EL VAGON AMARILLO

jueves, 11 de junio de 2015

La pesadilla del verano de 1965


Las memorias de los cuatro meses que antecedieron a la ruptura total de Cabrera Infante con el régimen cubano
 
Guillermo+Cabrera+Infante+Y+miriam+Gomez
LA HABANA, Cuba. Hace cincuenta años, en el verano de 1965, ocurrió uno de los períodos más difíciles y extraños de la vida de Guillermo Cabrera Infante: los cuatro meses que pasó en La Habana, atrapado en una situación kafkiana y realmente peligrosa, luego de que, habiendo venido al entierro de su madre, se le prohíbe regresar a Bruselas, donde trabajaba como diplomático.

miércoles, 10 de junio de 2015

Narrar todo lo que sucede, se dice o se inventa en esa Habana llena de dolorosos pícaros y aprendices de ciegos

A la izquierda, José Hugo Fernández junto a Ramón Fernández-Larrea



APUNTES PARA RECIBIR A UN AMIGO
Palabras de presentación del poeta Ramón Fernández-Larrea en la presentación de los libros de José Hugo Fernández La novia del monstruo” y “Entre Cantinflas y Buster Keaton”. 
Miami,  5 de junio de 2015.


Nunca imaginé que un día iba a comenzar una presentación citando a José Martí. Han sido tantos los que lo han citado para hacer el mal que me ha avergonzado siquiera mencionarlo. Pero creo que nunca como hoy, en estos momentos de acercamientos y definiciones, cuando se unen dos sufrimientos y muy pocas alegrías, viene como anillo al dedo aquel adagio martiano que dice: Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, y los que odian y deshacen.

domingo, 26 de abril de 2015

NEVANDO EN EL TUGURIO (del libro "Entre Cantinflas y Buster Keaton”)




Los barrigones no debieran usar guayabera. Se perjudican recíprocamente: la guayabera luce menos guayabera y más sotana al cubrirlos, en tanto el barrigón luce menos distinguido cuanto más resalta como un barrigón dentro de una guayabera. Si los jefes en Cuba tuviesen una pizca de sentido común, no habrían declarado a la guayabera como prenda oficial para ceremonias diplomáticas o de Estado. Es una especie de magnicidio que se auto-infligen, dado que en nada se parecen tanto entre sí como en lo que son, más en lo típicamente abultado de sus vientres.  Cuando un dirigente no es aquí barrigón, debe resultar sospechoso para los otros dirigentes, a la vez que resulta demasiado poco creíble para la gente de a pie. Así como allende los mares suele ser tomada como un síntoma de poca salud o de mal gusto, la gran barriga constituye en nuestra isla credencial inequívoca de poder. Luego del asombroso parecido que guardan todos nuestros caciques entre ellos mismos, nadie es más parecido físicamente a uno de ellos que un bisnero con éxito, de esos a los que ahora llamamos nuevos ricos, es decir, pobres bandidos a los que parece sobrarles el dinero en igual proporción en que les faltan escrúpulos. Como no me conviene describir al detalle la suma de sus puntos convergentes, digamos que si nos plantan delante, desnudos, a un dirigente y a un nuevo rico, no sabríamos determinar cuál es el cuál. Son dos barrigas como dos yemas del mismo óvulo. Pero tan pronto se arropan, resultan distinguibles desde lejos. El dirigente lleva guayabera. Y el nuevo rico, bermudas, gafas y gorra de los Yankees. 


LAS CANCIONES



Las canciones, ah Padre, esas canciones,
cada una en su tiempo y en su sitio:
ciertas calles, las casas, los pesares,
cada mujer amada en cada beso,
cada recuerdo, tienen melodía.
Cuántos mundos, ah Padre, incomparables,
cuánta vida naciendo entre la muerte.
Cuán salvables nos hacen, qué alumbrados,
qué soberbias nostalgias, cuánto ensueño.
Los amigos comparten melodías
como espadas o escudos, como néctar
llegado desde tierras muy lejanas.
Ah palabras en música sin muros,
cómo te asedia el viento de la muerte,
de la fuga, el olvido y la locura,
esas vastas tormentas de silencio.
Los amigos tuvieron una puerta,
unas horas, alguna humilde lumbre,
otros buenos amigos y canciones
dispersas en tus viñas por amor.
Los amigos se marchan por mil puertas,
se callan y se alejan ya, de pronto.
Pero aún las canciones permanecen,
tan solas y tan graves, empañadas
por el hálito denso de los años.
Y, dormidas, susurran, balbucean
un nombre, un rostro amado, alguna noche,
un camino que vuelve y sus dolores,
sombras volando en torno de un fulgor.
Además, aparecen nuevos cantos
para otros rostros, para nuevas horas.
Cada buena canción es la canción
que habíamos esperado desde siempre
con el desnudo afán, con el amor
de las canciones de hoy y de ayer, Padre:
soles para la noche en soledad,
voces que hacen de pura vida el canto.
Uno agradece haber vivido en música,
entre acordes y voces y cadencias
y tonadas de amor y pesadumbre.
Todo lo han sido esas canciones, Padre,
y todos somos, Padre, tus canciones.
¿Y cómo no volvernos a encontrar,
los que faltan, los que permanecemos,
y no reconocernos y no hablarnos
con júbilo invisible y sin palabras?
¿Cómo no revivir todos en ellas
si reviven, si viven en nosotros
nuestras canciones, Padre, tus canciones?

Ernesto Santana, del poemario “Escorpión en el mapa”.

domingo, 29 de marzo de 2015

Cuando cruces los blancos archipiélagos




  Irene y Andrés salieron muy animados a la calle, nadando en la luz, hablando de asuntos mínimos. Después no recordarían si entonces iba alguien con ellos. Era como esos sueños en los que uno va sin dudar no sabe adónde, acompañado no sabe por quién.
  Puede que no fuera sino una caminata al azar luego de varios días de amor y sin salir ninguno de los dos a la calle. Aún estaban ebrios de deleite y todavía no se interesaban por lo que les fuese ajeno. Sin embargo, esta salida, aunque no lo dijeran, y ni siquiera lo pensaran, sellaba el éxtasis de estos días. Era una secreta despedida.

LOS VIOLADORES LAS PREFIEREN LLORONAS




Tan vieja como el miedo (diría Bioy Casares) es la historia de amor a primera vista entre un hombre y el fantasma de una mujer, con la que se encontró a medianoche en una carretera solitaria. Al día siguiente, al enterarse de que la mujer está muerta desde hace varios años, el hombre -negado a creerlo- va al cementerio en busca de su tumba. Y allí verá tendida la chaqueta que le prestó a la mujer la noche anterior para que se protegiera del frío. Se trata de uno de esos cuentos bobos de cuando El Morro era de madera, a pesar de lo cual, o tal vez por ello, ha discurrido entre nosotros a través de las generaciones, sin dejar de embelesarnos, que es el modo más gentil de asustarnos, y resistiendo incólume, como no conseguirán resistir las actuales películas de amor y horror, el decurso del tiempo con su consecuente arrasamiento de todo lo viejo.   

sábado, 7 de marzo de 2015

Desde el otro lado


La biblioteca estaba en paz, atravesando, aletargada, el cristal vaporoso del mediodía. Yo caminaba entre los estantes como si recorriera las calles de una ciudad conocida, pero al cabo siempre recóndita. De vez en cuando hojeaba un libro o pasaba de largo leyendo al vuelo la interminable sucesión de títulos y nombres de autores.
  Distraídamente, tomé cualquier libro al azar y miré la carátula. Ahora no recuerdo sino su color: un azul muy claro, aunque brillante. Sin ser un ejemplar precisamente viejo, estaba bastante carcomido por las polillas. Lo tomé en una mano y lo alcé hasta ponerlo contra la luz del ventanal. Nunca se me había ocurrido mirar por uno de los orificios que abren esos insectos cuando deciden atravesar rectamente tanto cien páginas como mil.
  Pero bajé de golpe el libro como si me hubiera herido un ojo.
  Más allá del agujero, y más allá del ventanal, vi lo que usualmente es visible desde aquel rincón de aquella biblioteca pública: un pedazo cualquiera de la ancha avenida desolada bajo el sol del mediodía.
  De nuevo alcé el libro contra el resplandor del ventanal y miré por el ínfimo orificio, como buscando que se repitiera mi sobresalto. Que se repitió. Cada vez que me asomaba a la boca de ese túnel insignificante cavado al azar, tenía la sensación de que sorprendía una furtiva mirada que, en ese preciso instante, trataba de atrapar la mía desde el otro lado.
  Aunque era una impresión harto absurda, yo la sentía tan vivamente que sólo se me ocurrió susurrar algo así como una plegaria muy breve, y no menos absurda, antes de colocar el libro en su sitio e irme de allí, aun a sabiendas de que en la avenida, como una mano ardiendo de fiebre, me aguardaba aquel mediodía de verano.


Ernesto Santana, 
del libro “Cuando cruces los blancos archipiélagos”.