que yo había seleccionado. Se limitó a reírse.
  Fue la cosa más rara que he visto en mi vida. Nunca supe de qué se reía. Quizás de que todavía para mí —y para otros— los libros tuvieran cierta importancia inmensurable; quizás de la facilidad con que sus amigos aceptábamos llevarnos algo que él había reunido con tanta pasión, tan meticulosamente y durante tanto tiempo. O quizás se reía de sí mismo, de cómo había perdido la prodigiosa memoria que tanto le celebráramos antes y de cuán escasa importancia le daba él mismo ahora a esa pérdida. Es posible, y algunos de nosotros estábamos seguros de ello, que el propio alcohol realmente no le hubiera ocasionado tanto olvido como el que se empeñaba en mostrarnos.
  En la puerta de la casa todavía seguía riéndose y eso me hizo sentirme un poco turbado. Fernán nunca había sido hombre de reírse mucho y ni el humor ni cinismo le habían atraído jamás. Y por eso le pregunté la causa de su risa. Pero solamente se encogió de hombros y se quedó serio.
  De golpe, en el sitio donde había estado alguien que se reía, había ahora un tipo ajado, hosco, cansado. Muy cansado. Nunca había visto yo tal apariencia de agobio en ninguna persona, y mucho menos tan repentinamente. Tuve la impresión de que Fernán ya estaba muerto. De que en aquel mismo instante se daba cuenta de que ya era un difunto, aunque se riera. Y entonces, acaso por eso mismo, volvió a reírse más alto aun.

Ernesto Santana, de un libro de relatos en preparación.



LA HORA DEL BOMBA


I
Pasearse por El Prado a las tres de la madrugada, bajo el lloriqueo invernal y contra un viento cargado de salitre que te acribilla los ojos y te raja la piel, es algo que nadie hace, a no ser que venga asistido por muy contundentes razones.
Tal es el caso de El Bomba.
Entró a la última tanda del Payret, donde estaban pasando una película española llamada Celos, que no vio, como tampoco hubiese visto otra, ya que no fue al cine más que a dormitar un rato mientras el tiempo seguía resbalando, pegajoso, lento hacia su hora. 
Terminada la función, atravesó con pereza el Parque Central. Y ya con los dos pies sobre el sucio paseo de El Prado, comprobó que una vez más llegaba adelantado. Entonces se fue dejando caer hasta la esquina de Colón en busca del banco de siempre, el de la espera. Y aquí está, cavilando, mientras las manecillas de su nuevo reloj, inmenso, llamativo, brillante, van tras el rastro del único momento en que El Bomba aún es capaz de sentir cómo se atasca el resuello en la mitad del pecho y la sangre vuela dentro de las arterias. 
Hubo épocas en las que experimentaba a diario sensaciones como ésta. Días dichosos. Días idos.
Recuerda la escuela de paracaidistas, los primeros lanzamientos, el instante en que la nave se abría de panza ante tanto azul, tanto vacío, y allá iba él, a lidiar con el viento siempre tramposo y roncador como las malas hembras. Los ejercicios nocturnos le aceleraron particularmente el pulso. Una noche cayó en la mar profunda. Había apresurado la cuenta y abrió el paracaídas antes de lo indicado. Lo hizo adrede, por ver qué sucedía. Y la experiencia fue excitante, otra vuelta de tuerca, una más, pero no la última. En la unidad de entrenamientos para Tropas Especiales siempre hallaría nuevas ocasiones de medir el aguante de sus nervios y de sus fuerzas. Fue una de las primeras cosas que le dijo Arturo cuando se conocieron. Arturo, su entrañable Toro.
II
A la vez que alza el puño con la gran esfera luminosa hasta la altura de su nariz para chequear la hora, El Bomba es también alumbrado desde un íntimo rincón de la memoria: Arturo, el entrañable Toro. Amigo y confidente de los días fulgurosos y las noches largas, guía para cada iniciación, sombra de su sombra, alter ego a lo largo de casi toda esa vivificante carrera de obstáculos que ha sido su existencia. 
Se levanta del banco para desentumecer las piernas. Mira hacia uno y otro lado, escudriña disimuladamente detrás de los laureles y en los altos portales que bordean El Prado. Busca una señal y no la encuentra. Todavía. Es temprano. Las dos y treinta apenas. Entonces camina muy despacio, moviendo al compás su mano derecha de donde cuelga una gruesa manilla de metal refulgente como ojos de búho. Va hasta la estatua de uno de los leones, se detiene, lo toca, desliza sus dedos suavemente sobre las frías ancas de bronce. Piensa. Siempre que pasa por la esquina del teatro Fausto tiene que subir a tocar este león. No se explica por qué, pero es así. Una especie de rito o un capricho, irreprimible en todo caso. El Bomba piensa. Mientras, una farola de luz amarillenta extiende sobre el paseo su robusta silueta enredada con la del león. 
III
A destaponar el paracaídas antes de lo previsto en las reglas aprendió solo, por instinto, y fue muy divertido. Pero abrirlo pasado de tiempo ya era harina de otro costal. Se requiere pericia, mucha concentración, sangre de horchata. Y eso tuvo que aprenderlo de Arturo, al igual que casi todas las otras mañas que en principio lo exaltaron de una forma rara, inusitada, y luego le resultarían determinantes para cumplir las más difíciles misiones de guerra. 
Arturo había ingresado en Tropas Especiales dos años antes que él y fue su instructor. Después fue su pareja en todas las competencias internacionales de acrobacia, donde hicieron historia destrozando los récords de paracaidistas soviéticos, alemanes y chinos. En uno de sus más frecuentes actos, que nadie consiguió igualar, se abrazaban en el aire e iban disparados a gran velocidad contra la tierra hasta el instante en que a punto de estrellarse, se abría uno de sus paracaídas. Lo más emocionante era que ellos también competían entre sí, pues como solamente podían usar un paracaídas para ambos, jugaban a que perdía aquel que decidiera abrir el suyo. 
Al principio el ganador dentro de la pareja fue siempre Arturo. Más tarde, él niveló los resultados, pero no antes de provocar varias fracturas tanto en sus huesos como en los del otro. Pacientemente y arriesgando el esqueleto en cada lance, el entrañable Toro lo había convertido en el único hombre de la tropa que era capaz de superar su propia destreza y su temeridad. No en balde llegó a quererlo como a nadie y adelantó tantas veces el pecho dispuesto a morir en su lugar, ya fuera en las selvas de África, en las cordilleras de la América del sur y del centro, o en las tórridas arenas del Oriente Medio. 
IV
El Bomba le da vueltas a este último pensamiento mientras se despabila. Ha estado a punto de quedarse dormido, con la cabeza recostada al león y con las habituales rememoraciones (nombres, lugares, fechas) adheridos como lapas al flujo de su mente. Pero afortunadamente algo lo hizo reaccionar. Es la llegada de una patrulla de la policía.
El carro se detuvo en la esquina. Uno de los agentes ha descendido y camina directo hacia él. Al llegar, se sitúa a prudente distancia y requiere, en tono seco:
    - Su carnet de identidad
En vez del documento solicitado, El Bomba le entrega una fina tarjeta de cartón cubierta con plástico. El policía enciende su linterna y la revisa. Luego se la devuelve, al tiempo que sonríe y le dice, ahora con una inflexión cómplice:
    - Gracias, compañero. Y disculpe. Es que a esta hora toda La Habana duerme, y figúrese, uno no es adivino.
Son las dos y cincuenta. El carro patrullero se diluye en las sombras. Dentro de diez minutos cada músculo de su cuerpo, cada micra de su piel, cada uno de sus nervios entrarán en fase de alta tensión. Entonces ya no podrá permanecer sentado ni de pie. Tendrá que recorrer El Prado incesantemente, sobre todo entre las calles Refugio y Genios, que es el tramo idóneo para la operación. Tendrá que exagerar el movimiento de sus manos al andar para que la centelleante manilla de la derecha, el reloj de la izquierda y las enormes sortijas de los cordiales resulten visibles desde lejos. Diez minutos. Entretanto El Bomba piensa.
V
Cuando lo conoció, ya le decían Toro, tal vez por su bravura y por su extraordinaria fortaleza física. De cualquier modo él también traía un apodo al llegar a la unidad. Se lo pusieron desde la adolescencia. Luego de haber presenciado cómo su padre se descargaba en la cabeza todo el plomo de una Makarov con culata de nácar, nunca más logró ser como el resto de sus condiscípulos en la escuela secundaria. Fueron éstos precisamente quienes empezaron a llamarle El Bomba. Seguramente por los trastornos que les ocasionaba con aquel espíritu pendenciero y con aquella ira sin límites, siempre a punto para el reventón. Por suerte con el tiempo llegaría a conocer a Arturo. Sólo él pudo emulsionar en su sangre tanta energía atascada desde la niñez, únicamente el entrañable Toro supo hallarle un cauce e indicarle una meta.
VI
A las dos y cincuentiséis, El Bomba hace unas cuclillas, dirige una última caricia al león, y sin dejar de pensar en su amigo, recuerda el nombre y una idea de cierto personaje literario, un tal Francis Macomber, quien, de cara a la muerte, siente cómo al fin se desbordan en su interior los diques. Piensa El Bomba. Y pensando, camina, muy calmosamente. Busca el tramo comprendido entre Refugio y Genios.
VII
A pesar de los pesares, puede considerarse un tipo afortunado. Lo que aquel personaje literario no conoció más que una vez y en su último instante, y lo que muchos hombres reales no llegan a conocer nunca, ha constituido el pan del día para él, durante años. Es su eterna deuda con Arturo. Una deuda que el entrañable fiador ya no podrá cobrar. Porque está muerto. Igual que Macomber, igual que su padre, igual que todo lo que fue importante y esperanzador para El Bomba.
VIII
Ahora son las tres. Su hora. Se detiene, aguza el instinto. Las farolas de Refugio no alumbran. Al parecer alguien les desbarató las bombillas a pedrada limpia. De aquí en adelante la oscuridad será más densa. Pero está preparado. Tiene los cinco sentidos en alerta roja. Aunque no pueda detener el curso de sus evocaciones.
IX
Muerto. Habían descendido en un solo paracaídas detrás de las líneas del ejército sudafricano, en Namibia. Una misión de alto riesgo que, como tantas otras, cumplieron cabalmente. Sin embargo, Toro se sentía enfermo. Su cuerpo se llenó de llagas y estuvo decaído, febril, soportando los azotes de aquel páramo hirviente a lo largo de varias semanas. Así que cuando finalmente pudieron evacuarlos, fue ingresado a la carrera en un hospital de Luanda. Y desde allí lo remitieron a La Habana. Todo sucedió a ritmo vertiginoso. Y tanto que aún no habían transcurrido dos meses desde su última operación en pareja cuando El Bomba recibió orden urgente de presentarse ante la Jefatura.
X
A las tres y cinco detecta una presencia. O más bien la intuye. Sin detener la marcha para no poner en guardia al objetivo, trata de ubicarlo. Pero no le es posible. Aún no. De cualquier modo sabe que está ahí, que ha llegado. Y acorta el paso, se refocila. Sin que cese el goteo de sus pensamientos.
XI
En la Jefatura no se anduvieron por las ramas: Arturo acababa de morir, con SIDA. Días antes, al intentar convencerlo de lo útil que resultaría una confesión con los nombres de sus últimos vínculos sexuales, había desanudado una sonrisa exánime, de paz: Mi cadena tiene un solo eslabón, dijo. Entonces lo mencionó a él.
XII
Lo tiene. Son apenas las tres con ocho minutos, pero ya lo tiene. Acaba de descubrirlo parapetado detrás de una columna en el portal del antiguo Club de Cantineros. Seguramente está allí desde hace un rato, observándolo. No se explica por qué. No es una práctica habitual en ellos. El caso es que está allí, que ya lo tiene. A las tres con ocho. 
XIII
Lo condujeron sin tardanza a uno de los mejores laboratorios habaneros y tal como esperaban, la prueba del VIH dio positiva. En un abrir y cerrar de ojos, El Bomba se había transfigurado en La Bomba delante de la nariz de sus jefes.
XIV
Tres con diez. Más temprano que tarde ha comprendido por qué el objetivo permanece impávido entre la oscuridad. Es que no viene solo. Y están conciliando una estrategia. No hay otra explicación. Además, pudo verlo mejor. Es corpulento, pero de mediana estatura. No ha de llegarle ni a los hombros. Hace bien al no venir solo.
XV 
Estuvo recluido durante varios meses en una clínica de alto rango. Luego lo enviaron a su casa. Tenía el virus, pero no estaba enfermo. Son los misterios de la Peste del Siglo XX, comentaron los doctores. Así que de algún modo seguía siendo El Bomba. Sólo que el libro de sus aventuras en lejanas tierras quedaría cerrado para siempre. Por lo menos es lo que creyó. Y se equivocaba.
XVI 
Tres con dieciocho. Detectado el segundo objetivo. Le queda mucho más cercano. Pero solamente puede verle la punta de la cabeza, ya que está oculto detrás de uno de los muros laterales del paseo, el de la izquierda; en tanto, el otro acecha desde el lado derecho, en los portales. Ambos se mueven en su misma dirección. Excelente señal. Significa que están listos y a la espera de la ocasión más ventajosa. Muy pronto encontrará el modo de proporcionársela.
XVII
Fue una sorpresa. Es verdad que aún no había causado baja, que incluso poseía y posee su carnet de oficial de los servicios élites de la Inteligencia. Pero jamás concibió la posibilidad de que le encomendaran una nueva misión. Y menos una misión tan inusual. Por otra parte, no podía sospechar, ni en sueños, que iba a tener la oportunidad de llevarla a cabo en la urbe de los fulgurantes rascacielos, la vitrina del monstruo.
XVIII
Bingo. Es asunto hecho. Primero, se detendrá para comprobar la hora. Luego tendrá que mostrarse contrariado, como quien se cansó de esperar. Y finalmente tomará rumbo a la esquina del hotel Packard para hacerles creer que se retira. Las tres con veinticinco. Ya son suyos. Minutos más minutos menos.
XIX 
New York le pareció una ciudad regia. El más deslumbrante desperdicio de la civilización occidental. Aunque no tuvo tiempo de recorrerla. Debió ir directamente en busca de su objetivo, en Manhattan, muy cerca de Times Square. Había invertido muchos días en gestiones para obtener el pasaporte que le permitiese viajar desde Santo Domingo en un vuelo de la PANAMERICAN. Para colmo, una vez en el terreno, resultó que "su hombre" no vivía ya en la calle 43, entre la Octava y la Novena Avenida. Tuvo que desempolvar viejas redes. Hasta que por fin logró aquel primer contacto, en los baños de un bar con nombre impronunciable.
XX 
Excitante. Es algo que sencillamente atiza la circulación. Aquí los tiene, pisándole la sombra. Cuando llegue al Packard, tendrá que ver si el Cuchillo de Consulado se encuentra tan oscuro como de costumbre. Podría desviar sus pasos hacia allí. Sabe que si lo hace, no van a aguantar la tentación.
XXI 
Tres veces contactó con su objetivo en Mahattan. La primera fue "fortuita". Las otras, previa coordinación entre los dos. Siempre en territorio neutro. Nunca visitó su morada, que es como aquel chiflado solía llamarle al diminuto apartamento en que vivía. Un tipo simpático después de todo. No podría decir lo contrario. Impetuoso. Endemoniado. Una fiera. En algún remoto detalle que nunca le ha interesado establecer, le hizo recordar a Toro. Guardando las distancias, claro. No podía simpatizar con él. Era el enemigo. La Tétrica Mofeta. Los términos de la operación no dejaban sitio para dudas. Un traidor a la patria, así se lo habían descrito, un alborotador y mentiroso de mierda, que se fue a los Estados Unidos sólo para ponerse a escribir barbaridades en contra de su país.
XXII 
 Le gustó. El Cuchillo de Consulado está a pedir de boca: negro, solitario. Y la hora no puede ser más propicia. Tres con treinta. Es cuestión de pararse unos segundos, voltear la vista hacia atrás, como quien echa una ojeada antes de abandonar el lugar de la frustrada cita, y tomar la izquierda, atravesando Prado. Vendrán detrás como lobos por el cordero. Y punto.
XXIII 
Después de New York sobrevinieron años de asfixiante reposo. Nunca le retiraron los grados, ni las atenciones, ni el carnet, ni el sueldo, pero ya no contaron más con él. Para nada. Y eso que conserva la salud y la forma de los mejores días, si excluimos el virus. El Bomba se ha quedado sin mecha. Lo peor es que cada vez le resulta más difícil agenciárselas para organizar operaciones como ésta.
XXIV
Justo a su gusto. Optaron por la encerrona en Consulado. Les ofrece mayor seguridad. Y ahora ya los tiene encima. Puede olerlos. Cree escucharles jadear. Tal vez uno de los dos lo aborde de frente para preguntarle la hora mientras el otro ataca por la espalda. O va y se lanzan juntos. No importa. Él está preparado. Si traen navajas, tendrá que empezar por desarmarlos. El enfrentamiento debe ser a puñetazos y a patadas. Que se empleen a fondo, que suden la presa. Les presentará resistencia para que le peguen duro. Los golpeará a cambio del placer de ser golpeado. Luego fingirá una caída. Y cuando esté en el suelo, que se lo coman a puntapiés, que lo martiricen con saña, que le obsequien auténtico dolor, hasta desbordarle los diques. Sólo así va a permitir que le roben su reloj, la manilla reluciente y las grandes sortijas de agua marina. Es su hora. Todo cuanto le queda. Y tiene que vivirla a plenitud. Pasarán semanas, quizás meses, antes de que pueda comprar nuevas joyas de fantasía para volver a El Prado. Estas operaciones exprimen su bolsillo, son caras, lo cual quiere decir escasas. 

 José Hugo Fernández, de su libro “La isla de los mirlos negros”

sábado, 28 de junio de 2014

PERROS DE UN SOLO AMO

Con la camisa no he tenido mayores contratiempos porque me gustan holgadas. Una amiga le recortó las patas y el tiro a los pantalones, al punto que me quedan como si hubiera nacido con ellos. En cambio, no encuentro el modo de congeniar con los zapatos grandes y ríspidos del muerto. No por lo mucho que pueden sobrepasar mis pasos, ni por las consecuentes ampollas o la torpeza que parecen estar destinados a infligirme, sino porque no hay forma humana de que los enrumbe según mi propia dirección. Los zapatos del muerto van únicamente hacia donde quieren ir. Son perros de un solo amo. No entienden de otra razón que no les lleve sino por el camino que el muerto dejara abandonado. 


José Hugo Fernández, de su libro de relatos “La novia del monstruo”.

EL ÁNFORA DEL DIABLO

 

  —Quiero que me reveles mi futuro —le dijo Blas al diablo.
  —Podrías asustarte.
  —No, quiero saber a dónde van mis días.
  —Escucha: te regalo esta ánfora que, como ves, ha sido bellamente modelada. Pero es muy frágil y, a pesar de eso, debes conservarla así como está, porque sólo vivirás mientras el ánfora se conserve intacta.
  —¡Yo sólo te he pedido que me reveles el futuro! —replicó Blas, perplejo.
  El diablo sonreía cuando dijo:
  —Está dentro del ánfora.

Ernesto Santana, de su libro “Cuando cruces los blancos archipiélagos”

 

martes, 17 de junio de 2014

El templo del silencio


Aunque todavía hay quien los confunde con alguna orden oriental o con una u otra secta hereje del cristianismo, parece ser que los numenistas conformaron una especie de sociedad cuyos orígenes se desconocen y de la cual no se sabe, a ciencia cierta, ni el destino que asumió ni el cuerpo de su doctrina.
  Indudablemente, hace ocho siglos se habló de ella más que antes y que después, y fue entonces también cuando por primera vez se asentó el juicio que, en general, ha perdurado hasta hoy: los numenistas no eran devotos a ultranza en el culto a un Dios abstracto, ni místicos que exaltaran la introversión absoluta, sino, sencillamente, obradores de locura.
  Aunque es imprudente especular acerca de lo que poco se conoce, los estudiosos están de acuerdo en que aquellos hombres practicaban un conjunto de ejercicios bastante singulares y buscaban una emancipación del espíritu que obligadamente pasaba por el abandono sucesivo de los sentidos.
  Ante todo, prescindían de los olores y  de los sabores, y bebían leche o vino lo mismo que si bebiesen agua. Más tarde dejaban de sentir gradualmente los objetos por su contacto con la piel y no diferenciaban ya el frío del calor, ni lo áspero de lo suave. Luego, poco a poco, se iban apagando todos los sonidos a su alrededor. Sordos, primero, a los ruidos remotos, después ya no oían siquiera los más cercanos por estrepitosos que fueran.
  El mundo, que ya sólo penetraba en su mente a través de los ojos, comenzaba a apagarse como si se hundiera en un sueño de pura tiniebla que, para ellos, era vívida luminosidad. Y entonces, finalmente libres de la naturaleza basta y de la estrechez de los sentidos físicos, los adeptos se internaban para siempre en el templo del silencio, donde toda práctica acababa y toda imagen resultaba abolida.

Ernesto Santana, del libro Cuando cruces los blancos archipiélagos 
(Crónica de zepelines)